La perla de Río Janeiro

La ilustración Artística. 7 de marzo de 1898.

pedroIILa perla de Río Janeiro

Narración brasileña.

La bahía de Río Janeiro es la segunda del mundo.

El efecto que produce es maravilloso, y sobre todo si se la ve por primera vez en una hermosa noche de San Juan, á bordo, á la luz de la luna y á los múltiples resplandores de millares de fuegos de artificio quemados con profusión y lanzados algunos al aire hacia los cuatro vientos de la ciudad.

La impresión que á mí me produjo no se me borrará mientras viva.

Llegué á bordo de un transatlántico francés en la citada noche: por lo avanzado de la hora no pudimos desembarcar, y presenciamos desde cubierta aquel espectáculo realmente notable.

Al día siguiente saltamos á tierra.

La Naturaleza ha dotado al Brasil de una vegetación espléndida que recuerda en un todo á la de nuestras bellas Antillas, y de un clima parecido también al de éstas. Reina, como en la isla de Cuba, la fiebre amarilla, aunque puede decirse que no todo el año, sino en la canícula.

Las personas no ya bien acomodadas sino aun medianamente, habitan preciosos chalets tierra adentro, en los alrededores de la ciudad, huyendo del enemigo de la salud en aquel país, que es el mar, á cuya aproximación se desarrolla, como es sabido, el pícaro mal de que acabamos de hacer mérito.

El centro de la ciudad no tiene ciertamente nada de particular, hallándose en las estrechas calles de Río Janeiro muy poca limpieza y un olor bastante desagradable de una atmósfera caldeada y viciada.

Hay algunas vías de gran tránsito y llenas de buenos establecimientos, como la de Ouvidor, en donde se hallan tan excelentes edificios como el que posee O pais, diario de mucha circulación y por extremo amante de España, según lo ha demostrado varias veces abriendo suscripciones para socorro de nuestras calamidades publicas, como lo hizo cuando los terremotos de Andalucía.

Río Janeiro es muy español. Es raro el que no comprenda y hable bastante bien el castellano, y todos sienten hacia nosotros afectos y simpatías que le demuestran al español tan pronto como cruzan con él las primeras palabras.

Al Brasil van muchos libros y periódicos españoles.

rj2Hay sitios tan deliciosos como Botafogo, con vistas en las alturas que dominan el espléndido panorama de la ciudad.

El Brasil tiene, como todos los pueblos de América, los cantos de la patria, llenos de un sentimiento extraordinario, de una dulzura encantadora, de una armonía que deleita, de unas notas sencillas, pero inspiradas y admirables; voces del corazón, ayes del alma, suspiros del patriota, trovas del enamorado que exhala quejas ó expresa ternuras.

A una tiple cómica del género chico de mucho talento, retirada hoy, por desgracia, de nuestro teatro y casada con un aplaudido autor dramático, la oímos varias veces acompañándose, como ella sabe hacerlo al piano, unas canciones brasileñas bellísimas.

Lucía Pastor, sin haber estado nunca en América, imprimía en ellas, no obstante, al cantarlas todo el sello genuino, propio, peculiarísimo del país.

Río Janeiro y todo el Brasil es lo más americano que en aquel continente del Sud-América existe, si se exceptúa el Paraguay, que en esto tal vez le aventaje.

En los demás han entrado por tanto los gustos y las aficiones de Europa, modificando las costumbres, la manera de ser y hasta las nuevas edificaciones, que en algunas, como sucede en Buenos Aires, en Montevideo y en Santiago de Chile, uno no sabe si se encuentra en América ó si el vapor, después de haber andado tantas y tantas millas durante un día y otro día, ha vuelto á anclar en algún puerto del Viejo Mundo.

El Brasil es América, tal como aquí nos la figuramos; con muchos árboles frutales, con muchos plátanos, y café y tabaco; hamacas para mecerse durante las horas en que sofoca más el calor, y aun para dormir por las noches; gigantescas y numerosas palmeras, casas bajas, chalets preciosos en un inmenso radio de Río Janeiro y de las ciudades más importantes de todo el país, tales como Pernambuco, Bahía y tantas otras; mucha población negra, un verano constante, un cielo espléndido, diáfano, puro, azul; unas noches clarísimas, de plateada y hermosa luna; un ambiente tibio en la campiña, saturado del fuerte aroma de millones de flores que embriagan la atmósfera; algo del Paraíso, que se cree haya existido en Oriente; el país de los sueños de amor.

Allí había nacido una perla al lado de los ricos diamantes que se hallan con profusión extraordinaria y de otras piedras preciosas no menos abundantes también.

