LA CANDOMBERA (Recuerdos de Montevideo)

LA CANDOMBERA

(Recuerdos de Montevideo)

elisa

«Cuando andaba parecía que en la tierra no tocaba,» dijo un poeta describiendo con gentileza á una mujer, y esto podía decirse de Raquelita Guerra, la muchacha más salada y hechicera de cuantas en Montevideo lucían su indolencia por el paseo de Molino, muellemente reclinadas en soberbio landó, y su garbo callejero rebosando coquetísima distinción en la calle del Dieciocho de Julio ó á la salida de la novena de ánimas.

Era Raquelita una oriental hecha y derecha, sin mezcolanzas gringas, ni trocatintas de sangre de horchata, cabellos desteñidos y ojos blancos de puro azulados. Americano-andaluza pura, purita, con candelillas encendidas en los ojos, lava en las venas, ascuas en el cerebro y un intrincado laberinto de hilillos eléctricos en los nervios, semejaba una serpiente hermosa, fascinadora, de escamas relucientes y tornasoladas, pero traidora, con las abiertas fauces dispuestas á tragar al primer incauto pajarillo que por su mal tuviese la desgracia de acercársele.

Teníasela por muy dada á la política: ninguna como ella para ridiculizar á los contrarios ni para cortar trajes á las muchachas del otro bando. Era hija de un coronel muy significado en la fracción más avanzada de la democracia, en la colorada neta, que por mote había recibido de los blancos ó conservadores el de partido del candombe por lo mucho que bullía y rebullía sin hacer nada.

El candombe es un baile de negros, soso, requebrado y calmoso, que debe tener su origen en el África. Reúnense los negros en un salón: un músico, dicho sea con perdón del arte, cajea en un bombo descomunal dando acompasadamente con las palmas de las manos en aquella especie de cajón, mesa ó tambor de montenegrino, domador de osos callejeros.

Un caballero retinto se levanta ceremoniosamente á buscar á una señorita del color de las moras maduras, que suele estar púdicamente vestida de blanco y tan correctamente sentada como cualquier colegiala recién presentada en el gran mundo; hace el caballero una ceremoniosa cortesía invitando á bailar á la elegida, y ella se pone de pie; vuelve la cabeza echando una mirada á la cola para ver si está larga y estiradita, y se cuelga del brazo que su pareja le presenta. Cuádranse ambos en medio del salón uno enfrente del otro, y como la estancia suele estar muy despejada porque no se permiten otros asientos que los humildes bancos que la rodean, quedan las dos figuras tiesas, erguidas y muy visibles para los espectadores.

Dan él y ella unos pasos adelante puestos en jarras y contoneándose con movimientos de negro cimarrón; cuando se han acercado hasta la distancia de un metro poco más ó menos, hacen con la mano derecha (la izquierda continúa en la cadera) un signo como si dijeran; «Calla, que ya me las pagarás,» y girando con media vuelta hacia la izquierda, vuelven á su sitio con la misma parsimonia para repetir tres ó cuatro veces la propia tontería y retirarse después, dejando el sitio á otra pareja. Este es el cuento de no acabar nunca, y así se suelen estar los negros orientales, mejor dicho africanos, horas y horas moliendo y remoliendo, entretanto el cajeador sigue impertérrito su bombeo con intervalos muy cortos de descanso.

Esta danza ni tiene accidentes ni me parece á mí que puede despertar entusiasmos, por más que algunas negritas sacan bastante partido de la sosera del baile moviendo las caderas con desmadejamientos rítmicos y dejadeces lánguidas.

Así se bailaba el candombe allá por los años de 1874, y creo que seguirá bailándose mientras haya negritos apegados á sus tradiciones.

Algún periodista endiablado hizo una frase á costa de los demócratas rojos, y vean ustedes por dónde quedaron señalados con el mote de candomberos los que nosotros llamaríamos demagogos por cobijar bajo su banderín de partido á toda la gauchada de armas tomar que sabía escupir por el colmillo.

