LA NIEVE

lanieve1

La Ilustración artística. 19 de marzo de 1882

LA NIEVE

Novela microscópica

Por Enrique Pérez Escrich

Donde empieza la narración.

Querido lector: voy á referirte una historia, que de seguro te pondrá los cabellos de punta, exceptuando en el respetable caso de que seas calvo; porque si eres calvo, retiro todas las alusiones que tengan pelos, y te recomiendo el aceite de bellotas.

Mi relato es triste como una lamentación de Jeremías, lacrimoso como las plañideras de Israel, interesante como la madre de los Macabeos, melancólico como las baladas alemanas y puro como la blanca nieve que corona la cima del Himalaya.

Yo he reunido en el fondo de mi tintero los materiales más preciosos que se necesitan para tejer la fábula de una de esas novelas, que en el caló de las exageraciones literarias se llaman perlitas; y os aseguro que, ó no entiendo una palabra de inflar perros ó la presente historia probará á las generaciones venideras, que el autor del Maestro de baile era un muchacho muy aprovechado.

Yo siento mucho alabarme, pero qué diantre, si se permite á un diputado ofrecer á sus electores la felicidad del distrito, y se consiente que luego solo se ocupe de la suya; justo es que á mí se me permita decir que mi novela es muy buena, porque después de todo, un elector puede sacar la cabeza rota y quedarse sin el estanco ofrecido; y mis lectores aunque vean defraudadas sus esperanzas, no sacarán de seguro ningún hueso magullado.

Voy, pues, á entrar de lleno en el asunto, exponiendo antes los materiales que poseo para el desarrollo de la presente fábula.

Cuento con el silencio religioso de los campos, con el imponente misterio de la noche, con la poética luz de la luna, cuyos rayos de plata se quiebran como madejas de hilado cristal entre las movibles copas de las encinas, con la purísima blancura de la nieve que cubre la tierra, con el aullido amedrentador de los famélicos lobos, con la apreciable colaboración de don Prudencio Re-la-mi-do, profesor de canto llano, festero de pueblo, tenor místico, cuya voz á pesar de sesenta años de gorgoritos si resonara bajo las anchurosas bóvedas del Vaticano causaría la delicia del Padre común de los fieles.

Cuento también, con el virginal apoyo de Angelita, nieta del profesor de música Re-la-mi-do, niña angelical de diez años de edad, tiple absoluta de la Compañía, que viste de muchacho para evitar la maledicencia proverbial de los pueblos; con Saturnino Corchea, violín que sabe arrancar á su instrumento todos los sonidos que arrullaron el sueño del patriarca Noé durante los días de navegación en el arca santa; con Pablo Sostenido, fagot de la fuerza de doscientos caballos, que levanta las baldosas de las aceras con los sonidos de su instrumento, y con Palmacio Semifusa, clarinete que siendo uno, suena como tres en las ocasiones solemnes.

Si con estos elementos y el ingenio que me ha concedido la naturaleza no escribo una novela llena de vida, de color, de interés, en fin una novela de esas á lo Jerónimo Paturot, les autorizo á ustedes para que me den la licencia absoluta en el feo vicio de escribir para entretener el ocio de los desocupados.

Se levanta el telón.

La luz de la tarde declinaba hacia occidente enviando á la tierra su adiós de despedida, mientras que por oriente las primeras sombras de la noche iban avanzando por un cielo plomizo, ansiosas de apoderarse del imperio de las tinieblas.

Había nevado mucho; las caprichosas quebraduras de los barrancos, las redondas marañas, las copudas encinas se veían festoneadas con ese vapor que se hiela y condensa en la atmósfera para ser después convertido en blancos copos sobre la tierra.

Las veredas, los caminos abiertos por el pie ó la piqueta del hombre, habían desaparecido bajo el blanco sudario. El panorama era triste, melancólico, hacía pensar en la muerte, porque el calor es la vida y el frío es la muerte y aquella tarde el frío era extremado.

Bordeando las faldas de un monte, con paso inseguro y medroso, como el que teme que se abra bajo sus pies la boca de un insondable precipicio, caminaban con la frente inclinada á la tierra y el pensamiento puesto en Dios cuatro hombres y un niño.

Los pobres caminantes á juzgar por el macilento aspecto de sus fisonomías, parecían hallarse envueltos en una aureola de profunda tristeza; era indudable que esa hermosa flor de la esperanza que vivifica el espíritu y fortalece el cuerpo les iba abandonando.

