COSTUMBRES ESPAÑOLAS: TOROS EN CÁDIZ EN 1578

LA LIDIA. Enero 1889.

COSTUMBRES ESPAÑOLAS: TOROS EN CÁDIZ EN 1578

Al Sr. D. Francisco R. de Uhagón.

toros4

Hay en los pueblos rasgos característicos que no se alteran por el transcurso de los siglos, costumbres también que parecen nacidas del carácter, y son, como él, inalterables.

Corría el año 1578. En un hermosísimo día de los últimos del mes de Junio, la bahía de Cádiz presentaba uno de esos espectáculos que no por haberse repetido muchas veres pierden su encanto, siendo, por el contrario, la admiración de cuantos en alguna se recrean contemplándolos.

Bajo el azul de un cielo purísimo, á la brillante luz del sol deslumbrador de Andalucía, se deslizaban por las tranquilas aguas multitud de galeras, dando todo el velamen al favorable viento que las impulsaba, y galanamente empavesadas todas ellas con gallardetes, flámulas y banderas de variados colores.

La que delante de todas marchaba, grande por sus proporciones, majestuosa en su porte, notable por la riqueza de sus adornos, por su aseo y gallardía, ostentaba en e1 palo mayor el estandarte real de Portugal.

La entrada de una escuadra en el puerto de Cádiz es, en verdad, espectáculo indescriptible. Éralo aún más en aquella ocasión, por las singulares circunstancias que concurrían á darle interés y prestarle solemnidad y atractivo.

A bordo de aquella galera que á todas las otras precedía, venía el rey D. Sebastián de Portugal, acompañado de la primera nobleza del reino. En las demás embarcaciones, la parte más lucida, los veteranos del ejército portugués venían á Cádiz para tomar en ellas á los dos mil españoles que al mando de D. Alonso de Aguilar debían ayudar á los lusitanos en la campaña de África.

No había merecido esta expedición el concurso, ni la aprobación siquiera, del monarca español, ni de sus experimentados generales; pero entre las muchas tropas auxiliares que componías el ejército se permitió que concurrieran los soldados españoles. Ya desde Lisboa habían pasado á Ceuta grandes fuerzas y el resto marchaba con el rey, que había de mandar en jefe y dirigir las operaciones.

Desde que la armada portuguesa dio vista á Cádiz, no cesaban los fuertes de la plaza de hacer salvas para saludar al monarca lusitano. Bombardas y falconetes, calabrinas y cañones, atronaban con sus disparos; el humo oscurecía la atmósfera; repicaban las campanas, y en tanto que las galeras entraban y daban fondo en bahía se fueron poblando las aguas de miles de barquillas empavesadas que acudían, al recibimiento llenas de pasajeros; aumentando la animación el gran número de personas que se agolpaba al puerto para presenciar el desembarco. — En una falúa ricamente preparada, vestida en el interior de brocados de seda con grandes cojines recamados de oro, impulsada por muchos remeros de brillante uniforme y seguida de otras varias también adornadas con profusión y riqueza, se adelantó hasta la galera real el duque de Medina Sidonia.

Bajó el rey la escala entre los acordes de la música y el estrépito de la artillería, tomando asiento en el puesto de honor á popa de la falúa, que partió velozmente hacia tierra seguida por las otras de respeto, en que habían entrado los nobles, capitanes y altos dignatarios que le acompañaban.

cadiz1570Hospedóse el rey D. Sebastián en la hermosa casa del señor D. Luis Valenzuela, situada, según parece, en la esquina que formaba la calle del Hondillo con la Plaza de la Corredera, desde cuyos balcones se disfrutaba un extendido panorama, descubriéndose toda la parte media y occidental de la bahía, y al lejos limitando el horizonte las tierras de Jerez y de Medina, en cuya falda se ven las pintorescas poblaciones del Puerto de Santa María y la isla de Rota.

El duque de Medina Sidonia, capitán general de Andalucía, y el regimiento de la ciudad, de Cádiz, en el que tenía asiento D. Luis Valenzuela, hicieron cuantos esfuerzos puede imaginarse para obsequiar dignamente al monarca que hospedaban y á la escogida corte que formaba su séquito, haciéndoles agradable la estancia en el territorio español.

Entre las funciones preparadas, y como uno de los festejos más regocijados y notables, figuró una fiesta de toros.

Divertidísima fué, indudablemente, sí hemos de dar crédito á las escasas noticias que se pueden recoger en algunos historiadores; porque sus accidentes y peripecias, así como la pompa y boato que se desplegó en ella, semejan á los que la lozana imaginación de D. Nicolás Fernández de Moratín reunió para embellecer sus incomparables quintillas de la Fiesta de toros en Madrid, que supone en los tiempos del Cid Campeador.

