La nieve (conclusión)

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Leer la primera parte de LA NIEVE

La Ilustración artística. 26 de marzo de 1882

LA NIEVE (conclusión)

Novela microscópica (conclusión)

Por Enrique Pérez Escrich

Donde acaba la narración.

Unido y compacto se hallaba en el salón de la casa consistorial, de la muy heroica y benemérita villa de Triquitraque todo el ayuntamiento, el clero y los piadosos hermanos de la cofradía del Cristo de la Angustias.

Tres lámparas de petróleo extendían las luces del progreso por los ámbitos del salón, y dos velas de cera alumbraban el retrato de cuerpo entero del monarca, que rodeado de un dosel en forma de manto imperaial presidia, en silencio, las grandes solemnidades de Triquitraque.

Hallabáse el respetable alcalde sentado en su sillón de cuero, empuñando la vara de la justicia con la diestra, y un tanto molestado, por el roce que á cada movimiento de la cabeza, trasmitía á sus orejas el alto cuello de la capa. El cura párroco, el guardador de la fe público, los mayordomos de la cofradía del Cristo de la Angustias y los concejales, se hallaban sentados en los dos bancos laterales que se extendían á derecha é izquierda del sillón presidencial. Al extremo del salón, y separados por la verja de respeto de todo tribunal, se hallaban en primer término los alguaciles y detrás de éstos, un grupo considerable de vecinos de la benemérita villa.

Se iba á tratar de un asunto de la más trascendental importancia. La nieve obstruía las calles, era indispensable limpiarlas para que pasase la procesión del santo patrono, pisando como de costumbre la fina arena y las olorosas hojas de laurel.

Se discutía con el calor propio de tan importante asunto: unos exigían que se limpiaran las calles con los fondos del municipio, otros opinaban que debía encargarse de este ímprobo trabajo, la caridad de los vecinos; pero la caridad tropezaba con un grave inconveniente, pues si cada uno barría su puerta, ¿quién se llevaba las barriduras de nieve del medio del arroyo?

Esto era grave. Hay asuntos que verdaderamente son una mortificación para los ayuntamientos que rinden culto á la policía urbana; y no se comprende la heroica, la sublime abnegación, de los que se sacrifican por ser concejales, trabajando y desvelándose por servir al pueblo, que tan mal recompensa sus sacrificios. Pero siempre ha habido mártires en el mundo y sabido es que estos abundan en los ayuntamientos y en los congresos de Diputados: día llegará en que los pueblos reconozcan las virtudes cívicas de sus representantes y les levanten un altar en el santuario de sus corazones.

El alcalde Moralidad….. ustedes dirán por qué se llama Moralidad, pues voy á decirlo: Allá por los años 1823, cuando el rey Fernando VII andaba por el mundo, dando disgustos á los blancos y á los negros, en aquella época nunca bien ponderada, en que tan pronto se gritaba ¡Vivan las caenas! Como se tocaba el himno de Riego, el abuelo de nuestro alcalde, era el jefe del ayuntamiento más absolutamente absoluto de la provincia.

Un día que todo estaba dispuesto para recibir al señor obispo de la diócesis y que los voluntarios realistas se hallaban de real orden reunidos en la plaza real, cuando el vuelo de las campanas anunció la entrada del prelado, el alcalde asegurándose su enorme morrión y desenvainando su valerosa espada, exclamó:

Reales realistas de la real villa realista de Triquitraque, saquen el real sable, resáquenlo realmente reagosa.

Este discurso arrancó una ruidosa carcajada á varios desocupados que indudablemente eran liberalotes, y el alcalde dirigiéndoles una mirada tan feroz como inquisitorial les dijo:

—Señores, moralidad, moralidad, y ¡viva el Rey absoluto!…

El bueno del alcalde confundía siempre la palabra moralidad, por la palabra orden, y como esta equivocación se repetía con frecuencia, acabó todo el mundo por llamarle el alcalde Moralidad, apodo que le acompañó hasta la tumba y que heredaron sus hijos y sus nietos como una prueba de la consecuencia política de los triquitraquenses.

Después de esto, continuemos.

El alcalde Moralidad dejó que discutieran el asunto de la limpieza de la vía pública, reservándose como hombre de talla para reasumir y cerrar el debate con cuatro golpes maestros, dignos de la elocuencia de Demóstenes.

Cuando la discusión se hallaba en su período más interesante, el alcalde, persuadido de que acababan por no entenderse, como sucede siempre que se reúnen media docena de españoles, levanto la vara, agitó la campanilla con mano vigorosa y dijo con toda la prosopopeya propia de las circunstancias:

—Señores, creo que han hablado ustedes bastante.

Yo, como presidente del ayuntamiento, reasumo el debate, y ordeno y mando. Primero: los vecinos pobres barrerán las calles: segundo: los vecinos ricos prestarán sus carros y sus criados, para trasportar las barriduras á extramuros de la villa.