A esta comunión política pertenecía Raquelita por parte de su padre: era colorada, sí, señor, colorada y candombera, ya que con este nombre la designaban las blancas con quienes se trataba, porque las ideas de su papá no estaban reñidas con las ínfulas aristocráticas de su mamá, ni menos con el derecho que por el rango de familia tenía á pisar los más elegantes salones de la perla del Plata.

Pero Raquel era muy exaltada, exaltadísima: si los naturales miramientos de la joven distinguida no hubieran contenido sus ímpetus políticos, más de una vez la hubiésemos visto arengando á las masas en plazas y calles, excitando á la rebelión al populacho.

Transigía en sociedad con los otros colores políticos y transigía á duras penas; pero fuera de un salón de baile eran enemigos suyos, así los principistas (colorados templados), como los blancos más ó menos netos.

Contábase que debía su mote á un drama ideado por ella cuyo final hubo de ser trágico para un joven del partido contrario. Se enamoró de ella: era guapo, rico, elegante y sensible, y amó á Raquel Guerra con toda la intensidad que puede amar un hombre honrado á la mujer que le seduce prometiéndole correspondencia. Raquel no le quería sin embargo: había jurado vengarse de él porque su acerada pluma se había ensañado más de una vez contra los colorados. Tenía treinta y dos años; estaba en la plenitud de su vida y en la plenitud de su amor. Raquel lo sedujo, lo marcó, lo volvió loco; y cuando comprendiendo que su amante había llegado al delirio creyó oportuno el momento de la venganza, buscó un pretexto para romper los lazos que había prometido serían eternos.

Ni las lágrimas ni las súplicas ni las amenazas de un suicidio hicieron mella en el alma de Raquel, y al día siguiente de perder el desgraciado amante la última esperanza, puso fin éste á su existencia, encargando tan ingrata tarea á una cápsula de un revólver.

«Muero por el amor de una candombera,» decía el blanco en una carta que dejó escrita, y todo el mundo señaló á Raquel como autora de semejante crimen.

candombe

Candombe

Era tan seductora la candombera, que á nadie sirvió de escarmiento lo ocurrido: los hombres se mueren siempre por la mujer que ha sido causa de un suicidio, si esa mujer es joven, hermosa, elegante y traviesa.

Aquel cuerpecillo breve que apenas se alzaba del suelo, aquellas facciones menudas y correctísimas animadas por una luz satánica, deslumbrante y enloquecedora, podían conducir al infierno de las pasiones, pero no al paraíso de los amores.

Transcurría el mes de noviembre, mes que á los difuntos dedican piadosamente las orientales. La novena de ánimas en la iglesia Matriz veíase concurridísima todas las tardes: ninguna señorita dejaba de asistir: ningún hombre dejaba su puesto en tal ó cual rinconcito, desde donde podía observar á la hermosa de sus pensamientos.

¡Y cuidado que hay hermosas en Montevideo! La mujer oriental es flexible como el junco, elegante como pocas, suave y sonriente como los ángeles de Murillo. Su andar tiene algo de la bayadera y mucho de la sultana encerrada en moriscos jardines: hay en su cabeza orgullo innato, en su busto majestad y en su todo el abandono de las palmeras cimbreadas por el viento.

Suelen ser las montevideanas altas y de formas correctamente modeladas; pero la candombera, aunque hecha á torno, como suele decirse, era lo que llamamos nosotros una pimienta: chiquitita, picante y más bien redonda que angulosa.

Como todas las niñas aristocráticas, asistía diariamente á la novena de ánimas, y cuando Raquel penetraba en el templo se conocía por el murmullo y los cuchicheos que de todos lados partían sin respetos á la santidad de la casa.

Arrodillábase con estrépito, arreglaba el traje, estiraba los guantes, miraba á todas partes, saludaba graciosamente á unos con la cabeza y á otros con la mano, y acababa por santiguarse precipitadamente recordando no haber cumplido con la primera obligación.

