DE TEJAS ARRIBA (APUNTES PARA UN MONÓLOGO)

Original de FRANCISCO FLORES GARCÍA.

todosehaperdidoDE TEJAS ARRIBA

(APUNTES PARA UN MONÓLOGO)

Nos encontramos, metafóricamente hablando, en una habitación pobre y desmantelada de una miserable casa de huéspedes, de esas que anuncia todos los días La Correspondencia, donde por siete reales dan, al menos así lo dicen chocolate, dos comidas, un principio, postres y cama para dormir.

En el testero principal de la habitación hay un objeto que parece una cama, junto á la cual se ve otro objeto que alguien tomaría por una mesilla de noche, y digo tomaría, por aquello de que en el tomar no hay engaño.

Enfrente de la cama hay una puerta herméticamente cerrada, y como á dos metros de la puerta, una ventana abierta de par en par.

Una mesa vieja, cubierta de libros y papeles, viejos también, y dos sillas rotas, componen todo el menaje de tan pobre estancia, á sazón sola y oscura.

Es de noche… y sin embargo, no llueve.

En un reloj vecino suenan las once, y momentos después penetra por la ventana, cautelosamente, un hombre, cuyo traje y facciones es imposible distinguir á causa de la oscuridad.

Conoce bien el terreno que pisa. Se dirige con segura planta á la mesilla de noche, enciende una cerilla y con ella una vela que hay sobre el mueble indicado y á la cual sirve de candelero una botella vacía. .

El hombre que de modo tan raro presento á mis lectores, podrá tener treinta años, es más bien guapo que feo, lleva una americana negra que ya tira á blanca, un pantalón oscuro, con grandes rodilleras, y un sombrero de copa viejo y apabullado.

Por necesaria economía, más que por moda, lleva toda la barba, crecida y desigual.

¿Quién podrá ser este hombre?

Oigámosle y él mismo nos lo dirá.

Por de pronto, puede asegurarse que no está muy cuerdo, puesto que habla solo.

Después de encender la vela y de pasear una mirada melancólica por su palacio, como él le llamaba, habló de esta manera:

—¡Tener que entrar como un ladrón en mi propia casa!… Es decir, en el hogar doméstico… de la patrona. ¡Esto es horrible!… Y á no haber

descubierto esta manera de entrar, pasaría las noches en el Prado en amena conversación con Neptuno ó dando suspiros frente á la Cibeles, por si era verdad aquello de: «Dádivas quebrantan peñas.»

No puedo pasar por la portería, porque la portera me avergüenza por mor de unos cuartos que la debo.

No puedo cruzar los pasillos de esta casa porque la patrona me insulta, á pretexto de que no la pago. ¿Qué hacer para evitar esos encuentros? Lo que hago: subir por la ventana. Ahora me sirve el haber ido al gimnasio durante mi adolescencia. Sino, ¿quién treparía sin romperse algo hasta un cuarto segundo?

Una vez aquí, ya no temo á nadie. Desde que leí aquello de la inviolabilidad del domicilio, me siento fuerte entre estas cuatro paredes.

¡Qué admirable principio!… ¡Inviolable!… Es decir, libre de los ingleses y demás fieras dañinas.

¡Esto se va! Esto no puede seguir así.

¡Qué tarde tan horrible he pasado!

Paseábame, relativamente tranquilo, por la fresca alameda que rodea el Dos de Mayo, teniéndome por más héroe que todos los héroes de la Independencia española, cuando de repente, ¡paf! don Cayetano, que se me viene encima por el lado de la puerta de Alcalá. Aprieto á correr, me interno en el Retiro, decidido á esconderme detrás de uno de aquellos venerables… y desnarigados reyes, cuando por el extremo opuesto aparece don Dimas, no el buen ladrón, sino el ladrón sencillamente.

Me hallaba entre dos fuegos. ¿Qué hacer?

Aquí de mi recurso salvador, la gimnasia.

Trepo á un árbol y me escondo en su frondosa copa á esperar que los dos citados animales dejen libre el campo; pero como yo tengo tan mala suerte, los dos amigos, que amigos son, se ven, se saludan y vienen á sentarse al pié del propio árbol que me sirve de escondite.

Después de los saludos de ordenanza, entablan el siguiente diálogo:

—¿Qué opina usted del interés compuesto, mi querido don Dimas?

—Que es el más á propósito para descomponer el bolsillo del deudor, mi querido señor don Cayetano.

—Yo voy más allá.

—¿Más allá de este sitio?

—Estoy pensando el modo de quitar al prójimo el poco pellejo que le queda.

—Pero… ¿le queda alguno?

En lo más interesante de esta científica discusión pasa junto á ellos una mamá de ancha circunferencia, dando la mano á una niña clorótica.

—Mamá, ¿qué fruta da ese árbol?—dice la niña, señalando al en que yo me encontraba.

—¿Cuál?

—¡Aquel!

—¿El que se eleva sobre Recaredo?

—Si.

—Pues… ese árbol… es un camueso.

¡Dios mío! ¿Me vería aquella señora?

Repito que esto no puede seguir así. Si la superioridad no atiende mi súplica, tendré que marcharme de Madrid.

¡Ay… si yo tuviera las piernas de Bargossi…ó de Bielsa! ¿Dónde estaría á estas horas?

¡Bielsa!… ¡Bargossi!… He ahí los héroes del día.

Y á propósito de mis piernas: creo que me flaquean, que me siento débil…

Aquí calló un momento y tomó una silla; pero no bien se hubo sentado, cuando se levantó rápido como el pensamiento.

