TODO LO VENCE EL AMOR

La Gran Vía. 28 de enero de 1894.

TODO LO VENCE EL AMOR

Ó ESTO NADA TIENE QUE VER CON

LA PATA DE CABRA

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¡Cómo está la instrucción pública en España! ¡Luego se extrañan de que aumente la estadística criminal! ¡Para fuegos artificiales y novillos, no falta dinero en el Ayuntamiento; pero lo que es para el profesor de instrucción primaria, nunca hay dos pesetas en el Municipio!

Excusado me parece decir á ustedes que el que esto decía era el maestro de escuela del pueblo X**, que, á pesar de no haber cobrado su sueldo hacía más de dos años, aun no había podido acostumbrarse á no cobrar.

Y lo cierto era que D. Demetrio, profesor de primeras letras, tenía razón; en preparativos para solemnizar el día del Santo patrón de X** se había invertido, por lo menos, el importe de tres maestros de escuela bien pagados.

El alcalde de X** no quería quedar debajo de su colindante el alcalde de Z**, vamos al decir, y no digamos al maestro, á medio vecindario hubiera sacrificado en beneficio de la pompa y la solemnidad del día.

Llegó por fin éste, y el pueblo se vio inundado de forasteros, que acudían á la villa de todas las partes del globo, como decía el presidente del Municipio.

Las músicas, llamémoslas de este modo, recorrían las calles de la población, y los vecinos amenizaban los intermedios con vino de la tierra, que le llaman así, como si quisieran distinguirlo de vino del cielo, y los profesores de la murga alquilada eran objeto de las atenciones y obsequios de aquel ilustre vecindario.

A la hora convenida empezó á salir de la iglesia la procesión, aunque fue detenida á los pocos pasos por una multitud de indígenas, que pugnaban primeramente y empujaban después, por ayudar á que saliese en andas San Roque, santo patrono de X**, si mal no recordamos.

Había empezado la cuestión en subasta, y concluía en puñetazo limpio.

Los cohetes iluminaban el espacio, y alumbraba el divino rostro del patrón el humo de los escopetazos que prodigaban los vecinos á su querido

San Roque.

Si el perro hubiera podido vengar á su dueño, de seguro no queda devoto sano de aquéllos, que con tanta vehemencia manifestaban su entusiasta devoción.

Entretanto, el hijo del alcalde del otro pueblo adyacente, como decía el de la propia localidad, llegaba, de incógnito á la fiesta, porque su papá nunca hubiera consentido que fuese á dar realce á la función con su presencia. Pero el muchacho estaba enamorado de Rosario, hija del alcalde

de X**, y por nada del mundo hubiera faltado á la fiesta.

Acompañaban al enamorado galán cuatro fornidos mozos del pueblo Z**, los que no le dejaban á sol ni á sombra, porque, como ellos decían, es muy expuesto andar por extraños países sin defensa, teniendo en cuenta la civilización que los distingue.

Juanito, que así llamaban al alcalde heredero, no se había engañado al suponer que su amada Rosario le aguardaba con impaciencia. Y aprovechando la ausencia del padre, que precedía la procesión, se vieron, se hablaron, y se dijeron lo que se dicen siempre en estos casos:

—¿Me quieres?

—Te quiero.

—¿ Mucho?

—Mucho.

Etcétera, etcétera. lapata2

Los cohetes menudeaban, y la procesión se hallaba ya en la calle.

—¡Miá, miá, qué hermoso sale este año!—decía una vieja, apuntando con el índice al santo bendito.

—¡Viva el santo!—voceaba un zángano, acompañando el grito con un escopetazo, que puso á uno de los conductores la cara negra.

—¡Animal!—rugió el agraviado.

—¡Viva, viva!—repitieron otras voces.

Y al disparo sucedió una verdadera descarga, y el santo estuvo á punto de besar la tierra.

—¡Verás qué cohete le pongo en el moño á la boticaria!

Y diciendo y haciendo el gaznápiro que esto decía, enfiló con un cohete á la pobre mujer del farmacéutico.

—¡Ay!— exclamó lanzando un grito.

—¿Qué es eso?—preguntó el alcalde.

La boticaria le respondió en acción, lanzándose sobre el que le había dirigido aquella indirecta y arañándole á su gusto.

La procesión se interrumpió ; algunos vecinos procuraban apaciguar á los contendientes.

El alcalde gritaba en el mismo tono que si tratara de guiar una pareja de bueyes:

—¡Boticaria! ¡Boticaria!