Cuando quería dar mucho que hablar, apoyaba los codos en el reclinatorio y el rostro en las manos, ensimismándose ó haciendo que se ensimismaba orando, sin mirar á parte alguna, irguiendo de vez en cuando la cabeza para levantar los ojos al cielo y cerrarlos en seguida llena de unción evangélica.

Entonces las mujeres preguntábanse: «¿Qué tendrá? » Y los hombres se decían: «¡Si pensará en mí!»

Una de esas tardes la vio Andrés da Costa, un brasileño buen mozo y muy rico, que había hecho los cuatro días de navegación desde Río Janeiro á Montevideo sólo por conocer á las mujeres orientales, de las cuales había oído maravillas.

Le señalaron á Raquel, le hablaron de ella, se la presentaron como el ejemplar más perfecto de la coquetería, y no hizo en su alma impresión alguna: encontró una muñequita muy linda con la expresión seráfica que le daba su falso misticismo, y dijo que debía haber sido tonto de remate el que por semejante virgencita se hubiese pegado un tiro.

Le provocaron á tratarla sin volverse loco por ella, y Andrés aceptó el reto; convinieron, pues, sus amigos en presentarle aquella noche en casa de Guerra.

A la salida de la novena formábanse las dos filas apiñadas que en todos los países y en todos los templos forman los hombres más descreídos para ver salir á las devotas, Andrés era de los primeros y escudriñaba todos los rostros y reparaba en todos los andares sin recordar á la santita candombera.

Sintió de pronto un codazo y volvió la vista; un amigo le avisaba de la presencia de Raquel; y cuando creyó encontrarse con aquella carita dulce y tímida que antes había visto, oyó una carcajada sonora, armoniosa y plateada que le hizo estremecer como si aquella voz argentina hubiera sonado dentro de sí propio.

Vio entonces de lleno el rostro de Raquel y clavó en ella sus ojos negros y penetrantes. La candombera le miró con curiosidad: aquel mozo elegante y casi pudiéramos decir hermoso era desconocido para ella. Saludó á los que con él estaban y siguió hablando fuerte y riendo locamente con sus amigas.

Aquella noche pisó Andrés da Costa el primer salón oriental, pues hacía sólo cuatro días que llegara y fué presentado en casa del coronel Guerra.

Hallábase Raquel en su elemento: un hombre interesante, rico y por ende vizconde da Costa… era cosa de emplear todas las seducciones de su vastísimo repertorio.

Estaba monísima; vestía traje color de rosa, adornado con una guirnalda de yedra, que la envolvía de pies á cabeza: era una fraganciosa trepadora, encaramándose para juguetear con los negros cabellos de la diosa.

Recibió al vizconde da Costa medio tendida en un sofá; Raquel tenía graciosísimas posturas de gata chiquita que ninguna de sus amigas se permitía imitar.

Andrés da Costa salió enamoradísimo de casa de Guerra: la candombera le había hechizado; no era un demonio ni un ángel ni una mujer, era una tentación, pero una tentación irresistible que se apoderaba del alma, de los sentidos, del cerebro, de la existencia toda.

Raquel tenía veintidós años, aunque sólo representaba diez y seis; pensaba y sentía pues, como una mujer, y creyó llegada la oportunidad de elegir marido.

Cuando se hubo quedado sola dijo:

Bueno: si éste se empeña, me casaré con él; es buen partido y no me disgusta.

Dicho se está que Andrés da Costa hizo su proposición en regla, y después de los trámites de familia que son de rigor en tales casos, acordóse celebrar el matrimonio en los primeros días del mes de febrero.

No dejaba de disgustar al vizconde que su futura esposa fuese tan exaltada en cuestiones políticas; pero pensaba que eso acabaría cuando se trasladasen al Brasil, en donde por aquel entonces no pensaba nadie en derrocar al caballero emperador D. Pedro II.

