El tacto y el contacto.

tactoEl tacto y el contacto.

I

Hace algunas noches, después de retirarse los amigos de la casa que solían reunirse los domingos, notó Luciano que su mujer empezaba á dar vueltas por el gabinete como buscando algo que se escapa de las manos de una persona distraída. No era la primera vez que esto sucedía, y he aquí la razón de que el marido cayera pronto en la cuenta. En otra ocasión se hubiera contentado con preguntarle: —¿Se puede saber qué buscas con tanto empeño?—Pero aquella noche se limitó á observarla para conocer si el fenómeno se debía á cierta indolencia del espíritu, que pierde la memoria en determinados momentos, ó á una verdadera preocupación. Natalia se había educado en medio de la sociedad y no podía prescindir de estas reuniones, de este trato frecuente, de esta exhibición perpetua que para muchas mujeres constituye el principal elemento de su vida. Luciano, que amaba á su mujer, había consentido hasta cambiar de casa para poder recibir dignamente á sus relaciones. Harto sabia él que en esta familiaridad y confianza y excesivo roce de unos con otros era donde nacen las rivalidades femeninas, donde sucumben las fáciles y donde se desarrollan esas comedias que son el secreto de tantos matrimonios divorciados ó deshechos ó irreconciliables moralmente. A juicio de Luciano, ya que por la educación que recibe la mujer entre nosotros no puede defenderse por las ideas, se defiende por sus sentimientos. Si la pureza y la elevación de estos sentimientos le hacen aborrecible las parodias, de cualquier género que sean, debéis confiar en ella: de otro modo, el marido hará muy bien en tomar sus precauciones.

Como dijimos antes, estimaba á su mujer lo bastante para preocuparse de los detalles más insignificantes de su vida. Pero en esta sociedad donde él era recibido, hubiera sido ridículo llegar á mostrarse celoso. Y, sin embargo, ¡cuántas veces hubo de renegar de aquel trasiego de gentes, de aquellas grandes reuniones que permitían la aproximación de personas extrañas envidiosas de su felicidad! ¡Qué queréis! Un hombre de buen sentido, recto, apasionado, de regular cultura y algo exigente, no puede librarse de alguna debilidad, de algunas imperfecciones que anulan en parte la felicidad que le ha tocado en suerte. También Natalia era buena, de un carácter dócil y educable; sólo que se observaba algo de ligereza y de inconstancia en el fondo de este carácter. A Luciano, por descontado, no le agradaba ver en ella tanta afición al lujo, tanta monomanía por los adornos fútiles y caprichosos, sus cambios inmotivados de humor y aquellas preferencias que solía manifestar de pronto por determinadas personas.

Todo lo dicho era un antecedente necesario para apreciar la situación de nuestros personajes. La distracción real ó aparente de Natalia no le había sorprendido á Luciano, puesto que venía observándola desde hacía algún tiempo. Recordaba que durante la velada la había visto en el testero de la sala, recostada con indolencia en el sofá de damasco, escuchando con la sonrisa en los labios las exageraciones de Manolo Orueta. Era este un diputadillo de Marbella, sin importancia política, pero á quien se le encontraba en todas partes donde hubiera mujeres: tipo moreno, bien plantado, con apostura de militar y cabeza de muestra de peluquería, hermoseada por un cabello negro rizoso y abundante. Tenía la suficiente audacia para ser odiado de algunos maridos que conocían las más de sus aventuras. Esta mala voluntad no enturbiaba, sin embargo, la superficie, porque Manolo Orueta sabía guardar con todo el mundo las mayores consideraciones. Con las damas se quebraba de fino y era hombre dispuesto á cualquier servicio y á propósito para cualquiera diversión. Por esto se le recibía con gusto en todas partes á pesar de su fama de galanteador y mujeriego, cosa que él negaba en absoluto tomándolo como una broma que databa del tiempo de su primera juventud. La nota de inconstancia acompaña generalmente á estos Tenorios de levita y también acompañaba á Manolo Orueta como la parte menos simpática del pecado.