La despótica providencia del alcalde disgusto á todo el mundo como vulgarmente sucede; hubo murmullos, palabras subversivas, miradas feroces y puños cerrados, y sólo Dios sabe si aquello hubiera concluido como el rosario de la aurora, á no penetrar en el salón atropellando á la gente el sacristán Anguilita, como el cristiano á quien persigue un toro. Seguían al sacristán una turba de mujeres gritando con voces desaforadas: ¡Milagro! ¡milagro!

—¡Señor cura! ¡señor cura!—gritó con conmovido acento el sacristán Anguilita—hacia el barranco de la Albarda se oye una cosa asi como como… como si fuera un coro de ángeles y otro coro

de demonios que se tiran de las greñas.

¡A la cárcel ese hombre!—gritó el alcalde extendiendo su vara con ademan épico en dirección al tio Anguilita.

Señor cura, no permita su merced que se ofenda á la Iglesia en mi persona,—repuso el sacristán; lo que digo es cierto: se oye una cosa extraña, debe ser un milagro; que lo pregunten á esas mujeres que lo han oído como yo.

—Sí, sí, dice bien el tío Anguilita, es verdad lo que dice el sacristán,—exclamaron á coro las mujeres.

—¡A la cárcel las mujeres! ¡Á la cárcel todo el mundo que perturbe el orden! —exclamó el alcalde agitando la vara.

—Señor alcalde,—añadió el cura, en las cosas divinas y sobrenaturales yo soy la primera autoridad de la villa.

—Aquí no hay más autoridad ni más Dios que yo, y todo el mundo boca abajo,—gritó el alcalde subiéndose sobre el sillón y dando con la punta de la vara un golpe al retrato en el ojo, que á estar vivo deja tuerto á Su Majestad.

—¡Sacrílego! ¡blasfemo!—gritó el cura calándose el sombrero de teja y arrollando los manteos debajo del brazo con desenvoltura española, iCómo se entiende decir que no hay Dios!… ¡Amados feligreses! ¡queridos católicos! ya habéis oído lo que dice el sacristán y afirman esas piadosas mujeres: se oye en el barranco de la Albarda un coro de ángeles. Mañana es la festividad de nuestro santo patrono. ¿Quién sería bastante ateo para dudar de que los ángeles pueden venir á visitarnos? ¿Pues qué, si Dios quiere, no pueden bajar los ángeles á la tierra de los hombres, como en tiempo de Abraham? ¿pues qué, si Dios lo quiere, no pueden efectuarse milagros patentes en la católica villa de Triquitraque? ¿Hay algo imposible para el poder de Dios? Amados católicos míos, repitamos con Jesucristo: El que me ame que me siga.

Y el cura con marcial desembarazo bajó las gradas del consistorio. La muchedumbre le abrió paso y después le siguió en tropel dándole vivas.

El poder eclesiástico había derrotado al poder civil. El alcalde, anonadado, se quedó solo con los dos alguaciles. Después de unos instantes de silencio levantó la frente, miró al retrato del monarca y exhalando un ruidoso suspiro, dijo:

—Señor, ya ve Vuestra Majestad que yo soy un alcalde sin fuerza moral ni material; el clero ha ganado la batalla; esta vara, que representa la ley, es una caña inútil en mis manos: yo la deposito respetuosamente á los pies de vuestra real majestad y hago verbalmente dimisión de mi cargo.

El alcalde dejó la vara al pié del retrato y salió del salón seguido de los dos alguaciles que mustios y cabizbajos iban pensando en su próxima cesantía.

Mientras tanto, el cura victorioso, seguido por sus feligreses, sin faltar el tamborilero, el gaitero y el polvorista, se dirigió á la salida del pueblo. Muchos vecinos llevaban hachas de viento encendidas.

Al llegar á las últimas casas, y ya en el camino que conducía al barranco, el cura hizo la señal de alto y todo el mundo se puso las manos en las orejas para oír mejor.

Y efectivamente, á lo lejos se oía un canto místico, religioso, y las acordes melodías de una música celestial mezcladas con gritos agrios y prolongados gemidos.

El terror, el espanto en los unos, y la curiosidad en los otros, comenzaron á difundirse entre los vecinos de Triquitraque.

El cura hizo la señal de la cruz sobre la frente, mandó al sacristán que trajese de la iglesia el cazo del agua bendita y el hisopo por si era necesario rociar á los malos; ordenó á la comitiva, colocando delante el tamboril, la gaita y el polvorista, para que fuera disparando cohetes voladores en señal de regocijo, se colocó él con el hisopo en la mano y el sacristán con el agua bendita, á la cabeza; mandó á los hombres que marchasen á su lado y á las mujeres detrás, y todo así dispuesto, dijo con la firme entereza de un verdadero creyente:

—Amados católicos, adelante, y sea lo que Dios quiera.

El primer cohete voló por el aire iluminando el espacio con su radiosa cabellera de fuego, la gaita y el tamboril comenzaron sus árabes melodías, y el cura entonó una salve que corearon con fervor católico los feligreses que le seguían.

A manera que se aproximaban al barranco de la Albarda, el canto místico y la música religiosa resonaban con más claridad en los oídos de los vecinos de Triquitraque.

