La última nota.

La última nota.

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No hay escuela filosófica que cuente con tanto número de afiliados, ni secta que pueda registrar tantos mártires como el amor propio. Entre todas las debilidades del hombre ésta es, sin duda alguna, la mayor y la más extendida en la especie.

Esto me decía no ha mucho tiempo un maestro compositor de música, español, cuyas partituras no sólo son populares en nuestra patria, sino que han tenido la fortuna de traspasar los Pirineos y de ser muy aplaudidas en Francia, Italia y otras naciones. Y como demostración de su aserto, me refirió la siguiente historia que yo tomé por leyenda, pero que él me aseguró ser relato verídico.

Ello fué que en un pueblo del antiguo reino de Nápoles vivía no ha muchos años un lord inmensamente rico, acompañado de su hija, tipo espiritual en cuyos ojos azules parecía trasparentarse el cielo de su alma.

Isabel era el ángel y la voluntad de la casa; lord Melvil había abdicado completamente en su esposa la dirección y gobierno de la familia, y al perder á tan querida compañera, su hija había heredado, con los inmensos bienes que aquella poseía, el mando en jefe de la casa.

Harto discreta para conocer el carácter de su padre, respetaba sus horas, sus días de spleen, que lord Melvil dedicaba generalmente á tocar el víolín, permitiéndose de cuando en cuando adular la ejecución del artista en el arte de Paganini.

Este era el mejor, el más legítimo testimonio de cariño que pudiera darle su hija. En labios de persona extraña hubiérale parecido tal vez una burla sangrienta, no por que él tuviese opinión de no merecer elogio, sino porque era naturalmente malicioso y desconfiado. Pero su hija no podía engañarle, y su hija era artista de corazón; sentía el arte y amaba la belleza.

Cuando Isabel dedicaba alguna lisonja á la maestría de lord Melvil, éste debía juzgarla como justa y desapasionada.

El palacio que había comprado lord Melvil á la muerte de su esposa, y al que había trasladado su residencia en unión de su hija, única familia que le quedaba, era un templo del arte en todas sus manifestaciones. Isabel había encerrado en aquel recinto inmensas maravillas de varias épocas, de diversas escuelas y de notables autores.

Allí todo era artístico, menos los solos de violín del propietario. ¡Pobre hombre! ¡Cuánto hubiera dado él por asombrar al mundo filarmónico, por recorrer las naciones de Europa ofreciendo conciertos, aun cuando fuesen gratuitos, por el sólo é inapreciable gozo de verse aplaudido, admirado por los dilettanti de todos los países civilizados!

Esta idea no se borraba de su imaginación. Pensó en llamar á un profesor que le perfeccionase en el violín, pero temía que aquel mismo pudiese participar á la sociedad filarmónica de Nápoles que lord Melvil estaba aprendiendo á tocar el violín, y este temor le detenia.

Así las cosas, ocurrióle buscar un secretario; el que le prestaba este servicio había envejecido sirviendo á la familia del lord, y había muerto hacía pocos días.

—Puesto que necesito un secretario, exigiré á los pretendientes que entiendan de música, que lo demás es fácil de aprender.

No tardó mucho tiempo lord Melvil en ver cumplidos sus deseos: algunos días después de publicar el inglés el anuncio en la prensa italiana, se presentó un aspirante: era un joven de hermosa figura é inteligente fisonomía, conjunto artístico, modales distinguidos y dulce carácter. Escribía perfectamente, poseía alguna ilustración y era un artista: tocaba el violín regularmente, según dijo en su presentación á lord Melvil.

Apenas oyó esto nuestro inglés llamó con precipitación á un criado y mandó que le trajese uno de los violines del repertorio, y por si el criado cometía alguna indiscreción ó tardaba mucho tiempo en volver, salió él mismo de la habitación, suplicándole al joven desconocido que le dispensase por algunos segundos.

No habían trascurrido quince, cuando volvió á entrar en la sala con un magnífico violín en la mano.

—¡Stradivarius! —exclamó el joven en cuanto le vio.

