Ternata-las Molucas IV.—La isla Mafor.

Continuamos con la narración del viaje a Nueva Guinea realizado por M. Achille Raffray en  1876 y traducido por Vicente Moreno de la Tejera en 1881.
 
Viaje a Nueva Guinea

 Por M. Achille Raffray.

piratasbiaks

Piratas biaks en la isla Mafor.

Ternata-las Molucas

IV

La isla Mafor.—Emigración de los habitantes.—Los piratas.—Sepultura singular.

Acordamos que Mr. Maindron fuera conducido a Andai, donde quedaría al cuidado da Mr. y Mme. Woelders, y yo en tanto decidí hacer una excursión á las islas Mafor y Misori.

Negáronse á acompañarme los papúes de Dorey, enriquecidos sin duda por nuestro viaje á Amberbaki, y tuve que buscar, en Mansinam, la ayada del sanadí Brouss, que es un papúe algo más civilizado que los demás.

Partimos, pues, el día primero de Junio, costeando el sudoeste de la isla de Mansinam, y merced á una fuerte racha de viento pudimos arribar en veinticuatro horas á la isla Mafor.

Algunos islotes, por en medio de los cuales pasamos, forman la entrada de una espaciosa bahía, en la que se encuentran numerosos bancos de arena, que en las bajas mareas quedan al descubierto. Sobre una playa arenosa, blanca y fina, se ven tres ó cuatro casas papúes, construidas, como todas, sobre estacas, mitad en la mar, mitad en tierra. Comprendí bien pronto que no podía esperar una hospitalidad tolerable entre estos indígenas, como la encontré en Amberbaki. y preparé la tienda que había tenido la precaución de llevar conmigo, instruido como estaba por las veces que tuvimos que acampar en las playas inhospitalarias de Saobeba y de Saocoorem.

La playa sobre la cual está construido el pueblo se llama Monoukouari. No necesito hacer una descripción detallada de los habitantes de la isla Mafor, que son de la misma raza que los de Dorey. La isla Mafor, como lo indica su nombre , ha sido la cuna de las tribus mafors, que andando el tiempo emigraron al continente, huyendo de sus enemigos los piratas biaks, y sobre todo de los ouandamen, que parecen haber jurado su exterminio.

Esta isla, pequeña y aislada , situada casi en el centro de la bahía de Geelwink, á igual distancia de la isla de Biaks y de la costa de Ouandamen, fácil de abordar con los vientos del sudoeste, casi constantes de Julio á Setiembre, es una presa tanto más fácil para los piratas, cuanto que sus habitantes tienen un carácter tímido y dulce, más aún que los otros mafors.

La isla, formada casi enteramente por una roca madrepórica, es poco fértil y carece de aguas, condiciones todas poco favorables al desenvolvimiento de población. Por eso, sin duda, los mafors emigraron sin pena de una patria tan mal dotada por la Naturaleza.

Es, sin embargo, agradable á la vista esta pequeña isla Mafor, y no presenta el aspecto frío y salvaje del continente. Después de recorrer doscientos ó trescientos metros, se atraviesa una zona de bosques pantanosos, y se encuentra una colina de unos veinte metros de elevación, á cuya cima, que es una extensa planicie, se llega fácilmente. Esta colina parece que se extiende por toda la isla con ligeras ondulaciones. El suelo es seco, poroso, formado de rocas madrepóricas, descarnadas y cubiertas de selvas y bosques, entre los cuales se ven muchos claros donde se crían hermosos helechos.

El aspecto de estas praderas de helechos induce á creer que son naturales, y no resultado de antiguos desmontes. Donde los papúes han desmontado el bosque, se encuentran todavía añejos troncos de árboles derribados y calcinados, y numerosos arbolillos que parecen renacer de sus cenizas, indicando el sitio donde existió cierta cultura, abandonado después de más ó menos tiempo. La roca se presenta desnuda, agrietada, rugosa, cortante, áspera, todo lo cual hace el camino cansado y peligroso.

