EL SOL DE LOS ANDES

EL SOL DE LOS ANDES

CUENTO CHILENO

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El astro del día, con toda la intensidad de su fuego y la claridad de su luz vivísima, no era tan abrasador, ni brillaba tanto como el mirar de una mujer guaraní (1) de pura raza cobriza india, con el cabelIo negro como el ébano, suave como la piel del guanaco (2), largo, muy largo y muy abundante.

Moraba en los Andes allá por el año de 1520, y en la lengua de los pronancaes (3) la llamaban el Sol de los Andes, y á fe que se merecía el dictado, con la única diferencia de que los ardientes rayos del luminar

que van á apagarse en las nieves de la famosa cordillera al tocar en sus picos más elevados, se encendían más y más al herir el rostro y confundirse con los de los ojos del volcán que asomaba por ellos.

No se había visto nada que se le pareciese siquiera.

Ejemplar único en su clase, tipo admirable de su raza, fantasía viva de todo un mundo americano; embelesaba, arrebataba, atraía. Era un sueño con el vigor de la realidad, un encanto maravilloso por la virtud de cuya magia tenía cualquier creyente que inspirarse en toda su fe para no rendir culto á la idolatría; que si los ídolos todos del paganismo hubieran tenido la cara aquella y aquel cuerpo, hubiera sido extraordinario el número de prosélitos.

Cuando la tenaz resistencia de los chilenos á la invasión peruana, el Sol de los Andes, abandonando con los de su tribu las montañas heladas que le dieron su nombre, llegó hasta las márgenes del Biobio, adonde también se batieron ella y los suyos, no sin que á pesar de su empuje heroico quedaran dominados, siquiera fuese por poco tiempo, y gracias á los disturbios que causara la muerte en el Peni de Huaina Capac (4), sucesor en aquella conquista de su padre Tupac Yupanqui.

En tiempos de éste había quedado ya dominado por el Perú todo el territorio de Chile desde el valle que le dio nombre hasta el Cuzco, adonde regresó satisfecho de sus empresas aquel célebre emperador inca, el más grande de todos los de aquella dinastía de valientes de que tanto se han ocupado los poetas é historiadores.

Tupac Yupanqui dejó fuerzas suyas en todos los puntos que había conquistado.

La encarnizada guerra civil que estalló en el Perú á la muerte de Huaina Capac entre sus propios hijos Huáscar y Atahualpa, hizo necesaria allí la concentración de las tropas, quedando por este motivo muy pocas en Chile.

Los chilenos creyeron que había llegado para ellos el ansiado momento de reconquistar su terreno, muy ajenos por cierto que unos hombres llegados de otro mundo tan desconocido para ellos, como hasta entonces ellos lo habían sido para su gran continente, habían de someterlos de nuevo a la misma condición á que los redujo Huaina Capac.

Del yugo de los hijos de éste consiguieron, eso sí, librarse, aprovechando las referidas luchas intestinas que diezmaban á los peruanos, en una memorable batalla que ha hecho época en la historia de los pueblos primitivos americanos. La batalla librada á orillas del Maule es de las epopeyas más grandes que se conocen.

Por ambas partes se batieron de un modo admirable, y ambos ejércitos combatieron con tenacidad heroicamente extraordinaria. Resistiéndose con escasas tropas los peruanos al abrigo de los fuertes que habían levantado; atacando á la descubierta los chilenos, retrocediendo un momento para rehacerse mil veces y atacando otras mil, hasta desalojar de sus posiciones al enemigo, duró la lucha tres días.

El Sol de los Andes brilló también en aquella memorable jornada.

Los rayos que fulminaban sus ojos eran las teas del combate que llevaban al asalto de las posiciones peruanas á los chilenos; sus gritos salvajes enardecían la sangre de aquellos bravos.

De aquellos bravos, que lo eran tanto como los defensores de los fuertes, los esforzados peruanos, los campeones del poderoso Imperio de los Incas.