Sus abigarrados trajes, mezcla de caballero y mendigo, y unos objetos que ocultaban cuidadosamente debajo de sus abrigos, les daban un aspecto verdaderamente extraño.

El más viejo caminaba delante llevando de la mano al niño, cuyo rostro angelical y largos cabellos rubios, salpicados de copos de blanca nieve, le imprimían una expresión de infinita ternura.

Aquel infeliz niño debía tener mucho frió, á juzgar por el amoratado color de sus mejillas y los estremecimientos que de vez en cuando sufría su cuerpo mal abrigado, bajo los pliegues de una capa sin esclavina de raído y agujereado paño. Detrás del viejo y del niño caminaban tres hombres que, sin duda menos prácticos en el terreno que el anciano, que les servia de guía, iban buscando las huellas que dejaba en la nieve para apoyar en ellas los pies.

Estos viajeros eran unos pobres músicos mártires de la ritmopea, que iban á amenizar las fiestas del santo á un pueblo cercano, con los acordes de sus instrumentos y los melodiosos ecos de sus voces.

El jefe y director de esta desvalida caravana tendría unos sesenta años de edad; su semblante tímido, lleno de unción, su mirada dulce, sus venerables canas, le hacían simpático á primera vista. Llevaba un montecrísto gris que apenas le llegaba á las rodillas, una bufanda de estambre y un mugriento y raído sombrero de copa alta, cuyas alas se doblaban bajo el húmedo peso de la nieve.

Los demás vestían por el estilo, como visten esos pobres músicos de la murga, que viven muriendo, dando serenatas á domicilio y celebrando regocijos, fiestas y alegrías, de las que desgraciadamente no disfrutan nunca.

Resumiendo, nuestros ateridos caminantes, no eran otros que los que hace poco hemos designado con los nombres de don Prudencio Re-la-mi-do, su nieta Angelita, el violín Corchea, el fagot Sostenido y el clarinete Semifusa.

En los semblantes de nuestros infelices héroes se hallaban impresos todos los característicos síntomas del frío desconsolador que sentían sus cuerpos y los preludios del hambre que mortificaban sus estómagos.

Sin embargo, seguían en silencio y sin protestar á su maestro, con la resignación del mártir que ha hecho de antemano el sacrificio de su vida, resignación más sublime si se quiere, pues ninguno de ello tenía la esperanza de que le canonizara la Iglesia.

La noche mientras tanto avanzaba á pasos de gigante. El porvenir para los infelices festeros era desconsolador, pavoroso.

De vez en cuando, algún suspiro huyendo del infortunado cuerpo que lo encerraba, rompía el monótono silencio de la noche.

La niña que iba temblando cogida de la mano de su abuelo, cansada sin duda del mutismo de sus infortunados compañeros de viaje, preguntó con una voz de querubín muerto de frío:

—¿Falta mucho, abuelito, para llegar al pueblo?

—Hija mía, debe faltar poco,—contestó el anciano exhalando un suspiro que encerraba todo un poema de ternura,—pero sí te cansas te llevaré en brazos.

—No me canso, pero tengo frío.

El anciano se quitó la bufanda y la arrolló cuidadosamente por el cuello de la niña.

—Pero usted se queda desabrigado,—exclamó Angelita.

— Bah,—añadió don Prudencio haciendo un esfuerzo para sonreírse,—la noche es templada, yo no tengo frío.

Y al decir esto un estremecimiento involuntario agitó su cuerpo y dos lágrimas heladas cayeron de sus ojos, rodando por sus venerables mejillas.

—Señor don Prudencio,—dijo el fagot con una voz de trueno cuyo eco fué á perderse en las concavidades de los barrancos,—yo creo que usted ha equivocado el camino, y sí no encontramos pronto el pueblo, si nos vemos precisados á pasar la noche en la falda de esta montaña, yo le aseguro á usted que mañana en vez de ser músicos seremos sorbetes.

—Amigo don Pablo, siempre ha sido en usted la exageración una cualidad preferente,—contestó el anciano dejando asomar á sus labios la dulce sonrisa de la resignación.

—Pues mire usted, maestro—añadió el clarinete—no deja de tener razón el fagot.

—¡Razón! Razón y media digo yo que tiene, nos hemos extraviado, estamos perdidos, ni la bula de Meco nos salva,—exclamó tiritando el víolin.

Aquello empezaba á ser un principio de insurrección.

—Vamos, vamos, no hay que desanimarse—repuso tímidamente el maestro — Dios es bueno.