De cualquier modo que sea, para un hombre receloso como Luciano no carecía de significación la asiduidad del amigo hacia Natalia. No es que desconfiase de su afecto, sino que para una mujer de sociedad la embriaguez infinita del amor propio halagado supera en intensidad á los mejores goces de la familia. Esta pasión de la vanidad, bien saboreada, tiene para ellas el atractivo y la fuerza de un exquisito licor de quince grados que, aun bebiéndolo á sorbos, acaba por trastornarles la cabeza. Y no se engañaba ciertamente. Sin pensar en rivalizar con la condesa de Treller, ni aun con la señora de Larrea, que habían tenido dos ó tres amantes, Natalia no hubiera recorrido tal camino por su voluntad, pero se habría dejado arrrastrar, paso á paso, en medio de tibias protestas y largas vacilaciones.

Dicen algunos: «Grandes pasiones, tristes presentimientos.« Luciano presentía la emboscada que se preparaba y, circunstancia rarísima en estos casos, fué de los primeros en observar la preocupación de su mujer. No obstante, cuando él cayó en la cuenta, ya hacia algún tiempo que la plaza se encontraba sitiada. Había, pues, que acudir en su auxilio, dirigiendo las operaciones contra el verdadero enemigo. Pero ¿cómo atacarlo? Aquí Luciano empezó á perderse en un cúmulo de improvisadas astucias. Aquella noche, después de la reunión, no lograba conciliar el sueño. Antes de acostarse, su mujer le habló de la mayoría de los concurrentes al hacer él la reseña de los que asistieron; le habló de casi todos, menos de Manolo Orueta: huyó como del fuego de casa que pudiera referirse al amigo. Era demasiado novicia para no proporcionarle al marido esta nueva prueba.

II

A la mañana siguiente Luciano se contemplaba todavía sin armas de buen temple para luchar. Después del almuerzo mandó que le sirvieran café porque se sentía con pesadez de cabeza, un cierto principio de jaqueca. No había plegado los ojos en toda la santa noche. Acabado el almuerzo y observando que renacían sus fuerzas, que era, digámoslo así, otro hombre, se encaminó á su gabinete y decidió vestirse. Estando en estas faenas preparatorias le ocurrió de pronto una idea feliz, chusca, peregrina, de esas que llamamos estrambóticas. Fué lo más gracioso del mundo. Vínole la idea al tiempo de chapotearse la cara, de modo que, pensando y discurriendo sobre esto, se estuvo enredado con el agua cerca de un cuarto de hora.

pa208Mientras se vestía maduró su plan, que no podía ser más sencillo y del cual esperaba nada menos que la victoria. Si había algo de ilusión por parte de Luciano, luego lo veremos. Continuaron, pues, las cosas en el mismo estado, porque ni Natalia llegó á sospechar que fuese observada, ni la afición de Orueta pasaba de los límites de una insinuante galantería. Amaneció, por lo tanto, el domingo, sin peripecias de ningún género. Vino la noche, comenzó la reunión, y Luciano con varios amigos pasó al gabinete de la derecha, donde estaban las mesas del tresillo. En el de la izquierda, el elemento joven, pollos y pollas, se agrupaban alrededor de un magnífico Erard para oír una melodía de Schubert, ejecutada con rara perfección por una distinguida señorita. Las señoras charlaban, como buenas vecinas, desde los cómodos sillones de la sala. Como de costumbre, la dueña de la casa giraba una visita por los gabinetes para animar las conversaciones, para recomendar unos pastelitos, última novedad de Viena, que debían servirse después de los emparedados, á última hora.

Al aproximarse al gabinete de la derecha oyó grandes y sonoras carcajadas: eran los tresillistas que se reían como chiquillos. Pero apenas entró ella, todos callaron repentinamente y como por arte de magia. Fué un enmudecimiento tan ordenado que picó de un modo extraordinario la curiosidad de Natalia.

—Bien pueden Vds. continuar, señores,—expresó ella á seguida, con aquella dulce amabilidad y aquella distinción tan ponderadas por los periódicos que daban cuenta de las grandes soirées de la corte.—No quieren Vds., sin duda, que su alegría sea contagiosa y se callan. ¡Muy bien! Hacen Vds. divinamente.

—Te diré, te diré,—repuso su marido.—Hay que estar en autos… estos señores estaban en autos y… no todo el mundo puede estar en autos.

—Muy bien: no te molestes en dar más explicaciones… Comprendo de qué se trata. Por mi parte respeto la discreción de los caballeros que no se atreven á hablar de ciertas cosas en presencia de las señoras.

—Señora,—terció uno de los tresillistas en un tono tan ingenuamente cómico que hizo reír á todos;—el pudor es siempre respetable en todas las edades. Yo, que soy soltero, no puedo menos de ruborizarme de ciertas frases que nunca repetiría más que en la soledad de mi alcoba, y eso si me atrevía á repetirlas.