Junto al borde de la planicie he visto algunas casas sostenidas por altas estacas, en medio de desmontes, que uniéndose con algunos claros naturales, forman vastos espacios descubiertos, y habitadas por papúes. Los indígenas que aquí viven, por su aspecto, por su talante más airoso, por sus cabelleras cuidadosamente edificadas (que tal nombre podemos emplear tratándose de este peinado), parecen diferenciarse de los ribereños. Son notables, en Nueva-Guinea, las diferencias que se encuentran entre dos pueblos, aunque estén poco distantes, siendo uno de la costa y otro del interior. El primero, siempre más dulce, aficionado á los viajes, vive miserablemente, sin más recursos que la pesca; el segundo, más salvaje, más hostil á los extranjeros, sedentario generalmente y robusto, es temido por la población marítima. ¿Hay, pues, aquí dos razas, una aborígena y otra invasora, ó bien una sola raza, en la cual ha tenido lugar una división por las costumbres, por una alimentación diferente, ó como resultado de la selección.

Por mi parte creo tan pronto que son dos razas distintas, como, por el contrario, que es una sola raza modificada. Lo mismo en Dorey que en Aiambori, en la playa de Mafor que en la montaña de los arfasks, se encuentran diferencias morales y físicas notables, tanto que, en Amberbaki, los habitantes del pueblo marítimo de Ouepai y los montañeses de Memiaoua son todos mafors.

Los habitantes de esta isla también lo son, al parecer, y pronto veremos que los isleños de Korido dan lugar á la misma observación.

Estos pobres mafors están siempre sobre sí, interrogando al horizonte, á fin de descubrir á sus enemigos con tiempo para huir al bosque, ó bien examinando la arena de las playas para ver si descubren huellas desconocidas. Estas inquietudes obedecen á poderosas razones. Algunos meses antes de nuestra llegada , cinco piraguas arribaron de improviso á la isla Mafor, y los ouandamen que en ellas venían, después de matar once hombres, huyeron, llevándose diez y seis mujeres y nueve niños, que redujeron á la esclavitud. Todavía se ven, sobre una pequeña plaza rodeada de cocoteros, las chozas desiertas y arruinadas de este pueblo desdichado. Dícese también, que ronda una flotilla de houni (piratas) al rededor de la isla.

Tres días después de mi llegada, sobre las once de la noche, se me avisó que una banda considerable de piratas ouandamen pensaba atacarnos. Me levanté con presteza, distribuí municiones entre mis cazadores, tomé yo mismo mi carabina y mi revolver, y me preparé á recibir al enemigo. La noche negra y sombría era favorable á los piratas que pensaban sorprendernos. Las mujeres huyeron al bosque, y los hombres se ocultaron en las casas. Yo creía á cada instante oír silbar una flecha en mis oídos, ó ver agitarse entre las ramas una figura indecisa y sospechosa. Los mafors también imaginaban que veían á sus enemigos. Esperé más de dos horas, pero como nada se movía, volví á entrar en mi tienda, echándome vestido sobre la cama y dejando mis armas á mano. Nada vino, sin embargo, á turbar mi sueño.

A la mañana siguiente dejó de llover, cosa rara en esta isla da Mafor, domde la lluvia parecía encarnizarse contra mí, y aproveché esta calma para hacer una larga excursión.

Eran las cuatro de la tarde y me acercaba á mi campamento, cuando oí resonar la concha de los papúes, inmensa concha en la cual se hace un pequeño agujero lateral que sirve de boquilla, primitivo instrumento que produce un sonido que recuerda el bramido de un toro, y que se oye á gran distancia. Los papúes se sirven de él para anunciar la aproximación del enemigo á los que se encuentran diseminados por el bosque. Los mafors que me acompañaban se apresuraron á llegar al pueblo, y yo les seguí, para proteger mi campamento caso necesario.

Se vieron, en efecto, á cierta distancia, en la mar, tres grandes piraguas, que se dirigían, sin ningún género de duda, hacia la isla Mafor. Refugiáronse las mujeres en el bosque, y no quedaron más que los hombres dispuestos á combatir. Todos estaban convencidos que se trataba de los piratas, y mis cazadores querían hacer fuego, á lo que me opuse terminantemente, reservándome el derecho de disparar el primer tiro, si llegaba á juzgarlo indispensable.