Dios no olvida nunca á los que ponen en él su confianza.

—Sí, confía en la Virgen y no corras,—repuso el fagot como hombre que ve en derredor suyo un porvenir negro como las alas de un cuervo.—Si usted no tenía seguridad de conducirnos al pueblo debió decirlo y entonces hubiéramos buscado un guía ó nos hubiésemos quedado á dormir en la venta.

—Pero, amigo Corchea cuando una nevada de esta naturaleza cae sobre la tierra, los hombres más prácticos se desorientan; pero sigamos adelante.

Dios querrá que encontremos el pueblo, no debe estar lejos; ánimo, amigos míos, bien sabe Dios que no por mí, sino por ustedes y esta pobre niña siento mi torpeza.

—Tengo frió, abuelito, pero mucho frío,—repitió la niña,—parece como que se me duermen las piernas.

—Ven, hija mía, ven; te llevaré en brazos abrigadita debajo de mi carrik. Cuando lleguemos al pueblo, mandaré que pongan mucha leña en la chimenea y verás qué gusto, qué placer tan inmenso causa el calentarse cuando uno tiene frío.

Y el pobre anciano que lloraba en silencio, sin lamentarse, no por el frío que entumecía su cuerpo, sino por el que sufría su adorada nieta, encorvó su cuerpo hacía la tierra para coger entre sus brazos á aquel pedazo de su alma.

—Eso no,—dijo el fagot sin dejar su entonación malhumorada—usted es muy viejo y va ya cansado, yo soy joven y fuerte, además tengo capa y puedo taparla con el embozo; ven, Angelita, ven, pobre niña; temprano empieza para tí el calvario de la vida.

Y el fagot cogió la niña y la rebujó debajo de su capa con cariñosa solicitud.

Angelita dejó caer su hermosa cabeza de serafín sobre el pecho protector de Pablo y se sonrió como el ángel que se dispone á dormir.

En los ojos del anciano, llenos de lágrimas, brilló una mirada de esas que el lenguaje de los hombres no tiene palabras con que describir; aquella mirada era el alma del pobre abuelito que asomaba á sus pupilas, demostrando toda la gratitud, toda la ternura que le inspiraba el protector de su nieta.

—Gracias, amigo Pablo, gracias,—murmuro el anciano con un acento que parecía un gemido,—la madre de esta niña intercederá por nosotros desde el ciclo.

Y don Prudencio beso respetuosamente la fimbria de la raída capa con que aquel compañero de infortunio procuraba abrigar el helado cuerpo de Angelita.

Los músicos continuaron marchando por su vía dolorosa.

De pronto llegó hasta sus oídos el eco de una lamentación larga, prolongada, quejumbrosa, y todos, como si obedecieran á una misma voluntad detuvieron el paso y se quedaron mirándose.

Hubo una pausa, una de esas pausas que oprimen el espíritu, porque ocultan con su enervador silencio un peligro que la razón no acierta á definir.

Por segunda vez escuchóse á lo lejos, pero en sentido opuesto, el mismo ¡ay! quejumbroso y luego otro, y otro, y otro, como si aquellas lamentaciones arrancaran pavorosos ecos á las concavidades de los barrancos.

Los infelices músicos se agruparon los unos á los otros, obedeciendo á ese espíritu de unión que se desarrolla en todos los seres vivientes cuando se creen amenazados de un gran peligro.

Los lamentos inexplicables continuaban interrumpiendo el imponente silencio de la noche, pero se oían más cerca, como si ganaran terreno, como si avanzaran, como si quisieran envolver en un círculo de gemidos el dolor de los pobres caminantes.

—Parece que se queja alguno,—dijo el violín.

—No es uno, son varios,—añadió el clarinete.

— ¿Qué podrá ser?—preguntó el fagot

—Amigos míos,—añadió el anciano elevando dolorosamente los ojos al cielo,—esas lamentaciones me anuncian algo más terrible que la noche, que la nieve, que el hambre. Son los lobos, los famélicos lobos que vienen por su presa.

lanieve2

—¡Los lobos!—exclamaron con espanto los infelices músicos.

—¡Los lobos!—repitió Angelita levantando su hermosa cabeza como si obedeciera á esa curiosidad peculiar de la infancia.—¡Los lobos! yo no los he visto nunca; ¿me harán daño, abuelito?