—Esta silla está trémula y vacilante,—exclamó.—Tomemos otra.

¡Pero cuál no sería su sorpresa al notar que la otra silla estaba no menos trémula que su lastimada compañera!

Se sentó con las debidas precauciones y reanudó el hilo de su incoherente discurso en la siguiente forma:

—Procuremos guardar el equilibrio, única cosa que puedo guardar por ahora. ¡Cómo me balanceo!… Propiamente parece que voy en el Ripert… ¡Ay, otro recuerdo triste!… En el Ripert iba yo cuando me lo permitían mis medios de fortuna.

Aquí hubo una pausa y una transición brusca para entrar en otro orden de ideas.

—Esta patrona es una mujer sin entrañas. Principió por suprimirme el principio y acabó por retirarme los postres. Últimamente, hasta me suprimió el chocolate… Es decir, ¡no era chocolate, era polvo de ladrillo; pero aquellos polvos me iban sosteniendo… hasta cierto punto.

¡Que un hombre de mi linaje se vea en tal estado!… Porque yo soy hijo de buena casa, vengo de una familia distinguida… y tengo talento. Esto último es indiscutible, y á mis solas, bien lo puedo decir. ¿Quién no se cree un genio cuando habla consigo mismo? ¡Y que teniendo tanto talento me hayan dado este pago!.

Al llegar á este punto de su indignación sacó un papel del bolsillo de pecho de su americana, y prosiguió, contemplando el papel con ira sagrada:

—Hace seis meses no se aparta de mí esta prueba de la injusticia humana, y es, á modo de veneno lento, mi lectura favorita.

Leámosle una vez más:

«He venido en dejar á V. cesante…» ¡He venido! ¡Qué manera de escribir!… ¡Pues hombre, para venir á parar en esto, más valía no haber venido!… «He venido en dejar á V. cesante, con el haber que por clasificación le corresponda.»

¡Vamos, no puedo sufrir esta ironía oficial! ¡Con el haber, sin haber nada!… Y si no hay nada, ¿por qué lo dice? Por decir una tontería y una falsedad. En cuanto á la clasificación, si el Gobierno supiera cómo me clasifican por ahí, por culpa suya, seguramente se arrepentiría de su obra.

Pero apuremos hasta las heces la copa de la amargura:

«Quedando muy satisfecho…»

—¡Ya lo creo que quedaba satisfecho!… ¡Como que seguirá firmando la nómina y cobrando una barbaridad por hacer estas cosas y otras como estas!…

Guardemos este papel para volver á leerle mañana: es mi única venganza.

¡Ay! ¡la literatura oficial está perdida! No sé cómo el país sufre estas cosas…

Después de haber leído y comentado de la extraña manera que han visto mis lectores el oficio de su cesantía, nuestro héroe,—que bien Puede llamarse así,—se echó vestido sobre la cama.

Suspiró lánguidamente, bostezó dos ó tres veces y habló del siguiente modo, (su manía, como se ve, era hablar solo):

—A cualquier cosa le llaman cama. ¡Si me parece que estoy acostado en una ficha de dominó!…

Indudablemente el hombre nació para estar tendido… aunque sea en una cama tan mala como esta. ¡Qué cómoda y qué digna es la posición horizontal!… ¡Y qué hermosa sería la existencia humana si no existiera el estómago!

¡El estómago!… Hé aquí nuestro tirano, nuestro monstruo devorador…

¡Y qué mala partida jugué á mi estómago esta mañana!…

pa446Entraba yo apresuradamente en el Suizo para evitar el encuentro y aun el choque con uno de mis innumerables ingleses, y allí me encuentro con Tomás, mi antiguo compañero de oficina, que no sé cómo diablos se sostiene con todos los gobiernos, cosa más difícil que sostenerme yo cinco minutos en una de esas sillas.

—Toma algo,—me dice Tomás.

—¡Gracias!—contesto yo, en lugar de decir:

—Jamón con tomates.

—Tráigale V. lo mismo que á mí,—dijo Tomás al camarero.—Te sentará muy bien,—añadió dirigiéndose á mí.

¡Y tienen la osadía de servirme una copa de ajenjo!… ¡Qué contento se puso el estómago!…

Recordó mis antiguas costumbres y dijo:—¡Es claro! detrás del ajenjo viene un almuerzo magnífico, ¡ya era tiempo!—Sí, era tiempo, pero no era ocasión. Todavía está mi estómago esperando el almuerzo…

Al llegar á este recuerdo clásico, suspiró con honda tristeza y permaneció callado durante un cuarto de hora.

¿Dormía? No, meditaba. El sueño no se había hecho (valga la frase) para hombres como él.

En prueba de ello, se levantó, y se levantó con una idea apuntada ya en el principio de su monólogo de aquella noche, porque es de advertir que cada noche representaba un monólogo.

—Si la superioridad atendiera mi suplica,—dijo,—aun podría salvarse la situación. ¡Lo que pido es tan fácil de otorgar!… Una vez conseguido, podría con más calma dedicarme á pensar y plantear un buen negocio, de los muchos que tengo en la cabeza.

Voy á probar con números que algunos de mis planes son habas contadas, como vulgarmente se dice.

¡También la mesa vacila!… A ver de qué pié cojea. ¡Ah, ya sé!

Y así diciendo, metió un libro viejo debajo de una de las patas de la mesa, afirmándola en lo posible.

Continúa: De tejas arriba (conclusión)

FRANCISCO FLORES GARCÍA.

Publicado originalmente en La Ilustración Ibérica el 1, 8, 15 y 22 de noviembre de 1884.

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