Se había cerrado la Plaza por todas las calles que á ella daban entrada con fuertes vallas de madera, levantándose frontero á la morada del rey un extenso tablado y gradería que circunvalase por aquella parte el coso. Adornadas estaban las fachadas de las casas y edificios públicos con vistosas colgaduras de seda de vivos colores, con ricos y variados tapices; y algunas ostentaban costosos decorados que causaban admiración.

Llenáronse los estrados de bellísimas damas y apuestos caballeros, no solamente de los moradores de Cádiz, sino también de los pueblos comarcanos, todos ataviados con sus mejores trajes y preciosas joyas, atraídos por la curiosidad de ver de cerca á aquel monarca, cuyo nombre era tan popular é iba ya rodeado de una aureola fantástica, de una fama de temeridad y arrojo que aumentaba en todos el deseo de conocerle.

En las graderías se agolpaba la muchedumbre del pueblo, de soldados y marineros, muchachos y labriegos de las vecinas poblaciones que se apiñaban y empujaban, gritando en tumultuosas voces, producidas ora por la alegría, ora por la impaciencia, por la inquietud ó por las molestias; corriendo á veces de un lado á otro con algazara y confusión, sin que pudieran conservar el orden las escuadras de tropa situadas en la Plaza para tal objeto.

La animación era mucha y ruidosa; la concurrencia de todas las clases, numerosísima crecía por momentos, haciendo imposible que pudieran colocarse los que nuevamente llegaban…..

Mas la fiesta en que gozo

la popular alegría

muchas heridas costó.

Cuando cesaron los acordes de la música y ocuparon su lugar todos los que componían el acompañamiento del monarca portugués y del duque, hicieron vistoso alarde de sus galas muchos caballeros que en briosos potros andaluces, con gran número de escuderos y pajes lujosamente vestidos, desfilaron ante el balcón regio, haciendo complicadas evoluciones, y tomaron puesto en la Plaza detrás de las vallas preparadas al efecto, para ir saliendo sucesivamente á clavar rejones y torear de diferentes maneras.

Los aplausos de la multitud, los saludos y el vocerío duraban aún, cuando dieron suelta á un hermoso toro que recorrió la Plaza en breves instantes, levantando nubes de polvo en su carrera, y que rodó al punto por la arena, descabellado por la certera lanza de un caballero de Véjer de la Frontera. Las palmadas y los vítores ensordecieron los aires, retirándose el aplaudido jinete; salió el segundo toro, más pausado que el anterior, aunque de mayor corpulencia, girando la vista en derredor como buscando un objeto á su acometida. Lo encontró muy luego. Un nuevo caballero corrió hacia el centro de la Plaza con el caballo muy levantado y el rejón en la diestra… pero no tuvo tiempo de clavarlo… Partió la fiera,

cual flecha se disparó

despedida de la cuerda;

derribó al caballo y al jinete; mas antes de que pudiera volver sobre ellos, tres ágiles peones le distrajeron con capotes de color rojo, y otros no menos diestros se le acercaron con afiladas lanzas y desjarretaron sus piernas, imposibilitándole para nueva embestida. Dieronle muerte, y arrastrado por arrogantes mulas fuera de la Plaza, dio lugar á la entrada del tercero. Era ligerísimo de pies y de mucha vista, y en un momento dio vuelta á toda la Plaza, limpiándola de peones y jinetes que huían de su furia, sin que ninguno pudiera ofenderle.

Avanzó á rejonear un caballero ayudado por varios escuderos á pie; mas antes de que pudiera entrar en la suerte, se lanzó la fiera con la velocidad del rayo, alcanzó á uno de los que con los capotes quisieron distraerle, dejándole herido en tierra, y persiguió á los demás, haciéndoles retirar en pronta huida. No fue más feliz el segundo, que con temor notorio se adelantó con rápido paso, como el que cumple un deber, en la seguridad de no obtener un buen resultado. Herido su caballo sin que él tocase al toro, arrancó en vertiginosa carrera, y los peones abandonaron la lidia por socorrer á su señor.

Y hubo algunos momentos de confusión y de pánico, en los que la Plaza quedó limpia.

Ninguno al riesgo se entrega

y está en medio el toro fijo;

el pueblo aplaudía enardecido, estimulábanse los jóvenes unos á otros á probar fortuna, mostraban temor las damas, los nobles gaditanos se encontraban indecisos ante el peligro, viendo suspendida la solemne fiesta, cuando en medio de la gritería incesante, del tumulto y la agitación que por todas partes reinaban, montó en un brioso tordillo de Córdoba el huésped del monarca lusitano, el Sr. D. Luis Valenzuela, y seguido de un solo escudero á pie se dirigió pausadamente, y con la vista fija en la fiera, al terreno que ésta ocupaba.

toros1Unánimes aclamaciones resonaron en todos los ámbitos del coso:

No habrá mejor caballero,

dicen, en el mundo entero;

agitaban las damas los pañuelos; los hombres con los sombreros saludaban al valeroso D. Luis; pero de repente se produjo general silencio al ver que el toro se volvía hacia el caballero y escarbaba la tierra, preparando feroz embestida. El temor se pinto en todos los semblantes.

