ESPERANZA – LEYENDA VENEZOLANA

páez

General Antonio Páez.

La Ilustración artística. Barcelona 2 de Agosto de 1897.

ESPERANZA

LEYENDA VENEZOLANA

-¿Por qué esa nube de tristeza que empaña todas las alegrías de tu cara, toda la hermosa luz de tus ojos y la sonrisa de tus labios tan rojos y la expresión de gloria de un semblante tan angelical como el tuyo?

-Porque me temo haberlo perdido para siempre, y si hubiera sucedido tal cosa se me habría desplomado el mundo, habría estallado en mil pedazos mi corazón y se habría sumergido mi alma en el martirio de una vida de acerbo dolor y agonía constante, sin más término que la muerte.

-¡Jesús! No parece sino que no tienes á nadie más en el mundo, ni una madre amantísima como yo que diera por tí cien y cien vidas y cuanto tuviese, y un padre que tanto te quiere y es el orgullo de tu patria en estos momentos, mientras que ese español…

-Sí, madre mía, cuanto tú digas está bien, cuanto tú quieras está bien dispuesto; pero no vayas á decirme una palabra en contra suya, ni mucho menos en contra del amor que nos profesamos y que está por encima de todo.

-¡Esperanza!..

-Ay, perdóname, madre mía, perdóname; yo estoy ciega, desesperada. Yo te quiero también á ti mucho, pero me ahoga la pena, y me domina y me subyuga y manda en mí el cariño que le tengo á ese hombre.

Y diciendo esto en un transporte de frenética pasión, al mismo tiempo que le brotaron de sus hermosísimos ojos dos gruesas lágrimas, caía en los brazos de su madre aquella encantadora criatura, aquella venezolana de raza, con todo el fuego que he ponderado tantas veces de los países americanos.

Aquella interesante mujer, que acababa de cumplir veinte años, era la hija de una de las figuras más respetables y que se hallaba rodeado de más aureola en la época en que Simón Bolívar hizo frente a España y procuró entre otros proclamar la independencia de Venezuela.

Apellidado el libertador, el general Guzmán Blanco creó para honrar su memoria una encomienda llamada del Busto del Libertador, que se concede á los hijos de aquel país que por algo se han distinguido y también de los extranjeros que por servicios prestados al mismo, se han hecho acreedores á recompensa tan preciada que reducido número de personas tienen hoy en Europa. Aparece en el anverso esmaltado el busto de Bolivar de gran uniforme, y en el reverso un sol irradiando sus rayos en derredor. Lleva cinta con los colores de la bandera de Venezuela, celeste, rojo y amarillo.

Los españoles se batieron con bizarría, como siempre; pero faltos de gente, de recursos y de caudillos, no consiguieron contrarrestar el empuje de todos aquellos países de América que se habían levantado en armas como un solo hombre y luchaban con una fe, con un entusiasmo y con unión tan inquebrantable que les hacía poderosos y semejaban dura avalancha que se venía encima clavando sus enseñas, á costa de luchas reñidas y en medio de torrentes de sangre, en los terrenos de que se iban haciendo dueños.

Entre los muchos españoles, que al igual de los americanos hacían prodigios de valor, se hallaba un apuesto oficial, que honraba con sus repetidas hazañas la tierra en que había nacido y en cuyos dominios iba á ponerse al cabo de tantos años el sol, aquel sol que había alumbrado con sus rayos nuestra bandera en la Alhambra, nuncio de engrandecimientos para España que ensanchaba sus territorios allende los mares, poco después de haber vencido á la media luna en su último baluarte.

El oficial que formaba parte de las tropas reunidas bajo el mando supremo del virrey Sámano, había conocido en Caracas á una venezolana de extraordinaria belleza y de un encanto mayor si era posible que ésta, y se había enamorado de ella.

La hemos visto hace un momento con su madre, en el alegre patio de su casa, lleno de flores, en una hermosa noche de luna espléndida que plateaba su interesante rostro criollo.

Excusamos por lo tanto decir si á la joven le había parecido bien el gallardo militar español y si todas las hazañas del mundo habían de parecerle poca cosa al lado de las que acometía el elegido por ella como dueño de su vehemente corazón.

