Gente de Madrid.-DANIEL Y EL AMIGO DE DANIEL

fiestaalegre2La Ilustración Artística. 13 de agosto de 1894

Gente de Madrid

DANIEL Y EL AMIGO DE DANIEL

Me dio mucha lástima cuando le vi hace tres años por ahora. Le encontré tan derrotado que casi le desconocí.«Soy yo mismo, me dijo, aunque parezco otro; he sufrido mucho y me he quedado sin salud y sin dinero, y con más obligaciones que antes, porque ya tengo un hijo más, Dios le bendiga.» Daniel, que así se llama el sujeto que presento hoy á mis amables lectores, había estado empleado, y un ministro le quitó el destino para dárselo á otro; tenía un capitalito y lo había entregado á un negociante amigo que le daba un interés menor del legal; el amigo quebró y Daniel no hallaba medio de recuperar su dinero; abrió su bufete de abogado y se dedicó á la defensa de pobres, esperando que en cuanto fuera conocida su elocuencia tendría clientes entre la gente pudiente, y aunque no fuera un Silvela ó un Gamazo, para comer siquiera podría sacar de su noble profesión. Los pobres que defendió casi todos obtuvieron su libertad; uno le regaló un mazo de veinte cigarros de diez céntimos; otro le ofreció el primer reloj bueno que pudiera ganar; otro fué á decirle que cuando quisiera tomar café con él, un rata más malo que Caín, tendría gusto en convidarle, y le invitó á que fuera cualquier día de seis á ocho de la noche al café del Gallo; otro, que había dado tres puñaladas a un amigo, y Daniel obtuvo para él la absolución más injusta y escandalosa, le ofreció galantemente su amistad… Pero la gente pudiente no solicitó sus servicios; nadie le encargó asunto ninguno de litigio; se vio, pues, en la necesidad de buscarse la vida por otros caminos, y solicitó libros que traducir: un librero le encargó una novela de cuatrocientas páginas; hizo Daniel á conciencia su trabajo; el editor le dio veinticinco duros por la traducción; no salió siquiera á diez reales de jornal diario: ofreció en un anuncio sus servicios como administrador de fincas y obtuvo la de una gran casa de vecindad en un barrio extremo, cuyos inquilinos pagaban todos los domingos el alquiler, los que lo pagaban. Lo que sufrió Daniel no es para contado; con una paciencia y una caridad notables procuraba dar á los vecinos las mayores facilidades para el pago; había uno que estaba en descubierto de muchos meses, y Daniel, compadecido de la situación de aquel desgraciado, pagó por él parte de la cantidad debida al propietario que á todo trance quería lanzar de la habitación al inquilino más que moroso; pues este inquilino, un día que le cogió de mal humor cuando Daniel fué á visitarle, echóle á empujones por la escalera abajo, y en viendo los otros vecinos que uno de ellos maltrataba al administrador, salieron todos al patio y el pobre Daniel recibió una entrada de palos regular que le hizo perder la afición á administrar propiedades ajenas.

En esta situación se hallaba cuando le encontré, y se lamentaba amargamente de que siendo un hombre de bien, incapaz de toda mala acción y trabajador incansable, no pudiera hallar donde emplear su actividad y su inteligencia y realizar su natural aspiración de mantener á su mujer y sus hijos. Daniel no tenía nada de tonto; era muy versado en literatura, y había escrito algunas obritas dramáticas que por exceso de modestia no quería dar al teatro; le aconsejé que las diera, demostrándole que otras enteramente reñidas con el sentido común proporcionaban grandes beneficios á sus autores. Siguió el pobre mi consejo y llevó una de sus obras á un empresario; á los cuatro ó cinco meses el empresario le devolvió la obra, diciéndole que no se podía poner en escena; sin embargo, la puso á los pocos días, un tanto desfigurada, pero con el mismo argumento y con situaciones semejantes. Y gustó mucho, y llamado el autor á escena resultó ser la comedia de uno de los abastecedores de aquel teatro, que había leído la de Daniel y le había robado bonitamente el asunto. Daniel hubiera podido querellarse, mas ¿para qué?.. El otro peine disponía de los periódicos; tenía, según decía, su reputación muy bien sentada, y mi amigo habría salido con las manos en la cabeza, y escarnecido, además de robado.