María era una perla; una perla de extraordinario valor, de un blanco mate preciosísimo, criolla interesante, atrayente, simpática, bella, que había visto la luz del día bajo el cielo radiante de su país, y había sido arrullada por los gorjeos de los mil pájaros de brillantes colores que iban á posarse en las ramas de las palmeras.

Cerca de su hogar, muy cerca de él, nació el amor de la perla de Río Janeiro, que así la llamaban por ser la honra de la capital del Brasil.

Dejó el solio de sus mayores D. Pedro, aquel soberano magnánimo, cuyas virtudes habrá recompensado en el cielo el Rey de los reyes. El país fué presa de las contiendas a que siempre han dado lugar los cambios de una situación que hace variar la política y la manera de ser de cualquier nación que abandone por otra la forma de gobierno que antes tenía. El Imperio quedó convertido en República y las revoluciones se sucedieron con harta frecuencia. No podía eximirse el Brasil de una ley fatal, si bien está pasando este período lo mejor posible, sin un quebranto insuperable, sin bancarrota, sin anarquismos de clase alguna y sin dictaduras.

Esa es la verdad, y sea dicho en honor del pueblo brasileño.

Pero las luchas intestinas llevan siempre consigo enemistades, rencores, y lo que es peor, represalias, y de ellas fué víctima la ilustre familia de la perla de Río Janeiro, que tomó parte de una manera activa en las contiendas civiles que sucedieron á la caída del Imperio, no por la resistencia de D. Pedro, que no la hizo, abandonando el país y ordenando á sus adictos que por su causa no se derramase ni una gota de sangre, sino por el deseo de algunos de llegar, haciendo toda clase de esfuerzos, á la primera magistratura de la nación.

El bando á que pertenecía la familia de María fué derrotado completamente, y como hubo de resistirse mucho, lo trataron sus enemigos con saña. Los que no fueron fusilados perdieron su hacienda.

María se encontró en la indigencia, huérfana, y lo que era peor para ella, sin ninguna noticia del hombre á quien tanto quería. Él también había luchado como un valiente al lado de la familia de María; pero ¿cuál había sido últimamente su suerte? Eso es lo que por el momento ignoró aquella mujer desdichada, que sabiendo después que había tenido que ir á Europa para escapar de una muerte segura, y luego de haber conseguido ocultarse y despistar á sus enemigos, salvando algún dinero que llevaba consigo, emprendió el viaje hacia el Viejo Mundo, sin otros medios que los escasos recursos que algunos amigos, no menos reducidos á la miseria que ella, pudieron proporcionarle.

Pero ¿adonde se hallaría él? ¡Es tan grande Europa!

Pudo por fin averiguar que estaba en Francia, y allí dirigió sus pasos.

Las pocas monedas que le habían dado había tenido que irlas gastando para no perecer de hambre.

María era muy guapa; pero siendo tan virtuosa como era, y por otra parte no sabiendo trabajar por haberse educado sólo en grandes colegios donde no le enseñaban eso, no podía ganar como obrera el pan cotidiano.

Llegó hasta Burdeos. Venía de Marsella en un vapor de los que hacen la travesía en pocas horas y por tan poco dinero de un puerto á otro.

emigrantes2Las miradas de un hombre que frisaría en los cincuenta años no se habían apartado de ella desde el momento en que aquel pasajero de la cámara de primera se había aproximado á la proa.

La había visto y no había podido resistir el impulso de acercársele y dirigirle la palabra.

Había cerrado la noche y era obscura.

Niña, le dijo, ¿viaja usted sola? ¿Cómo una niña tan bonita puede sufrir los rigores que parecen manifestarse en su rostro y en sus vestidos? Me interesa usted mucho, y si yo pudiera hacerle algún bien…

Se lo agradezco á usted, pero es imposible.

Imposible, ¿y por qué?

Viajo sola y triste y sin medios.

Soy todo de usted desde este momento. Sea usted feliz.

Vea yo delante al hombre á quien vengo buscando desde apartados países, repuso María en correcto francés, y sería la única manera de que fuese dichosa.

¿Conque amante descarriado tenemos, á quien buscar para ver si entra por buen camino?

Prometido, señor.

¡Hola, hola!

Me parece que habrá usted visto que sale á mi cara el brillo de mi honradez.

Y á tus vestidos el de la tela. Realmente cebándose la miseria en una mujer tan bella no cabe duda alguna de su virtud, y en cuanto á ese hombre, sabe Dios lo que habrá sido de él. Probablemente ni se acordará siquiera de ti.

Eso no puede ser.

¿Por qué?

Porque no.