Vestía D. Luis lujoso traje de terciopelo rojo con pasamanerías y botones de plata; en los pasadores y herretes brillaban gruesas piedras que lanzaban rayos de luz al ser heridas por los del sol, y sujetaba las plumas de su birrete un precioso cintillo de brillantes. El paje vestía los mismos colores, y bordada también de plata y perlas era la mantilla de grana y los paramentos del caballo.

No llevaba el caballero lancilla ó rejón en la mano, se adelantaba al paso de su corcel, y solamente cuando estuvo á regular distancia del toro puso mano á la espada y paró en firme, esperando la embestida. Recelosa la fiera de aquel enemigo que frente á frente la desafiaba, bajó nuevamente la cerviz, resopló con extraordinaria fuerza la tierra y se lanzó rápidamente sobre su adversario; pero en el momento mismo de arrancar, su paje se apartó del caballo cuatro pasos y agitó su capote de grana, cortando en parte el ímpetu de la carrera; y aprovechando aquel instante don Luis adelantó con presteza y pasando por el lado derecho del toro le clavó la espada con tan certera vista y seguro pulso, que entrando por el cuello apareció la punta ensangrentada entre los brazuelos del animal, que dio algunos pasos, vaciló breves momentos y rodó por la arena bañado en sangre.

Continuaron sin interrupción las fiestas en los ocho días que el rey D. Sebastián y su corte permanecieron en Cádiz.

El caserío de la ciudad no era bastante á contener la muchedumbre de la gente, y en el extenso campo que llamaban entonces de la Jara, y comprendía todo el espacio que media desde donde hoy vemos la calle de la Amargura hasta las ermitas de Santa Catalina, y San Sebastián, en medio de los viñedos que poblaban aquel fértil terreno, se levantaron tiendas donde se albergaron los soldados, y se formó una tela en la que juntaron varios días los caballero» españoles y portugueses, corrieron pólvora y tuvieron lugar otros muchos divertimientos públicos.

En los primeros días del mes de Julio se embarcaron de nuevo en las galeras los soldados portugueses, llevando en su compañía á los voluntarios españoles, al mando de su animoso jefe P. Alonso de Aguilar.

El 4 de Agosto, en los funestos campos de Alcazar-Kevir fué completamente destrozado el lucido ejército; de los 17.000 hombres que lo formaban solo escaparon con vida algunos centenares; murió el arrojado rey D. Sebastián, y á su lado sucumbieron heroicamente todos aquellos nobles, tan jóvenes, tan gallardos, tan ricos, que un mes antes prestaban alegría y animación á los festejos gaditanos.

Han pasado mas de tres siglos desde aquellos días en que el rey D. Sebastián y su corte se hospedaron en la ciudad española. En los historiadores y en las memorias contemporáneas hemos buscado detalles de aquel suceso, que debió ser muy notable, y no hemos podido encontrar todos los que hoy apetece la curiosidad erudita; pero la lectura de las indicaciones que algunos de ellos consignan, aunque todos esos pormenores no puedan presentarse como rigurosamente históricos, nos ha hecho reflexionar sobre la verdad que encierran los primeros renglones de este artículo.

Grandes vicisitudes y trastornos ha sufrido nuestra España desde la visita á Cádiz del rey D. Sebastián de Portugal hasta la época presente; muchas y grandes revoluciones la han agitado; importantísimos adelantos ha realizado, cambiando, puede decirse, por completo su manera da ser política y social, económica y administrativa y hasta doméstica.— Cruzada por los caminos de hierro; comunicada instantáneamente por el telégrafo con las mis apartadas regiones; ¡laminada por el gas y por la electricidad… á punto quizá de navegar por el interior de los mares dando nuevo testimonio del genio de sus hijos, ¿qué haría hoy España si en Cádiz ó en Sevilla hubiera de dar hospedaje y procurase agasajar á algún poderoso monarca? .—Ciertamente en el variado plan de obsequios no había de faltar el anuncio de la gran corrida de toros.— En ella, para aumentar el atractivo, tal vez se se anunciarían caballeros en plaza, que a la antigua usanza rejoneasen una ó dos fieras; pero de seguro que no serían individuos de la nobleza, ni trabajarían gratuitamente en caballos de su propiedad perfectamente amaestrados y de gran precio por sus excelentes condiciones de raza y edad. Y pasado ese recreo, que en la forma en que ahora se presenta no pasa de ser entremés, sin llegar á comedia, ni tiene carácter, ni da lugar á escenas como las que dejamos descritas, saldrían las cuadrillas capitaneadas por Lagartijo ó por Mazzantini, los cuales con su valor y su agilidad, con su destreza y su gracia producirían en los espectadores tanto entusiasmo como despertó la hazaña de don Luis Valenzuela en los cortesanos del rey D. Sebastián en el año 1578.

José María Asensio

Sevilla, 4 de marzo 1889.

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