Tiempo hacía que Esperanza había perdido la de ver á su amado, y mucho tiempo hacía igualmente que éste había perdido también la esperanza de que sus ojos volviesen á cruzar su mirada con la brillante y atrayente de su amad.

Pero dicen que la esperanza es lo último que hay que perder, y el oficial español, en esto pensando, pensaba en ella y no se desalentaba.

Para esta relación importa saber que se llamaba Fernando y servía á las inmediatas órdenes de un esforzado capitán. Pertenecía á una ilustre familia y se había distinguido siempre por su caballerosidad y su inteligencia, además de haber acreditado, como antes hemos dicho, un heroico valor en reñidos combates.

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venezu1No perdimos nuestras posesiones en la América del Centro, del Norte y del Sur sin librar batallas muy grandes, sin disputar al enemigo el terreno, á pesar del valiente empuje de su resuelta acometida, que luchaban como leones aquellos hombres ávidos de conquistar la independencia de su país á toda costa, sacrificando para ello sus haciendas, sus hijos, sus vidas; todo en una palabra.

Y de España no se enviaban refuerzos, siendo completamente

necesarios y con urgencia, que de no ser atendida, y esto sí que era quizá imposible, era todo empeño poco menos que inútil.

Había llegado para nosotros el momento de la fatalidad, como antes habíamos tenido el de las prosperidades. Se derrumbaba aquel inmenso poderío que teníamos, íbamos á perder aquellos ricos y florecientes países de América. Se nos venía el mal encima sin que fueran parte á contrarrestarlo, ni mucho menos á detenerlo, los elementos con que contábamos en aquellos apartados países, mucho más distanciados entonces por lo imperfecto y lo difícil de nuestras comunicaciones con ellos.

Simón Bolívar organizaba y mandaba ya fuerzas considerables en la América del Centro que fueron muchas veces á la victoria, disputada con verdadero y extraordinario heroísmo por los soldados españoles, pero conseguida al fin y al cabo por las fuerzas rebeldes que entre otros caudillos notables tenían á Páez, Urdaneta, Valdés, Zarasa y Bermúdez, como nosotros á los esclarecidos jefes Duran, San Just, Maya y Barreiro y tantos otros, entre los que se hallaba Fernando de Alvarez; á quién tanto quería Esperanza González, la hija de uno de los principales agitadores venezolanos, tan respetado por todos los suyos.

Se había empezado la contienda y continuaba con más empeño cada vez por ambas partes.

De nada sirvió el audaz golpe de mano de San Just entrando por sorpresa con sólo cuarenta caballos en una población como Barcelona, defendida por mil combatientes, aunque mal armados y desalentados los más, que fueron batidos en las calles de aquel puerto, al que se puso el nombre de la ciudad condal en recuerdo de esta victoria.

San Just, sin fuerzas que le ayudasen, sólo pudo llevar á cabo

aquel hecho glorioso sin resultado, porque repuestos los defensores de Barcelona, volvieron á ser dueños de ella, rechazando después los ataques que se intentaron por nuestras tropas.

En la defensa que lucieron de Barcelona los españoles murió de una manera gloriosa el comandante D. Francisco Maya.

Venezuela en masa se había levantado en armas contra la madre patria. Por todas partes pululaban partidas; por Barinas, por Cumaná, extendiéndose hasta Quito, Popayán, Tunja, Neiva, Choco, Antioquía y Honda, hasta los mismos territorios de Santa Fe.

Una acción memorable se libró en un pueblo distante cinco leguas de Nutrias: La Cruz.

La Cruz fué teatro de una de las jornadas más sangrientas de aquella guerra entre las fuerzas españolas mandadas por Duran y las venezolanas por Páez.

A las órdenes de Duran se batió con su gente con mucho brío Fernando de Alvarez, con tanto que herido y todo, de tal manera se

metía en las filas venezolanas que fué hecho prisionero, no sin que en aquel momento atravesara el pecho de uno de los más esforzados adalides que iban con Páez.

La lucha fué por extremo encarnizada desde aqullos momentos.

Páez perdió toda su infantería, y los setecientos jinetes que llevaba echaron pie á tierra y hubieron de batirse con las lanzas.

venezuelaA Duran le quedaron sólo setenta hombres, y éstos la mayor parte heridos, y él mismo tenía un brazo atravesado por dos balazos. Fuera de combate los oficiales, tomó el mando un cabo que se portó con un denuedo de que no hay ejemplo quizá en todos los anales de nuestras guerras.