*

* *

Habían pasado algunos años. Los españoles empezaban la conquista de Chile con lento impulso, gracias á las rivalidades de nuestros jefes, que en aquel país, como en todos, en la época del descubrimiento de América fueron tan grandes.

Entre los oficiales que acompañaron á Pizarro, iba uno que se unió luego á Almagro.

Pertenecía á una distinguida familia de Extremadura.

Se había batido siempre como un valiente. A diferencia de sus compañeros, á quienes llevaba una sed ardiente de oro, ante la cual todo parecíales pequeño y por la que llegaban á todo, era aquel apuesto guerrero hombre sin otras ambiciones que la de la gloria de España y la que pudiera cifrar en el cariño de dos mujeres á quienes adoraba en la tierra, como á unos ángeles del cielo: á su madre y á la que iba á ser para siempre la compañera amante de su vida.

Ante ellas quería presentarse con el lauro de la victoria: quería probar, siendo buen patriota, que se había hecho digno de aquel cariño tan grande que le tenían su madre y la que iba á llevar su apellido, honrado ya por su padre y glorificado con la sangre vertida en el combate en que perdiera la existencia dos años después de habérsela dado á él.

Éste era Alfredo de Valdivia, pariente quizás del que fundó luego la que es hoy capital de la floreciente Chile.

En un momento en que se alejó de los suyos, fué sorprendido por un numeroso grupo de indios el bravo oficial Valdivia, quien se dispuso á vender cara su vida, defendiéndose, aunque inútilmente, de aquella avalancha humana, que con la fuerza de arrastre de los témpanos colosales de las montañas de los Andes, se le venía encima, le cerraba el paso y le intimidaba á que se rindiera. Aquel valiente guerrero español, no escuchando otras voces que las de su deber y su España, entabló una lucha titánica contra los chilenos hasta caer en tierra maltrecho, y lo hubieran allí rematado si una mujer, imponiéndose á todos y surgiendo de entre aquella tropa salvaje, no lo hubiese impedido, arrojando al suelo de un brusco é inesperado empujón á los que iban á descargar ya sobre él golpes tremendos que acabaran de cortar el hilo de su existencia.

¡A los vencidos no se les hiere, cobardes!, gritó aquella india, que no era otra que el Sol de los Andes.

¿No le habéis visto resistirse como un valiente él solo contra todos vosotros? ¿Cómo queréis ser grandes si no admiráis las grandezas, ni las consideráis, ni las respetáis?

Es uno de esos extranjeros que vienen aquí á metérsenos dentro, á querer ser los amos, y aquí no hay más amos que nuestros jefes y… tu, que eres más que ellos para nosotros, repuso uno.

Pues á callar y á obedecerme, añadió aquella mujer superior, en quien se notó, aunque quiso reprimirse en el acto, que al fijarse en Valdivia se había impresionado vivamente.

Gracias, hermosa india, dijo el oficial español, tratando, con trabajo, de erguirse.

A cuidar de ese hombre. Levantadlo del suelo, conducidlo hasta mi tienda; tened en cuenta que esa es mi voluntad, murmuró con imperio la india.

Aquellos salvajes tan fieros, dominados por el Sol de los Andes, pusieron por obra con toda exactitud su mandato y transportaron al herido con el mayor esmero al sitio que acababa ella de indicarles.

Al poco rato, cuando Valdivia se hubo repuesto del desvanecimiento que la pérdida de sangre que brotaba de sus heridas le había producido, su débil mirada se encontró con la ardiente de aquella mujer de fuego que le había salvado la vida, y quien le dirigió con el más tierno acento estas consoladoras palabras:

Extranjero, no tengas cuidado; estás á mi lado, guardaré tu persona, curaré tus heridas, que la práctica de curar á los míos me ha hecho diestra en esto.

Nada temas, gallardo joven, que el Sol de los Andes te da su calor y su sombra.

¿De los Andes?…

Así me llaman aquí; yo soy para ellos el Sol de los Andes.

Diríase que el dios de esta tierra.

Casi como á tal me veneran, es cierto.

Y con razón, según veo.

¡Ojalá lo creyeses tú así verdaderamente!