Alguien quiso disuadir de aquel matrimonio al joven brasileño: ¡inútil empeño! Su fortuna, su amor y su vida eran de Raquel: aquella criatura, ángel ó demonio habíase apoderado de su albedrío y de su corazón; lo mismo podía impulsarle al suicidio, como al otro, que remontarlo al cielo en alas de una caricia.

Andrés no podía dudar que Raquel le amaba: aceptaba su mano, elegíalo entre cien pretendientes tan ricos como él, luego era producto del cariño la elección. Cuando con envidia y celos veía que Raquel prescindía de sus palabras para engolfarse en discusiones políticas y en arranques impropios de su sexo y menos de su edad, hubiera querido que los días volasen para sacarla de aquella atmósfera que la tornaba irascible á veces, y á veces inhumana.

Las pasiones políticas comenzaron á enconarse en el Uruguay los primeros días del ano 1885. El partido colorado principista, vale decir liberal de guantes y frac, ocupaba el poder, presidido por un hombre honrado y de temperamento conciliador; pero aquel presidente (Ellauri) no podía oponer dique á la ola imponente del candombe, que amenazaba arrastrar la situación con ímpetus demagógicos, y pactó tácitamente con los blancos ó conservadores para hacer frente al enemigo común en unas elecciones municipales si mal no recuerdo.

El día señalado para la elección hubo de suspenderse por un disgusto que llegó á vías de hecho en el colegio electoral (que lo era el atrio de la iglesia Matriz) entre un periodista de la high-life del partido blanco y un coronel de los colorados netos.

Al domingo siguiente, día 10 de enero, fecha funesta para Montevideo, que vio correr mezclada la sangre generosa y ardiente de sus exaltados hijos, debía verificarse la elección suspendida. El comandante de un buque de guerra extranjero anclado en el puerto había hecho circular invitaciones para dar un lunch con que obsequiar á la brillante sociedad oriental en recompensa de los muchos agasajos que de ella había recibido.

Si unos daban importancia á las elecciones, otros creían que no pasaría la cosa de lo ocurrido el anterior domingo, por lo cual ni se suspendió á bordo la fiesta ni dejaron de asistir las invitadas.

Contábase entre ellas Raquel Guerra, que acompañada de sus padres y de su futuro esposo hizo su entrada triunfal á bordo, recibiendo una salva de aplausos por la gentileza con que había subido la escala á pesar del vaivén y del oleaje demasiado vivo que hacía balancearse á la empavesada nave.

Algunas señoras se marearon pronto, y ya se disponían á dejar el buque antes que arreciase el temporal, cuando alguien advirtió que sonaban tiros.

El padre de Raquel, á fuer de militar y de valiente, quiso bajar á tierra: sus amigos estarían batiéndose, y no encontraba decoroso continuar alejado del punto de peligro cuando con las armas se ventilaba la causa de su partido; pero también creyó oportuno que su esposa y su hija continuasen á bordo mientras la sangrienta cuestión no quedase resuelta.

La señora de Guerra quiso retener á su esposo; pero Raquel animaba á su padre diciéndole:

No te detengas; acaso tu presencia decida la victoria.

El comandante dio las órdenes para que la falúa condujese al coronel Guerra, y le acompañaron todos hasta la borda de donde pendía la escala. Se despidió precipitadamente, besó á su esposa y á su hija, y cuando se disponía á dar un abrazo al que muy pronto había de ser su hijo político, se adelantó Raquel interponiéndose entre ambos con orgullosa energía.

¡Cómo, Andrés! ¿No acompaña usted á mi padre?, dijo clavando en su prometido una mirada fiera.

La pregunta cogió desprevenido al conde da Costa, que titubeó un poco antes de contestar.

Como se trata de cuestiones políticas… y yo soy extranjero…

¡Está bien!, replicó despreciativamente Raquel.

Debía usted haber buscado esposa en su país: las orientales no podemos amar á ningün cobarde.

Andrés da Costa rugió como un león hostigado cruelmente dentro de su jaula; y exponiéndose á caer al agua, se lanzó por la escala en seguimiento del coronel, que acababa de saltar en la falúa.