Peleó como un soldado y como un jefe; con tanto arrojo como pericia.

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-No hay más remedio que fusilarlo, é inmediamente. Ha matado á Juan Díaz. No es sólo un prisionero. Nos ha arrebatado á un hombre que tanto valía.

-Se condujo como un valiente en la jornada y mató cara á cara, eso sí; en lucha personal, noble, franca, en defensa de su existencia y por la bandera de su país.

-Pero no hay remedio. Se hacen precisos ya los escarmientos y sobre todo los castigos. A ese español hay que darle un castigo ejemplar.

-¿Aunque las represalias se acentúen?

-Pase lo que pase.

-Me habían inspirado simpatía su valor y su gentileza.

-A mí también; pero es preciso hacer lo que va á hacerse. Y á no perder tiempo.

-A usted, González, se le encarga de su custodia, en usted fiamos.

-Ya pueden hacerlo, contestó con acento firme el padre de Esperanza, que no era otro el que hablaba.

Todo se hallaba dispuesto ya para el fusilamiento de D. Fernando de Alvarez; pero ¡cuál no sería la sorpresa de los de Páez cuando se supo que el prisionero se había fugado, protegido por alguien que estuviera muy cerca de D. Carlos González ó á quien su respetara por su gente, y desde luego hubiese podido llegar hasta el sitio en que se hallaba el español, bien custodiado, como todos los reos de muerte lo están!

Había ocurrido algo extraordinario, y así era en efecto. El prisionero había sido puesto en salvo, pero la persona que tanto se había interesado por él, una vez que así lo había hecho, aprovechando un momento de descuido de Fernando de Alvarez, había desaparecido de su lado rápidamente, saliendo en el mismo caballo que les había servido para la fuga.

Era Esperanza, que con una orden falsa de su padre, y á pretexto de que éste le llamaba para una entrevista reservada de suma importancia y urgencia que adonde él estaba tenía que celebrar con el reo, hacía que lo llevaran á su presencia. De lo demás se encargó Esperanza. Con gente suya fue la falsa orden, y ella, merced á la obscuridad de la noche, se encargó en persona de la evasión de aquel preso que tan aprisionada tenía su alma.

¿A qué volvió Esperanza? A salvar á su padre de cualquier modo y á todo trance. Confesándose desde luego autora de la fuga de Fernando de Alvarez, probando la inocencia de su padre, impetrando perdón para la falta que ella había cometido, si era posible, ó entregándose en ultimo término para responder de sus actos con su vida, inmolándola satisfecha por haber salvado la del oficial español.

Por rápida que fué su vuelta adonde se hallaban los suyos, no lo fué tanto que pudiese impedir la muerte de su padre, que trató de evitar aquella apasionada mujer con su presencia en aquel sitio.

Tachado ya de simpatías hacia el reo, fué inútil toda reivindicación, disponiéndose que á la misma hora en que debiera ser fusilado el oficial español, lo fuera D. Carlos González, sin más demoras ni apelaciones ni sumarias.

En el momento mismo en que Esperanza llegó, presentóse ante ella un horrible cuadro; el que formaban los encargados de fusilar á un reo, en quien reconoció inmediatamente á su padre aquella desdichada mujer. Verlo y sonar en aquel instante la terrible

descarga que le hiciera rodar por tierra, todo fué obra de un instante.

Esperanza, fuera de sí, se arrojó sobre el expirante cuerpo de D. Carlos González, desencajada, lívida, con sus hermosos ojos llenos de una expresión singular, extraviada la vista y lanzando un ¡ayl de dolor infinito, desgarrador, espantoso, horrible.

Cuando fueron á separarla del cadáver, reía, lloraba, y palabras incoherentes y sollozos y carcajadas se escapaban de aquellos labios tan sonrosados y tan bellos y de aquel pecho virginal tan enamorado.

Había perdido la razón.

Para el pobre Fernando ya no fué más su amor que un desvarío, pero consagró su vida á seguir adorando á su loca Esperanza hasta que la perdió el desdichado, sobreviviendo poco tiempo á su inmensa desgracia.

P. SAÑUDO AUTRÁN

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