Te lo juro; y para mí, cuando menos, si no mi Dios, has sido como un ángel de los que tiene en el cielo.

¿Y qué es un ángel?

Algo así como tú. Luz hermosa y brillante; belleza y bien; consuelo y custodia; ráfagas de esa techumbre celeste que parece tocar en los Andes; algo que vuela por encima de nuestras desdichas, infinitamente más alto que el cóndor en la cordillera. ¿Lo comprendes ahora?

Siento con un placer inexplicable esas palabras aquí dentro, muy dentro, repuso apretándose el corazón fuertemente con ambas manos. Por lo que quieras más en el mundo, añadió, por ese Dios que tú amas tanto y que tiene esos ángeles que tú dices, te pido de rodillas que no me engañes.

Y acompañando á la palabra la acción, iba á colocarse de hinojos ante Valdivia, quien haciendo un esfuerzo le impidió que se prosternase como iba á hacerlo.

Un caballero español no miente jamás, le contestó con dignidad y resolución el guerrero.

¡Ah, gracias, bien mío! Luego entonces…

En aquel instante Valdivia, cuando se disponía á contestarle, se quedó nuevamente desvanecido.

«Lo primero es curarle, dijo para sí ella, me estaba olvidando de esto y pudiera perderlo, si me descuido. ¡Perderlo!.. Ni pensar quiero en semejante cosa. Equivaldría á que yo no existiese, y yo quiero vivir para él, para hacerlo feliz y ver si me ama… Sí me ama tanto como yo á él»

Y corrió en busca de los medicamentos de la madre Naturaleza, que era la única farmacia y toda la ciencia médica que allí se conocía.

Y dieron muy buenos resultados así el plan curativo como las medicinas propinadas por aquel ángel de Arauco.

El herido fué mejorando visiblemente, y ella continuó en su propósito de darle sólo á conocer con los ojos los sentimientos, que no pudiendo hallarse ocultos por tanto tiempo en su corazón, pugnaban por asomársele á aquellos labios, rojos como el color de la vergüenza, encendidos como el carmín del amor verdadero.

Un día en que ya se encontraba repuesto aquel prisionero de guerra á quien la india quería hacer igualmente el prisionero de su vehemente corazón, dijo Valdivia:

-¡Cuántas gracias tengo que darle á Dios por haberme deparado en mi soledad compañía tan grata, en mi sufrimiento alivio tan grande y curación tan rápida y eficaz para mis heridas!

-Mucho quieres á ese Dios, extranjero: ¡quién fuera él!, añadió aquella mujer sublime con arranque apasionadísimo.

¡Pues no es nada lo que tú quieres ser!.

¿Tanto es Dios?

Dios es todo: sabiduría, bondad, grandeza, inmensidad, mansedumbre, caridad, paz, amor infinito.

Pues si quiere infinitamente, le adoro yo desde este momento, le declaro mi Dios, porque un Dios que ama tanto es el único Dios verdadero.

Su amor es divino, elevado, abnegado. Ama espiritualmente á las almas buenas que lo comprenden y cumplen sus leyes, replicó Valdivia á la india cortándole la palabra rápidamente.

¡Grande y desinteresado y puro es mi amor, porque yo á ti te quiero con toda el alma, dijo con delirante acento el Sol de los Andes.

También te quiero yo á ti, como á la buenhechora Providencia, á la que tanto y tan señalados servicios debo.

Yo soy únicamente una mujer que te ama y que desea ir contigo adonde se rinde culto a ese Dios tan hermoso que tiene admiradores como tú.

Imposible.

¿Por qué?.

Porque yo quiero á otra mujer y he jurado hacerla mi esposa…

¡Muere entonces, traidor!, dijo abalanzándose sobre él con su arma la pobre india.

Mas al instante tiró al suelo la flecha que quería hundir en el pecho del español, asiéndose fuertemente á su cuello y cayendo en sus brazos, al mismo tiempo que dos gruesas lágrimas, como perlas riquísimas humedecían y abrillantaban su rostro cobrizo.