Estábamos, por fortuna, en la hora de la baja mar, y las piraguas no podían penetrar mucho en la bahía. Los que á su bordo iban las abandonaron con agua hasta la rodilla, y se dirigieron hacia nosotros. No tardamos en comprender que venían como amigos. Eran los piratas biaks, los mismos que encontramos viniendo de Araberbaki, y que no estaban más dispuestos que entonces á librar batalla. Su jefe me tendió la mano. En cuanto á los habitantes de la isla Mafor, parecían poco seguros, y no querían trato alguno con los biaks á los cuales dí un poco de tabaco, y volviendo casi inmediatamente á sus piraguas, desaparecieron.

Después de nuestro primer encuentro, estos piratas llegaron hasta la isla de Waigiou, es decir, que habían hecho entre ida y vuelta, un viaje de más de mil kilómetros en alta mar con sus piraguas.

Decían haber cortado dos cabezas, que les supliqué me vendieran pero rehusaron mostrarlas lo que me hizo suponer que se envanecían de un crimen que no habían cometido.

Durante dos días ya no oí hablar de piratas, y sólo me atormentó una lluvia incesante y pertinaz, un pequeño diluvio que amenazaba anegar mi tienda.

Sin embargo, todavía tuvimos otra alarma por el ruido que se extendió de que unos piratas estaban acampados no lejos de nosotros, trás de un cabo que forma al norte la bahía, por lo que se alistaron en guerra dos piraguas, capitaneadas por Markus y el sanadí Bronss, armado cada uno de un fusil.

Pasó la tarde y tendió la noche su manto, sin que viéramos volver las piraguas. Yo estaba inquieto de esta larga ausencia de Markus, que me era muy adicto, y al cual hubiera lamentado que le sucediera el menor accidente, cuando hacia las nueve de la noche oyéronse cantos y rumor de voces mezclados al ruido cadencioso de los remos; eran nuestros hombres que volvían de su expedición, diciendo que habían visto y perseguido dos piraguas desconocidas, cuyos tripulantes habían dejado, en efecto, la huella de su paso y fuego encendido en el punto que se decía.

He visto en Mafor un viejo, cuyo tipo y cuya piel, de un color más claro que la de los otros habitantes, me han preocupado algún tiempo: estaba seguro de que no era papúe, aunque por tal pudiera tenérsele, á juzgar por su lenguaje, su vestido y sus costumbres. Por fin conseguí saber, á fuerza de investigaciones, que era un malayo que siendo niño víctima de un naufragio llegó á la isla, habiéndose convertido en un verdadero papúe, hasta el punto de haber olvidado su idioma natal.

Vive también aquí una pobre mujer, ya entrada en años, atacada de furiosa locura, que tal vez sostienen y aumentan los malos tratamientos de sus compatriotas . No puede impedir que un papúe la golpeara cruelmente cierto día que llegó á vociferar la infeliz delante de mi tienda. Cito este hecho curioso, por ser el único caso de enajenación mental que he observado entre los salvajes.

Las isla Mafor alcanza justo renombre por sus objetos de madera, trabajados y ahuecados en pedazos cortados en círculo de troncos de árboles, y entre cuyos objetos he tenido ocasión de ver unos, en forma de plato, que debía proceder de un árbol inmenso, porque sacado exclusivamente del corazón de la madera, tenía más de un metro de diámetro.

Antes de abandonar la isla Mafor, debo mencionar una curiosa sepultura. Bajo una pequeña techumbre de hojas de cocotero, se encuentra, sostenida por un pie, una caja de madera de un metro de larga próximamente, que contiene las osamentas. Delante de la caja se ve una pequeña mesa redonda, sobre la cual hay una taza escacharrada de porcelana, en la que se depositan los víveres y ofrendas destinadas al difunto.

ng11

Continúa:  Escena de esclavitud.—Los jefes de Sowek.

 

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