En esto, un chiquillo de esos que siempre tienen el diablo dentro del cuerpo, asió de los pies al maestro de escuela, al mismo tiempo que imitaba el ladrido de perro mastín, y el pobre dómine, que se sostenía en pie por un milagro, cayó cuan largo era, atrepellando á los conductores del santo, que á su vez cayeron, estrellando á San Roque, dicho sea con perdón.

El tumulto entonces fue mayúsculo.

Las mujeres voceaban, los chiquillos corrían, los hombres andaban á palos sobre si el motín había sido provocado por un chiquillo forastero ó natural del pueblo. A los denuestos sucedieron los garrotazos.

Más de diez minutos duró la batalla, y sólo á fuerza de algunas amonestaciones del Municipio se consiguió contener á los guerreros. Pero la primera piedra estaba lanzada, y no tendría nada de extraño que se reprodujese con más encarnizamiento.

Llegó la hora de la corrida de novillos, y después de formar con carros y tablones, barreras y tendidos, para mayor seguridad del público y decoro del Municipio, se colocó la improvisada cuadrilla en el redondel, y el alcalde y su familia en el balcón de la casa Ayuntamiento.

A primera vista parecerá extraño que esto sirviera para tranquilizar al público; pero se comprenderá teniendo en cuenta que lo primero para un pueblo bien ordenado son sus autoridades.

Cuando salió el primer novillo á la plaza, una salva de aplausos saludó al alcalde, que correspondió con esta palabra á la manifestación de cariño de sus administrados:

—¡Orden!

Apenas había dado una vuelta á la plaza, se encaró el becerro con el hijo del alcalde del pueblo colindante, el cual, con sus cuatro compañeros, se había lanzado al improvisado redondel.

Los indígenas se apartaron, y, formando corrillos, murmuraban del atrevimiento del extraño.

Después se interpusieron entre el alcalde heredero y el novillo, para no dejarle torear.

El resultado de aquel concurso taurómaco había de ser funesto, y no se hizo esperar mucho tiempo.

Empezaran las palabras: los indígenas amenazaron y los forasteros se dispusieron á dar.

El novio de la hija del señor alcalde tiró de navaja, y lo mismo hicieron sus cuatro camaradas.

Los del pueblo imitaron la conducta de los extraños.

Juanito dio la señal, tirando un volapié al bicho y otras varias estocadas bajas, pero que irritaron á la fiera.

El alcalde, que previó el desenlace, dispuso que se diese suelta á todos los novillos que estaban preparados para la lidia, y eran cuatro, dejando á la casualidad el desenlace de la función.

lapata3Cinco minutos después de salir los novillos á la plaza, tanto ésta como las principales calles del pueblo se veían cubiertas de fajas, trozos de pantalones y chaquetillas, que los indígenas habían perdido en la lucha.

En medio del conflicto y del espanto, faltaba el rabo por desollar, como suele decirse.

Lo que faltaba era la llegada del alcalde de Z**, es decir, del suegro in partibus de la alcaldesa, que, acompañado de la Guardia civil y de la mayor parte de los mozos de su pueblo, llegaba á X** dispuesto á apoderarse de su hijo á todo trance, y á declarar la guerra; si para ello fuere preciso, al lugar de la novia de su heredero.

Cuál fuera la resultante de tantas y tantas fuerzas combinadas, fácil es comprenderlo teniendo en cuenta que la Guardia civil logró apaciguar á los más díscolos, y que no habían de luchar hasta extinguirse dos pueblos tan ilustres, sin que España y Europa entera mediaran en el asunto.

Y como todo lo vence el amor, un mes más tarde Juanito casó con Rosario, y los dos pueblos celebraron con fiestas públicas tan fausto acontecimiento.

¡Debilidades de la humanidad!

E. DE LUSTONÓ.

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2 pensamientos en “TODO LO VENCE EL AMOR

  1. VGA

    —¡Cómo está la instrucción pública en España! ¡Luego se extrañan de que aumente la estadística criminal! ¡Para fuegos artificiales y novillos, no falta dinero en el Ayuntamiento; pero lo que es para el profesor de instrucción primaria, nunca hay dos pesetas en el Municipio!

    Otra mente brillante atrapada dentro del oscurantismo, del primitivismo y de la falta de conocimiento que había en España por esa época, no es de extrañar que fuese perseguido, acosado y desterrado de la opinión pública, un hombre o una mujer que aboga por la educación y por la cultura es siempre para un gobierno católico y absolutista un peligro.

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