¡Pobre Daniel! Era verdaderamente muy triste que tuviera tan mala suerte persona por todos conceptos digna de estimación; y mucho me dolía no tener influencia ni valimiento para haber hecho algo en su favor. Y no podía menos de acordarme de tanto tuno y de tanto necio que, sin otro mérito que el de la poca vergüenza, disfrutan todo linaje de ventajas y son considerados y atendidos por todo el Mundo. Por desgracia, no podía hacer otra cosa que animarle á seguir la lucha por la existencia sin desesperarse y á tener confianza en que su suerte cambiaría, bien que esto me parecía difícil, siendo tan hombre de bien y tan modesto como era el bueno de Daniel.

Ausente yo de Madrid bastante tiempo, no había vuelto á ver á Daniel. Ayer mañana, saliendo de la librería de Fe, le encontré que iba con dos de sus hijos, una niña y un niño muy donosos, y sobre todo muy rica y elegantemente vestidos. Y él también lucía un bien cortado traje de mañana de excelente tricot, guantes de piel de perro con su bordadura, sombrero flamante, botas barnizadas que parecían acabadas de salir de casa de Gayatte, y corbata plastrón de raso azul con un brillante gordo por alfiler, y fumaba un magnífico Partagás que lo menos habría costado su par de pesetas.

¡Oh, Daniel, exclamé, cuánto me alegro de verte, y sobre todo de verte tan ventajosamente cambiado! La última vez que te vi estabas flaco, macilento, triste, desencajado, y ahora te veo grueso, erguido, animado y con un color de salud que da envidia. ¡Y qué niños tan monos y tan elegantes!.. ¿Y tu mujer?..

Buena: se ha repuesto completamente y está hermosísima. Yo salgo todos los días á pasear á estos niños por consejo del médico. Ahora vamos al Retiro.

Os acompañaré, y me contarás, sí quieres, qué es de tu vida. Por lo visto, conjuraste la mala sombra que te perseguía.

Sí, hombre, ya estoy en otra situación.

Mucho me alegro. No podía ser de otro modo. Un hombre de tus buenas condiciones, al fin y al cabo había de triunfar.

Los niños delante, agarraditos de las manos, y Daniel y yo detrás, nos encaminamos al Retiro.

Varias personas que encontramos al paso saludaron afectuosamente á Daniel; un personaje que subía del Prado en coche oficial le saludó también con sonrisa de expresivo afecto.

Veo que estás bien relacionado. Ese personaje es, sin duda, tu amigo.

¿Jiménez?.. Ya lo creo: si quieres algo de él te presentaré, y te servirá.

Gracias, Daniel. Ya sabes que yo soy de otra parroquia.

Es verdad. Eres consecuente, lo que es muy honroso, pero suele ser poco productivo.

Tienes razón; pero así he sido siempre, y ya no he de cambiar de carácter. Mas no hablemos de mí; hablemos de ti. ¿Has hecho fortuna?..

No, fortuna todavía no, pero es posible que la haga.

Te vi hace tres años tan apurado, tan desalentado, tan triste y tan sin esperanza, que creí que se había apoderado de tí la desesperación.

En efecto, desesperado estaba, y si no hubiera tenido hijos. Dios sabe lo que habría hecho. Nada me hubiera importado perder la vida. Llegó un día que no tuve pan que dar á mi mujer y á mis hijos.

¡Pobre Daniel!

Aquel día salí á la calle con la firme resolución de traer el pan que faltaba en mi casa: Dios me perdone el mal pensamiento, creo que lo habría robado. Tú no sabes á lo que obliga á un hombre la presencia de una mujer amada y unos hijos idolatrados que padecen hambre. Recordarás que mi amigo Juan N…, que tenía en su poder mi capitalito de cinco mil duros, había quebrado. Pues bien: me acordé de aquel amigo. Muchas veces había acudido á él suplicándole que me facilitase algunos fondos. Yo no me había mostrado parte en la quiebra; había tenido la debilidad de no presentar mi crédito oportunamente… Era un amigo, nos habíamos querido mucho, es decir, le había querido yo, y me repugnaba contribuir á agravar su situación. Aquel día no tendría con él ninguna consideración. Me dolía mucho, pero mi mujer y mis hijos eran antes que todo. Cogí una pistola de dos cañones vieja que poseía aún, porque no me hubieran dado por ella dos reales, y me la metí en el bolsillo. Expuse á mi amigo la situación y le dije:

«Juan, mientras he tenido en casa efectos que vender ó que empeñar he recibido pacientemente tus respuestas negativas á mis súplicas de que me dieras algo, aunque fuera poco, de mis cinco mil duros. Hoy en mi casa no hay más que hambre, y vengo á que me des lo que necesito, y no salgo de aquí sin ello. Tú, que perdiste mi dinero y el de otros en tus especulaciones, vives en esta casa decente; tienes ropa, tienes muebles, tienes abrigo y tienes qué comer. No es justo que tú tengas y yo no tenga nada.»