Nadie dudaba ya de que algo extraño y sobrenatural sucedía en el barranco, así es que el polvorista redobló sus disparos, el gaitero sus primitivas variaciones, el tamboril sus bárbaros redobles y la comitiva su rezo á voz en cuello.

¿Qué sucedía mientras tanto á los pobres músicos? Vamos á verlo.

Los lobos habían descendido hasta el fondo del barranco donde se encontraba el doloroso grupo de los émulos de Orfeo. El fagot, que era el más sereno, contó veinte, número que él creía muy suficiente para que se los merendaran á todos de una sentada.

Los lobos formaron un círculo completo en derredor de los músicos, que siguieron tocando y cantando sin apartar sus espantados ojos de tan terribles enemigos.

Cuando los lobos se hallaron á unos sesenta metros de la presa que codiciaban, se detuvieron; y ó bien sea que el hambre se revelaba en sus cuerpos al olfatear la carne viva, ó que los acordes musicales hirieran de un modo doloroso sus tímpanos, redoblaron sus aullidos sin atreverse á avanzar ni retroceder.

Era indudable que la música les detenía.

De pronto comenzaron á agitarse todos dando vueltas en derredor de los músicos, pero los unos en sentido opuesto de los otros, bostezaban, se relamían con delicia los bigotes, produciendo un ruido extraño con el choque de las mandíbulas, que llenaba de espanto á los pobres festeros.

El movimiento incesante de los lobos, el brillo fosfórico de sus ojos, el color rojizo de su pelo, que al agitarse sobre la nieve parecían movibles manchas de sangre, oprimía el espíritu de los músicos, que de un momento á otro esperaban que aquellas famélicas fieras saltaran sobre ellos para devorarles.

A pesar de esto, reanimados por las palabras de su viejo director, seguían tocando y cantando con tal fuerza, con tal fe, que el sudor caía hilo á hilo por sus frentes.

Aquello era una lucha homérica, titánica, sin otra esperanza que una muerte desastrosa.

De repente una cabellera de fuego iluminó la oscuridad del espacio, cayendo convertida en millones de chispas sobre la nevada tierra.

Los lobos enmudecieron, cesaron en su vertiginoso movimiento y levantaron la cabeza hacia el cielo para mirar con asombro aquel torrente de luz enemiga de las tinieblas, que ellos tanto aman.

Un segundo cohete siguió al primero. Algunas chispas cayeron cerca de los lobos que, rompiendo el círculo con que tenían aprisionados á los músicos, fueron retirándose poco á poco hacia el monte y volviendo la cabeza dando tristes aullidos.

Don Prudencio y sus compañeros mártires, observaron esta retirada con indecible gozo.

—Indudablemente,—dijo el maestro,—vienen en nuestra ayuda; ¡valor, amigos míos! canta Angelita, canta; la música ha detenido á los lobos, el fuego los ahuyenta, la fe nos salva.

En este momento diez ó doce cohetes volaron por el aire y los vecinos de Triquitraque desembocaron en el barranco de la Albarda.

Los músicos, al verlos, lanzaron un grito de gozo indescriptible, y corrieron con los brazos abiertos hacia sus salvadores, mientras que los lobos huían, devorando en silencio su miedo y su hambre.

El maestro Re-la-mi-do en su calidad de festero ambulante, había estado varias veces en la villa de Triquitraque y era gran amigote del cura.

En dos palabras refirió don Prudencio, con gran asombro de los que le escuchaban, todo lo que les había sucedido.

Las mujeres besaban y acariciaban á Angelita con maternal solicitud, y el cura, después de abrazar á los pobres músicos, dijo con acento solemne;

—Amados feligreses: ya lo veis, Dios ha hecho un milagro, porque milagro, y no flojo, ha sido el salvar á estos cristianos de la voracidad de los lobos.

A casa, á casa, y mañana iremos en procesión á darle gracias de tan fausto acontecimiento á nuestro patrono el Cristo de las Angustias.

Algunos momentos después, el maestro Re-la-mi-do, su nieta Angelita, el fagot Sostenido, el violín Corchea y el clarinete Semifusa se hallaban pegados junto á la chimenea de la cocina del cura párroco.

—¡Oh, el calor es la vida, el frío la muerte!—exclamó el pobre abuelito, extendiendo las manos hacia la llama hasta tocarla con la punta de los dedos.

Hija mía, no olvides nunca que la misericordia de Dios es infinita, y que la fe es el apoyo más poderoso de la criatura para cruzar este valle de penalidades que comienza en la cuna y termina en el sepulcro.

—A la mesa, señores, á la mesa,—dijo el cura frotándose las manos con satisfacción;—nos espera una abundante cazuela de sopas con huevos y una caldereta de estofado que trasciende á gloria.

Todos se abalanzaron á la mesa; después de calentar los entumecidos miembros, era conveniente calentar el estómago.

Benedicite,—dijo el cura bendiciendo los manjares.

Benedicite—repitieron los músicos á coro.

Hay momentos de placer que la pluma es impotente para describirlos.

ENRIQUE PÉREZ ESCRICH.

Madrid 21 de marzo de 1881

 

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