—Es verdad,—afirmó el inglés con cierta alegría y sorpresa á un tiempo.

—Tengo uno igual,—añadió el joven con sencillez.

—¿Igual á este?—preguntó con extrañeza un tanto mortificado en su amor propio lord Melvil.

—Del mismo autor, pero mejor conservado.

—Podrá ser,—contestó el lord procurando ocultar su disgusto y añadiendo para sí: ¡Estos pobres son tan vanidosos!…

La prueba fué un verdadero examen, un concierto.

Lord Melvil, ebrio de júbilo, llamaba á voces á su hija y abrazaba al desconocido.

—Ven, Isabel, ven,—gritaba,—¡somos felices! es decir, ¡soy feliz!… no, bien había dicho, porque mi felicidades la tuya, y tú te regocijarás cuando lo sepas, y tú te entusiasmarás cuando le oigas… Hija, toca más que yo ó por lo menos tanto.

La joven miraba con asombro á su padre y como temerosa de que se hallase su razón extraviada.

Momentos después, el desconocido repetía una de las piezas delante de la hermosa hija del lord.

Pero en las melodías había más dulzura, más expresión en las notas, más inspiración en las frases musicales que llegaban en toda su fuerza al corazón de Isabel.

—Es cosa original,—repetía extasiado lord Melvil; —ahora suena mejor que antes y…

La joven felicitó al profesor cuando terminó la ejecución de su obra.

violin1Después del triunfo artístico, excusado es decir que quedó admitido como secretario de lord Melvil y maestro de violín; pero esto último con la mayor reserva.

Y quedó casi admitido con otro cargo que no había de desempeñar por el interés de la remuneración material en dinero; otro cargo más elevado, más digno; quedaba casi admitido en el corazón virginal de Isabel; pero esto no lo sospechaba el lord, ni él, ni quizás tampoco ella.

Estas cosas se sospechan tarde, y á veces cuando las sospechas se convierten en evidencia, no se está á tiempo para poner remedio.

Ángel, que así se llamaba el joven artista, era huérfano y había vivido en Roma, su patria, bajo la tutela de un tío, eclesiástico de no muy alta jerarquía, pero sí de conocido talento y amor al arte. Deseaba el muchacho volar en busca de nuevos horizontes, y la muerte de su tío le obligó á buscar un medio con que atender á sus necesidades.

El anuncio de lord Melvil le ofrecía un porvenir, y hallándose en Nápoles, acudió á solicitar el puesto de secretario.

A partir desde aquel día, Ángel era considerado como un individuo de la familia; vivía en el palacio de lord Melvil, quien le encarecía las virtudes, las raras prendas de Isabel y su belleza, como si hubiese menester el muchacho aquellos elogios para amar á la hermosa criatura.

El mismo trabajo empleaba el lord al hablar con su hija del profesor, que así le denominaba; no parecía sino que el buen padre

procuraba quedarse sin su hija ó ganarse un hijo más en Ángel.

Poner leña en el fuego es fomentar el incendio, y en asuntos de amor pueden tanto las conversaciones en ausencia de la persona querida, referentes á ella, que aun las malas ausencias suelen convertirse en provecho del que es asunto de la censura y de la calumnia.

No necesitaban tanto los muchachos para llegar á inspirarse mutua simpatía, después amor recíproco, pero ardiente, apasionado. Isabel no había experimentado nunca tan dulce afecto, y sabido es que los primeros amores de un corazón virginal son tan

tiernos, tan apasionados, que es inútil en el curso de la vida buscar otra pasión que los iguale.

Desde el primer momento había encontrado la joven en el secretario el tipo ideal de sus sueños; la imagen vaga, indecisa, sin contornos ni color, había tomado forma, y por cierto muy superior á

la que convencionalmente pudiera darle la fantasía de la hija del lord; esta fué, desde que vió al artista, la opinión de Isabel.