En cambio yo te ofrezco, si no mi mano porque ya se la he dado á otra, mi corazón, mi bolsillo, mi… ¡Ah, niña hermosa!, dijo queriendo ceñir con su brazo la cintura de mimbre de la encantadora María, yo te adoro y quiero hacerte feliz.

Si da usted un paso más, dijo rechazándole bruscamente antes de que pudiera acercársele, aún me ha dejado fuerzas la miseria para arrojar á usted por la borda.

Y de tal manera hubo de expresarse al decirlo, fué tan convincente su acento, fué tan dignísima su apostura, que el hombre aquel, experimentando una sensación extraña por la primera vez en su vida, sintió

en su alma algo para él desconocido hasta entonces, y le dijo:

Os respeto, os admiro y aunque de modo distinto os sigo queriendo; os quiero bien, honradamente, sin intereses bastardos; os ofrezco de nuevo mi protección. Os facilitaré cuanto os haga falta hasta que halléis á vuestro novio. Aceptadlo, os lo ruego; y si no queréis que con esto pueda ofreceros al hacerlo una limosna, trabajaréis en mi negocio; tendréis un sueldo.

¿En vuestro negocio?

Yo soy el empresario del gran Alcázar de Burdeos.

¿Y qué podría hacer allí?

Qué sé yo. Me habéis dicho que venís de apartados países. ¿De dónde sois?

Del Brasil.

¿Sabéis algún canto de vuestra tierra?

Varios. Fueron siempre mi pasión favorita. Pero ante un público, en un alcázar, joven y sola… ¡ah!, no, imposible.

Tendréis el respeto de todos. Viviréis en mi casa, al lado de mi mujer y de mis hijos, quienes os presentarán á todo el mundo como de la familia y nunca os dejarán sola.

María le contó entonces á aquel caballero toda su historia, y le dio á conocer su origen ilustre con pruebas fehacientes.

En el Alcázar de Burdeos se anunciaba la aparición de una artista americana que iba á cantar aires de su país. En los carteles se leía con letras muy grandes: Debut de la brasilienne.

Acudió mucha gente. Los pueblos meridionales son por extremo novelescos. Una brasileña que iba á dar á conocer canciones de su país, completamente desconocidas en Europa, era ciertamente una gran atracción.

El espacioso Alcázar de Burdeos apenas podía contener el público que lo había llenado literalmente.

La debutante tuvo dos éxitos colosales, uno como mujer y otro como artista.

Su belleza era extraordinaria, deslumbradora, y venía á realzarla el vistoso y típico traje criollo con que se presentó al público, que no cesó de aplaudirla y pedir que repitiera aquellas canciones de un encanto, de una ternura, de una poesía admirables.

La brasileña no era otra que la perla de Río Janeiro.

Al terminarse la función parecióle á María que trataba de acercársele un hombre que daba unos cuantos pasos y vacilaba, y retrocedió por fin sin

haber conseguido verle la cara, por haberse recatado siempre en la sombra.

La interesante brasileña iba acompañada de una señora á quien le hicieron grandes saludos al pasar los empleados del Alcázar. Era la señora del empresario.

Los periódicos de Burdeos se ocupaban al día siguiente del grand succés y la hermosura de la brasileña, y narraban su interesante novela, cuyo epílogo se había desarrollado en la bella, en la populosa ciudad de la Gironde. Algunos días después, uno de ellos, en un artículo titulado La brasileña enu el Alcásar. Su debut, su éxito, su novela, relataba el siguiente suceso: Pero le estaba además reservado otro éxito, para ella mayor que ninguno. La brasileña había venido á Europa en busca del hombre que le había entregado su corazón y á quien las luchas de la política obligaron á huir de pronto para salvar su vida, y lo encontró cantando aquellos aires criollos tan deliciosos, que tanto le gustaron al publico.

»Su prometido fué, como tantos otros, al Alcázar, y allí la vio: la esperó á la salida; fué á dirigirse á ella y se contuvo hasta saber si había seguido siendo digna de su cariño y de su mano.

»Esta mañana en Santa Catalina se han unido en indisoluble lazo la brasileña y el brasileño, á quien la misma política que le persiguió y arruinó, como á la familia toda de su prometida, colma de honores y de riquezas hoy, indemnizándole de los bienes perdidos ó confiscados.

»De la boda han sido padrinos el empresario del Alcázar y su señora.

»El vapor Brasil, de las mensajerías marítimas, saldrá mañana para la República americana cuyo nombre lleva, conduciendo á su bordo á la afortunada pareja.

»La perla de Río Janeiro, nombre con que se conocía allí a la brasileña, vuelve con su presencia á enriquecer los tesoros que encierra aquel país tan rico.»

P. SAÑUDO AUTRÁN

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