Le impresionó mi tono decidido, bien lo conocí; pero su respuesta fué negativa.

«Cuando pueda, dijo, te pagaré íntegramente, no lo dudes un momento.

»Por Dios te pido que me des, á lo menos, cien duros, ó cincuenta.

»No puedo, ahora no puedo, no te canses.

»Pues ó me das cincuenta, ó veinticinco, ó veinte duros siquiera, ó morimos hoy los dos.

»¿Lo3 dos?, preguntó.

»Sí, porque vengo resuelto á matarte y á matame después.

«Que te mates tú, lo podré creer; pero á mí… no te atreves. (¡Bien me conocía el tunante!) Oye, prosiguió, voy á darte dos duros para que coman hoy tu mujer y tus hijos; lleva ese dinero á tu casa y vuelve aquí, y te pondré en camino de la fortuna, pero á condición de que no seas tan pusilánime y encogido, ni tengas escrúpulos. Vete y no tardes en volver. Tú almorzarás conmigo.»

Lo hice como lo dijo. Cuando volví ya estaba en disposición de salir a la calle. Salimos, pasaba un coche; mi amigo llamó al cochero y le dijo:

«A Fiesta akgre.

¿A Fiesta alegre?, le pregunté con asombro?

Ya lo creo, me contestó, á almorzar y á divertirnos. Yo, estando tronado, es cuando con más empeño procuro divertirme.»

pelotariLlegamos á Fiesta alegre. Yo no había visto este frontón ni por fuera. Mi amigo entró en el café y yo con él. Pidió dos almuerzos; todos los camareros le saludaron con demostraciones de afecto, y lo mismo otras personas que había allí. Presentóme mi amigo á algunos buenos mozos, que vinieron á saludarle con fuertes apretones de manos. Eran, según me dijo, pelotaris, y mientras nos servían el almuerzo mi amigo y ellos departieron largamente con la mayor cordialidad en un lenguaje del que yo no entendía una Jota. El almuerzo, que fué muy copioso, duró mucho tiempo. Luego pidió mi amigo café y copa y cigarros habanos, y convidó á todos aquellos hombres. Yo hacía años que no almorzaba tan opíparamente ni tomaba café ni fumaba habano. Y en el café estuvimos hasta que llegó la hora de empezar el partido, que entramos en el frontón. No pude menos de advertir que mi amigo no pagó el almuerzo. Se conoce que tenía crédito á pesar de la quiebra. Quédeme absorto al contemplar el aspecto del frontón. ¡Qué de gente! ¡Cuántos caballeros! Vi hasta jueces y magistrados que conocía de cuando yo defendía pobres. Personajes políticos, diputados, senadores… Un público escogidísimo. Empezó el partido, y mi amigo no se estaba quieto, iba de un lado á otro, hablaba con muchos señores, y venían á decirle no sé qué los voceadores, quiero decir los intermediarios de las apuestas, y les daba dinero que llevaba en billetes en la cartera… Yo estaba aturdido, haciéndome cargo al fin de que aquello era una timba y no otra cosa. Cuando concluyó el partido, todavía nos quedamos allí mi amigo y yo; todavía habló con los pelotaris largo rato, felicitando á los vencedores, y luego me dijo:

«Espérame aquí, que pronto vuelvo.»

Y se fué; volvió luego, y dándome diez billetes de cincuenta pesetas, me dijo:

«Toma, ahí tienes cien duros que has ganado.

»¿Yo?

Sí, hombre, yo he jugado por ti y por mí, y he ganado doscientos, ciento para ti, para que no te mates ni me mates, añadió riendo.»

Yo dudaba si podía tomar aquel dinero.

No tengas escrúpulos, me dijo mi amigo. Toma esto hoy; mañana vienes, si quieres, conmigo, y tendrás otra buena ración probablemente.»

Y se despidió de mí, encareciéndome que no dejara de volver el día siguiente al frontón, donde le encontraría.