Y como en estos casos lo único que es preciso para que los pensamientos se traduzcan en palabras y las palabras en acciones, y los ensueños en realidades, es la ocasión, y no había de faltar á los enamorados, puesto que vivían bajo el mismo techo; no tardaron mucho tiempo en llegar á comunicarse sus mutuos afectos.

Lord Melvil había pensado en reunir en una misma persona los cargos de secretario y profesor; pero no pensaba en el de yerno. La casualidad reunía los tres.

No llegó á su noticia tan pronto como puede suponerse, el mutuo amor de los jóvenes, pero no permaneció oculto por mucho tiempo, como puede también suponerse; estos afectos convierten á los atacados en instrumentos imprudentes de la publicidad que huyen, y el lord se apercibió de lo que ocurría ó de lo que pudiera ocurrir, á tiempo de evitar consecuencias desagradables; pero no de contener el torrente de la pasión.

Lejos de enfurecerse, como los jóvenes temían, pensó en el arte, y su orgullo y su cariño se detuvieron ante la consideración de llegar á ser un verdadero profesor de violín con las lecciones de su secretario. Tomó sus medidas para evitar, en cuanto fuera posible, cierta intimidad y holgura que para verse y hablarse habían tenido los enamorados, y esto con tacto y discreción, de manera que ellos no se apercibiesen y todos vivieran satisfechos.

—Sea yo andando el tiempo un Paganini ó algo menos, y luego ya veremos lo que hago en el asunto de mi hija. Lo malo será que para entonces mi pobre Isabel no podrá resignarse á obedecerme… pero ¡bah! es joven, y, viajando, olvidará esos amoríos.

Un suceso inesperado llegó á favorecer los proyectos de los amantes y á decidir de su fortuna.

Acababa de llegar á Nápoles el Príncipe heredero de Inglaterra con varios personajes: lord Melvil, que fué á saludar al Príncipe, con cuya amistad se honraba, creyó deber de amistad y galantería obsequiarle con un banquete en su magnífico palacio. Aceptó el Príncipe muy gustoso la invitación del acaudalado y distinguido lord, y quedó convenido que al siguiente día asistiría al banquete.

Repartió Melvil invitaciones á los principales personajes de Nápoles, y todo se dispuso convenientemente.

—Buena ocasión—pensaba,—para lucir mi maestría en el violín; pero el caso es que si luego me ocurre lo que en el concierto que di hace un año… ¡No lo olvidaré jamás! aquella imprudencia me obligó á romper mis relaciones con medio Nápoles, como rompí con la Gran Bretaña.

Lord Melvil había sufrido dos desengaños horribles en otros tantos conciertos con que había obsequiado á sus amigos de la buena sociedad londonense y á varios napolitanos. En una y otra ocasión observó que, ejecutando piezas delicadas y dramáticas, los ancianos se dormían y los jóvenes reían á carcajadas.

—Pero ahora no es lo mismo,—pensó—tengo un profesor á mi lado, y yo… yo no soy lo que fui: hoy toco de otra manera, hoy puedo lucirme.

Esta monomanía de lord Melvil, en otro que no fuera hijo de Inglaterra, hubiera bastado para que lo sujetasen á observación, por lo menos; pero en caso análogo se encontrarían algunos miles de individuos en la oscura Albión.

El monomaniaco llamó á su secretario, y encerrándose con él en su despacho, le dijo sin más preparación:

—Ángel, lo sé todo.

Al oír estas palabras de melodrama, el joven se estremeció; adivinaba aquel todo y se consideraba despedido, separado siempre de ella, de su amor, de su vida.

—Tranquilízate, lo se todo.

No podía casar en su imaginación Ángel aquella tranquilidad con el descubrimiento de su delito; que para un lord debe ser hasta un delito enamorarse de su hija un cualquiera, sin posición, sin derecho al amor, suponiendo que este fuera derecho legislable.

—Estoy resuelto—continuó lord Melvil—á haceros felices; se que os amáis, no me importa lo demás; pero una sola condición te impongo.

Ángel aguardaba con ansiedad.

—Serás el marido de mi hija, si mañana me haces tocar siquiera como tú; ya sabes que tengo que obsequiar á mis invitados; esta es mi condición.