Esta ocurrencia dio á entender á Natalia que su curiosidad no sería satisfecha en aquel momento, y, recomendándoles el cultivo de tan buen humor, se dirigió al salón, donde la esperaba su admirador Orueta. A pesar de la conversación animadísima que éste sostenía con ella, no dejó de pensar el resto de la velada en aquel incidente de los tresillistas. Su imaginación era de esta especie: inquieta, móvil, curiosa como la del niño, para quien los hechos más insignificantes y menudos toman las proporciones de un suceso.

Esperó, pues, con impaciencia, que concluyera la reunión, que salieran los amigos, que se apagaran las luces, que se retiraran los criados; y, una vez solos marido y mujer, recostada en una marquesita, llamándole á su lado, le dijo con cariñosa zalamería:

—¿Sabes, hijito, que no podría dormir si no me contaras de qué os reíais tanto esta noche?

—Pues de veras que lo siento,—repuso Luciano sin acudir al llamamiento de su mujer.—Lo siento, porque va á ser difícil que yo te lo cuente; pero ¡muy difícil!

—No veo el motivo. Tú quieres hacerme rabiar, vamos. Dame una razón de esa imposibilidad que yo no comprendo. ¡Ah que no me la das!

—Te la daré. La más sencilla del mundo: porque no quiero hablar mal de los amigos que vienen á casa. Tengo el íntimo convencimiento de que las señoras no saben guardar un secreto.

Y, naturalmente, el modo de que no se propale es no confiarlo á ninguna.

—¿Ni á tu mujer tampoco? Yo te prometo ser reservada, profundamente reservada.

Oyendo estas palabras Luciano, se perdió en la vaga penumbra de la alcoba, después de contestar, como excusándose:

—Mañana, mañana.

—No, ha de ser ahora,—objetó Natalia.—¿No te dije que no conseguiría dormir sin saber antes…?

Pero como Luciano no parecía muy dispuesto á escucharla, abandonó el asiento, fué á donde él estaba, le asió del brazo y le obligó á sentarse á su lado:

pa48 —Ha de ser ahora mismo.

—Me has prometido con toda solemnidad guardar el secreto: acuérdate,—afirmó el marido en un tono decididamente grave.—Quiero confiar en tu palabra. Pues bien: se trataba de la inconstancia de Manolo Orueta, ese amigo nuestro…

—Sí, sí: adelante.

—Uno que le conoce á fondo nos aseguraba que la inconstancia no es propiamente de él, sino de ellas. Son ellas las que le dicen: «Que V. se divierta, compañero; pero diviértase V. solo.» ¿Has oído cosa más rara nunca? Y el motivo, porque todo en este mundo tiene su porqué, lo atribuye á… Vamos, no me atrevo á creerlo, ni aun á revelarlo.

—¡Por Dios, hombre! ¡Acaba de una vez!—exclamó la joven esposa, á quien la

curiosidad le escarabajeaba en la garganta como si se lo hubiera atravesado una imperceptible espina.

—¿No se te escapará?

—¡Y vuelta!… ¡Qué suplicio. Señor!…

—Bueno: pues… se atribuye á que nuestro amigo interiormente presenta el aspecto de un oso: tal es la abundancia de pelo con que le dotó la madre naturaleza. Chica, aquello es horrible, ya habrás reparado en su cabeza, aquella cabeza tan poblada y tan magnífica… Pues haz cuenta que, poco más ó menos, todo su cuerpo es cabeza. Nada, un pelaje atroz. La verdad es que hay hombres así, extraordinariamente

velludos; y en nuestro colegio de Carrión de los Condes entró un muchacho, natural de Gibraltar, que llevaba el mismo camino: el vello de la espalda se le juntaba con el pelo de la cabeza. Figúrate qué bonito detalle. Por eso afirman algunos naturalistas que nosotros descendemos del mono.

Natalia, que empezó por escucharle con gran curiosidad, se había quedado muda y como abismada en extrañas meditaciones, hasta que Luciano le preguntó lo que opinaba de aquella verídica historia.

—¡Es raro, vamos, muy raro!—Luego, pensándolo más, añadió:—¡Qué asco de hombres!

—Y la consecuencia es lógica: son pocas las que transigen con… Se necesita tener un tacto á prueba de puerco-espín: figúrate. Y luego viene el contacto, que…

—Si, si, comprendido,— le interrumpió Natalia levantándose de pronto y perdiéndose, como antes su marido, en la vaga penumbra de la alcoba.