Los presentes quedaron atónitos; la sangre fría de la candombera les aterraba mucho más cuando después de haber desatracado la falúa se volvió con aire de triunfo diciendo:

Mi macaco (mono) es un valiente.

En Montevideo llaman macacos á los brasileños, como llaman á los italianos bachichas y á los españoles gallegos.

Me parece que la cosa no es para que pongamos la cara y feroce, dijo Raquel. Debemos continuar tan alegres y contentos: ¿verdad, comandante?

El comandante, que era europeo, joven todavía y hermoso como un Apolo, sonrió á Raquel y le ofreció el brazo.

Ciertamente, dijo, aquí nadie más que usted tiene motivos para retraerse del bullicio. Si no lo hace debemos agradecerle infinito esa prueba de bondadosa condescendencia.

Continuó, pues, la fiesta más íntimamente. Algunas señoras, temiendo al pampero (viento de las Pampas) que amenazaba con arreciar más tarde impidiendo el desembarco, no quisieron prolongar por más tiempo la estancia á bordo.

Raquel y su madre debían aguardar un aviso ó la vuelta del coronel.

La mar seguía alborotándose cada vez más y el buque pasaba de los movimientos pausados á los cabeceos que marean irremisiblemente á las personas poco avezadas á semejantes bailes.

La señora de Guerra se retiró al camarote del comandante, en cuya litera se recostó, y Raquel, que no quiso abandonar la cámara, se tendió en un diván apoyando su linda cabecita en dos almohadones galantemente colocados por el jefe del barco.

La candombera se revolvía inquieta, quejándose del malestar que sentía; pero á decir verdad un poco más mareado pudiera creerse al arrogante marino, que embobado la contemplaba, bella y picaresca, con sus cabellos destrenzados, sus posturas languidas y sus miradas entre dulces y maliciosas.

El pobre comandante sí que estaba mareado.

Era ya de noche cuando después de grandes apuros logró la falúa de la capitanía del puerto atracar al costado del buque extranjero: en la falúa iba el coronel Guerra radiante de gozo.

Cuando penetró en la cámara se levanto Raquel de un salto, y abalanzándose al cuello de su padre le dijo:

¿Hemos vencido, verdad?

Sí; el gobierno ha caído, el poder es nuestro.

¿Ha muerto mucha gente?, preguntó una señora extranjera con ansias y con dolencia.

Desgraciadamente, contestó el coronel, se ha derramado sangre generosa de algunos jóvenes de nuestra dorada sociedad. También ha muerto…

El señor Guerra se detuvo y miró á su hija.

Raquel leyó en aquella mirada.

¿Andrés?, preguntó.

Sí, el pobre Andrés.

¿Batiéndose?

No.

La candombera hizo un gesto de disgusto.

-Cuando llegábamos á la plaza Matriz una bala que sin duda venía dirigida á mi cabeza hizo pedazos la suya.

Los circunstantes se miraron asombrados de la tranquilidad con que Raquel escuchaba a su padre.

¡Pobre macaco!, dijo por fin. Me quedo compuesta y sin novio… Pero hemos triunfado. ¡Viva el candombe! Adiós, comandante: supongo que ira usted á vernos, le esperamos mañana a tomar el te. Tiene usted que felicitarme: ha triunfado mi mote, el mote que me han regalado los blancos

Y subió precipitadamente sobre cubierta, recogiéndose el cabello y poniéndose el sombrero sin detenerse ni mirarse al espejo.

Cuando el comandante del buque extranjero se hubo quedado solo, apoyó los codos en la borda y la cara en las manos.

Pensaba tal vez en las seducciones de aquella muñeca traviesa que por algunas horas le había trastornado el juicio, pero formaba también la firme resolución de no acudir á la invitación de la señorita Guerra.

Felizmente, ni en Montevideo ni en parte alguna se cuentan muchas candomberas,

EVA CANEL

Publicado originalmente en: La Ilustración artística el 5 de octubre de 1891.

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