Poco le faltó á Ángel para caer sin sentido; aquello era tanto como expulsarle de la casa; pero no era posible negarle al padre de su Isabel que tocaba como un profesor sin exponer la felicidad que le prometía.

Sin embargo, no hablan de oír su gimnasia de violín personas á quienes pudiera suplicarse la indulgencia, y si Ángel consentía, ¿qué iba á pasar allí?

Durante algunos momentos vaciló; después, instigado por su amor, respondió:

—Si milord me promete seguir en los más pequeños detalles, como en todo, mis consejos, respondo de ello.

—En absoluto, manda y te obedeceré como tu discípulo, porque además te honraré presentándote al Príncipe y á todos mis amigos y demás personas invitadas.

-—Convenido.

La noche y la hora indicada llegaron: el concierto, que tuvo buen cuidado de anunciar á todos y cada uno de los convidados lord Melvil, había de celebrarse en un elegante salón cerrado, dispuesto para el objeto; pero en el frente del sitio que debían ocupar los convidados, había una puerta cubierta con una elegante y riquísima colgadura de damasco azul con oro.

Allí debería colocarse el concertista, según disposición de Ángel.

—Es una diablura,—decía el lord.—¡Vaya un tornavoz que me preparas! ¿No ves que se perderán las notas?

—Pues eso es lo que quiero, que se apaguen; los sonidos serán más dulces, —replicaba el joven sin saber cómo justificar su disposición.

Hízose todo á gusto de Ángel, y el concierto fué brillantísimo.

Hablando después con su hija, el mismo lord Melvil declaraba con franqueza que, aunque se conocía bien, nunca se hubiera tasado en tanto precio.

El Príncipe salió entusiasmado; las damas saludaban con entusiasmo a nuestro lord, y muchos personajes le abrazaban; el heredero del trono de Italia le suplicó que invitase al monarca para otra reunión, ó que desde el momento se dignase aceptar invitación en su nombre para Roma, en cuyo palacio regio sería oído con entusiasmo.

Fué inútil que lord Melvil tratase de presentar á su maestro y secretario: había desaparecido.

Cuando volvió á presentarse en la casa, el artista improvisado

le abrazó con efusión.

Pocos días después la hija de lord era la esposa de Ángel.

Pensó lord Melvil en acudir á Roma; había recibido invitación del monarca para ello, y quiso que le acompañase su nuevo hijo; pero una enfermedad repentina le impedía complacerle, y el lord se

dispuso á acudir solo.

Cuando Ángel lo supo, saltó del lecho y envió á detener á lord Melvil.

—¡Hola! —exclamó éste sonriendo;— ¿celos de artista, eh? No temas, que yo declaro siempre á quien debo lo que sé; soy agradecido y…

Ángel no se atrevía á hablar, y no sabía qué pretexto alegar para detenerle.

Por último la confesión fué necesaria.

—Pues bien,—le dijo;— aquella noche, perdonadme, quise salvaros y lo conseguí: el arco de vuestro violín estaba impregnado de grasa, y las cuerdas habían sido reemplazadas por otras para que no produjesen sonidos.

—iCómo!—exclamó con terror el viejo.

—Detrás de la cortina tocaba yo uno de vuestros stradivarius.

—¡Miserable!—rugió colérico el inglés—¡me engañaste!

—¡Quise salvaros!

No habían trascurrido quince días, cuando se vió atravesar las calles de Nápoles un cortejo fúnebre que acompañaban multitud de personas distinguidas.

—Es el cadáver de lord Melvil,—decía la muchedumbre;—un hombre inmensamente rico, inglés, y artista de primer orden.

¡Qué sarcasmo! ¡Cuando le mataba el desengaño!

Sin embargo, si él hubiera podido oír las palabras del vulgo, que le calificaba de artista, hubiera resucitado.

Aquellos últimos compases de su vida debieron ser horribles.

E. DE LUSTONÓ

Publicado en:

La Ilustración artística. 14 de septiembre de 1885.

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