III

Y al otro día aun le duraba el mal humor de la noche. Luciano también durmió poco, por hallarse como entre dos corrientes eléctricas: una de atractivas esperanzas, y otra de persistentes temores. Suele suceder, á veces que la solución de un gran problema dependa de incidentes ó circunstancias de poca monta. Y esto es lo que ocurrió en aquella naciente ofuscación, ó capricho, ó vanidad, ó como quiera llamarse, de Natalia. Alguna que otra noche, por pura casualidad, se veían en casa de la viuda de Larrea, que era vecina y amiga de confianza. Ella pasaba allí un rato, mientras su marido daba una vuelta por el casino ó se entretenía en los despachos de Gobernación, donde conservaba algunos amigos. Aquella noche Natalia se retiró más temprano, y Orueta se brindó á acompañarla á su casa, aun estando á veinte pasos de distancia. Interesados los dos en la conversación provocada por la viuda, Orueta, subió al piso principal y entró en la habitación. No era tarde todavía. Las luces continuaban encendidas en el gabinete donde reciben á las personas de confianza, y allí determinaron sentarse.

De repente, fijándose ella en la cabeza de su admirador, sin saber cómo, le vino á la imaginación la idea del oso y echóse á reir al igual que una tonta. Trató en seguida de paralizar esta excitación nerviosa con recuerdos tristes, con el recuerdo de personas queridas que desaparecieron del mundo para siempre; pero no logró contenerse: volvió á reir con mayor fuerza que antes.

—Estamos ya cerca del Carnaval,—apuntó Orueta,—y sin duda se acuerda V. de alguna broma pesadita con que ha de obsequiar á los amigos.

Moviendo la cabeza en señal de afirmación, Natalia contestó á esta oportuna salida con una gran carcajada. Es que cuanto más se violentaba para reprimirse, mayor tentación de risa sentía. Algún tanto receloso, Orueta se miró de pies á cabeza, y preguntó de nuevo:

—¿Seré yo la causa involuntaria de ese regocijo, señora?… de ese regocijo que me parece bastante intempestivo…

Ella continuó riendo. Estaba, como hemos dicho, bajo el influjo de una excitación nerviosa que no conseguía dominar de ninguna manera.

—Señora,—afirmó el amigo, puesto ya de pie y en una actitud grave y decidida,—esto va picando en ridículo. Comprenderé que no debo continuar por más tiempo en su presencia si V. no se modera… si V. no contesta á mi…

Pero Natalia no lograba moderarse, por más esfuerzos que hacía, más que un solo momento. Luego tornaba á soltar la carcajada, faltando á las consideraciones más elementales de buena educación. Tres veces en su vida le había ocurrido esto de faltar á un amigo ó á una persona extraña, y ésta era la cuarta. Aquella incontinente hilaridad le hacía saltar las lágrimas: reía y lloraba, pero de rabia, comprendiendo la estupidez de una risa tan disparatada, tan loca y tan fuera de tiempo.

Orueta cogió el sombrero y salió escapado del gabinete, no sin haber lanzado antes una mirada de desprecio y repetido esta frase:—No se burlará V. más de mí, señora; no se burlará V., yo se lo juro.

Corrió ella detrás de su admirador, protestando de sus intencionadas suposiciones, prometiéndole confesar la verdad; pero ya no pudo detenerle. Cuando pensó después en este desenlace tan inesperado como tonto y poco correcto, casi se alegró en el fondo, porque le evitaba ciertas enojosas explicaciones que debían preceder á una justificada desviación. Y, no obstante, tal es y tan profunda la fuerza impulsiva de la curiosidad en la mujer, que acaso, sin el incidente de la risa, hubiera peligrado la tranquilidad conyugal de Luciano. He aquí una de las antítesis más cómicas y menos vulgares de la vida: la risa salvando al hombre de un verdadero pesar.

Para Luciano la prueba del rompimiento se manifestó en otra forma; en una carta, con orla de luto, donde el amigo Orueta le anunciaba que por la muerte de un tío de Marbella dejaría de asistir durante algunos meses á sus reuniones. Después ya no volvió á verle por su casa, á pesar de haber trascurrido los meses y aun el año.

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JOSÉ M. MATHEU

Publicado originalmente en:

La Ilustración Ibérica. Barcelona. 24 de noviembre de 1888.

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