No puedes figurarte qué impresión tan extraña me produjo aquella ganancia; tuve calentura. Aquel dinero me parecía que no era mío, que no podía ser mío, que se lo había quitado á alguien. Yo no podía considerar aquel dinero como una mínima parte de mis cinco mil duros perdidos por el amigo quebrado. No, aquel dinero no era restitución de lo mío, ni producto de mi trabajo, y por consiguiente era un dinero mal ganado. No toqué á los dos mil reales, y el día siguiente pude ver al amigo y le expuse mis escrúpulos.

«Bien hacía yo en no hacerte caso, y en dejarte en tu mísera situación, me dijo. Éres el lila más completo que he conocido, y así estás tú de medrado. Ayer querías matarme y matarte porque no tenías que dar de comer á tu familia, y ahora te veo á punto de permitir que perezcan de hambre tu mujer y tus hijos, ahora que tienes dinero y que te ofrezco los medios de que lo tengas siempre, ó casi siempre. Pero grandísimo… infeliz, por no decirte otra cosa, ¿no viste cómo se guardó su ganancia D. Cleofás Raposillo, aquel magistrado tan feo y tan severo en su cargo? ¿No te fijaste en D. Martín Tantán, el escribano que entiende en mi quiebra?.. ¿No viste cómo apuntaba por los azules, y qué fajo de billetes tenía en la mano?.. Dinero ajeno probablemente. Eso es peor que ganar modestamente dos mil reales como los ganaste tú ayer jugando yo por ti. Vaya, no seas bobo; elige entre la holgura y la miseria, entre la estimación de la gente en el primer caso y el abandono

pelotari2y el desprecio de todos en el segundo. Si yo, después de mi quiebra, me hubiera metido en un rincón á dolerme de mi suerte, mis acreedores me habrían tratado sin compasión, habrían procurado hundirme del todo, hasta llevarme á presidio; pero han visto que no me achico, se han persuadido de que no han de obtener de mí más de lo que yo quiera, y todos tan conformes, todos, menos tú, porque tú, el más inocente de todos y el único á quien yo me he propuesto tratar como amigo, me querías matar…, añadió, riéndose á carcajadas mi desvergonzado amigo.»

Volví con él otra vez y otras veces al frontón, y mi amigo continuó apuntando por mí y para mí, y adquirí conocimientos, y en mi casa hubo lo preciso para comer y para vestir, hubo lo que no pude nunca lograr por medio del trabajo asiduo y honrado.

Pero el juego de pelota, dije á Daniel, tiene, como todos los juegos, sus quebrantos; no se gana siempre.

Mi amigo y protector gana siempre, menos cuando no quiere. Algunas veces pierde para que no se diga. Pero ya para mí el frontón es lo menos. Voy todas las tardes un rato por ver á mi amigo, que tiene desde hace algún tiempo una empresa más lucrativa, y para recibir sus instrucciones.

¡Hola! Se conoce que es hombre de iniciativa.

A ti te lo digo porque eres reservado…, bien que lo que te voy á decir lo sabe todo el mundo…

Entonces, es un secreto singular.

Mi amigo es dueño de siete casas…

¡Caramba! ¡Pues bien se ha armado el hombre!

De siete casas de juego.

¡Ah! ¿Pero se tolera que haya casas de juego?…Creía…

Y tiene en ellas sus representantes bien retribuidos…

¡Bravísimo!.. ¡V tú eres uno de ellos!

Sí, contestó Daniel bajando los ojos.

El pobre no ha perdido por completo el pudor.

Yo soy uno de ellos, continuó. Y en mi casa hay abundancia, y mi mujer ha recobrado la salud, la belleza que había perdido cuando vivíamos honradamente, y mis hijos… ya los ves, alegres, sanos, venturosos. Si no hubiera seguido el consejo y aceptado el apoyo de mi amigo Juan, ¿qué hubiera sido de nosotros?.. Así está el mundo ahora, amigo mío, ¡Y así habrá estado siempre! Y es un ejemplo triste y terrible el de la honradez, la modestia, el decoro y el trabajo arrastrando una vida estrecha y penosa ante la indiferencia y el desdén de todo el mundo, y el vicio, la desfachatez y la osadía triunfando en toda la línea. Yo he luchado con mi conciencia, pero al fin he sucumbido. Castigado antes cruelmente por ser bueno, ahora, que no puedo considerarme bueno como antes, no sufro el duro castigo de la miseria.

No felicité á Daniel por sus adelantos y ventajas, pero tampoco me atreví á culparle.

CARLOS FRONTAURA

Madrid, julio de 1894 ,

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