Después de una brusquísima transición, dijo el Sol de los Andes:

La noche ha cerrado y es muy obscura. Mi gente se halla lejos de aquí, y están muy cerca de los tuyos. Móntate en mi caballo que es el más veloz que el viento. Te acompañará un fiel amigo, que me debe la vida, en otro muy corredor también. El sabe el camino. Vete: es el único favor que te pido me mataría tu aliento sabiendo yo que no era mío.

Escucha.

Vete

Y diciendo esto, salió corriendo de la tienda y dijo á un indio que á la puerta so hallaba:

Lleva á este hombre hasta el sendero que conduce adonde se hallan acampados los extranjeros y regresa tú aquí inmediatamente.

Y entrando con él en la tienda, le dijo, á Valdivia con tono imperioso.

¡Ni una palabra más, ni un instante más en estos lugares! ¡Marcha lejos de ellos, como tu corazón está lejos del mío!

¡Por Dios!.., replicó el oficial de Almagro.

Por ese que ya es el mío, para dirigirme á lo único qjue puedo ya tener de común contigo, te suplico que no demores tu marcha.

Valdivia lanzó una mirada sobre la india, llena de expresión y de sentimiento, y sin poder articular una sola palabra, embargado por una extraordinaria emoción, presa de una lucha terrible, separóse de aquella mujer que le envió su alma entera en una mirada.

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El Sol de los Andes, acompañada de aquella especie de perro de presa que no la abandonaba jamás, dispuesto á dejarse matar cien veces por ella, vagó por los más escondidos lugares de Chile, huyendo de los suyos, á quienes había arrebatado su presa; y no pudiendo resistir á un impulso superior á su voluntad de hierro, decidió pasar al campo enemigo, volver al lado de aquel hombre á quien se había propuesto no volver á ver más en su vida, é irresistiblemente atraída por aquel deseo, se dirigió al sitio adonde se hallaban los españoles. Su gentileza, su pasión, su apostura inspiraron á todos simpatía y un respeto al que pareciera que no hubiera de hallarse demasiado acostumbrados, por cierto, soldados conquistadores, aventureros y por consiguiente despreocupados. Le dijeron que Alfredo Valdivia había ido á embarcarse en un buque que regresaba á España en aquellos días, y El Sol de los Andes salió sin pérdida de tiempo hacia el punto adonde había de hacerse á la mar el citado guerrero, llamado por su rey para premiar sus hazañas y apadrinarle en su concertada boda. Todo eso lo supo la india, quien llegó en los momentos en que el buque se iba perdiendo en el horizonte á medida que se alejaba rápidamente, favorecido por mar y viento de popa. Describir el hondo pesar de aquella mujer al presentársele aquella nave adonde se le iba todo cariño, toda esperanza, toda d’cha, toda creencia, sería Ímpoble, si había de ser el relato fiel.

Presa de un vértigo, atraída por el abismo, llevada insensiblemente por una loca atracción, pensando siempre en que algún sitio, á través de cualquier elemento, pasando por cualquier tránsito de una existencia á otra, con la idea fija en aquel lugar de venturas adonde le dijo él que se bailaban los que tanto de ella tenían, invocando por la primera vez en su vida al Dios de Valdivia, fiando en aquella misericordia suya infinita y en aquel amor infinito también y grande, cuya majestad parecían recordarle las olas gigantescas que venían á estrellarse en aquella orilla, se lanzó al agua, que con el último suspiro de tanta vida como brotaba por los ojos de tan interesante chilena, apagó el fuego de una mirada que se extinguió, clavada siempre en un punto negro que apenas se dibujaba ya en la lontananza. El Sol de los Andes se puso aquel día para siempre, hiriendo con sus bellísimos resplandores el mar del Pacífico.

P. SAÑUDO AUTRÁN

Publicado originalmente en: La Ilustración Artística el 12 de abril de 1897.

(1)-Raza india de la América del Sur,

(2)-Llama sudamericano.

(3)-Así denominaron los españoles á los chilenos.

(4)-El soberano del Perú.

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