En este momento se vio aparecer en la cima de un monte la silueta de un lobo. Allí se detuvo, reconoció el terreno, levantó luego la cabeza moviéndola á derecha é izquierda, como sí venteara, y abriendo su repugnante boca formuló esta lamentación:

—Na..,ña…ña…ña…ah..,u…u…u…

Estas notas estridentes, amedrentadoras, que parecían producidas por el choque de dos planchas metálicas, se repitieron en varias direcciones; pavoroso concierto que heló la sangre de los pobres viajeros.

El lobo que se había presentado en la cima del monte era el lobo explorador, el más viejo de la manada, el que olfatea la presa á doble distancia que alcanza su penetrante mirada, en una palabra, el jefe, el rey absoluto, sólo que este rey, cuando llega el peligro, se queda á retaguardia y manda atacar á los súbditos jóvenes.

La presencia del carnívoro habitante de las breñas y de los bosques esparció el terror entre los infelices músicos, y Dios sólo sabe lo que hubiera sido de ellos, obedeciendo los perniciosos consejos del pánico que les impulsaba á la fuga, á no detenerlos don Prudencio con estas palabras:

—Amigos míos, la fuga es inútil, los lobos corren más que los hombres, y cuando se huye delante de ellos se enardece su ferocidad y la muerte es segura, pero una muerte espantosa, horrible; quietos aquí y valor; para defendernos de los enemigos que nos rodean contamos con armas poderosas; recordad los prodigios del arte divino de la música, recordad á Tomiris que deleitaba á las musas, á Terpandro que contenía con los acordes de su lira las sangrientas sediciones de Macedonia, á Empédocles que con las melodías de su instrumento arrancaba el arma de tas manos de los suicidas, y al divino Orfeo, al hijo inmortal de Apolo y de Caliope, aquel inolvidable autor de la cítara, que por oírle los árboles, las rocas dejaban sus puestos, los ríos detenían su curso, y las fieras se reunían en torno suyo, siguiéndole como mansos corderos. Así, pues, empuñad vuestros instrumentos, sólo Dios y la música pueden salvarnos en este trance aflictivo.

Angelita, hija de mi alma, canta con tu abuelito la plegaria de la Virgen que tantas veces hemos elevado al cielo en las rogativas de los pueblos, y ustedes, mis queridos compañeros, acompañen con la fe de verdaderos creyentes nuestro canto religioso.

Las órdenes del maestro fueron obedecidas. Los músicos desenfundaron sus instrumentos: el valor, la esperanza comenzaba á reanimar sus corazones.

Don Prudencio cogió á su nietecita en sus brazos, la besó con ternura, y con la misma gravedad que sí se hubiera hallado en el coro de una iglesia dirigiendo la parte musical de una fiesta religiosa, levantó la mano derecha á la altura de la frente, la extendió luego hacía adelante y dijo:

—Vida y compás. Una… dos… tres… ahora.

El violín, el clarinete y el fagot, enviaron sus notas al aire con una precisión que no habían podido conseguir nunca en su larga vida de mártires de la rítmopea.

El himno religioso, composición del maestro don Prudencio Re-la-mi-do, llenó los anchurosos ámbitos de aquel vasto teatro construido por la naturaleza, interrumpiendo el silencio majestuoso de la noche y mezclándose de un modo extraño con los aullidos aterradores de los lobos.

Mientras tanto elevándose al cielo por encima de las notas musicales y de los estridentes aullidos de las fieras, se oyeron las voces de Angelita y de su abuelo que cantaban la siguiente plegaria:

¡Oh, Virgen María!

¡oh, estrella ejemplar!

tú que endulzas la amarga agonía

del ser desvalido

que vaga perdido

por tierra y por mar,

vuelve, Madre, tus ojos de cielo

do anida el amor

y concede piadosa á mi duelo

tu amparo y favor.

En este momento asomó otro lobo en la cima de la montaña, y luego otro, y otro, y otro. Allí se reunieron muchos, más de veinte. Luego se agruparon, como si combinaran en silencio la manera de atacar la presa que sus fosforescentes ojos contemplaban con codicia.

Después comenzaron á descender pausadamente por la falda, formando una medía luna en dirección á los desvalidos músicos, que con los cabellos erizados y los cuerpos unidos espalda con espalda, veían con terror aquellas movibles ascuas de fuego que se iban acercando y acercando, mientras ellos esperaban resignados la muerte, entonando el himno á la Virgen, única esperanza que les quedaba en la tierra.

Continúa: La nieve (conclusión)

Anuncios

Un pensamiento en “LA NIEVE

  1. Pingback: La nieve (conclusión) | Contemporáneos de V.M. de la Tejera

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s