Narraciones americanas: Smith en Virginia.

Mapa de Virginia. Realizado por John Smith en 1612, este mapa muestra en su parte superior izquierda el interior de la cabaña del jefe indio Wahunsonacock.

La Ilustración Ibérica. 4 de diciembre de 1897

Narraciones americanas

Smith en Virginia.

La sed inextinguible de oro que produjeron los descubrimientos de América, el espíritu aventurero de la época, el incentivo de la conquista, el aguijón del negocio, el vértigo de lo desconocido que por analogía se miraba, no obstante, á través de lo inmenso, de lo admirable y lo fastuoso, todo fué parte á que allá por el año de 1609 se formasen en Inglaterra sociedades que fomentaran el establecimiento de nuevas colonias, y así sucedió con el poderoso estado que hoy se llama Virginia.

Un capitán animoso y experto se hizo á la mar en el día 19 del año citado, mandando un barco de cien toneladas y dos barcas, que llevaban á bordo unos 105 hombres, entre ellos personas de calidad unas y de excelente reputación como militares las otras.

Llamábase el capitán Newport é iba á bordo un hermano del conde de Northumberland, de tan alta alcurnia, así como también formaba en la expedición aquélla un hombre bajo todos conceptos extraordinario por su hermosa fisonomía moral, su energía á toda prueba, su valor indomable, su fe, su constancia, su aliento, su alma gigante y su corazón templado al fuego como el acero, como este dúctil y resistente; duro para oponerse al empuje, flexible para informarse en el sentimiento.

smith3Era Smith, el héroe de la leyenda y de la historia de los ingleses en América, el capitán de su patria en aquellas regiones al modo de los soldados de España que fueron á conquistar los países que descubriera Colón; fortaleza, espíritu grande, torrente en la lucha, temperancia en las situaciones ambiguas, cordura en el juicio, prudencia en el consejo y sagacidad en el mando.

Las condiciones éstas fueron sus principales enemigos, y el primer acto del consejo que acababa de llegar con Newport y que, arrojado como todos por una tormenta, arribaron á la bahía Chedapeak, desembarcando en James Town, fué proceder inmediatamente á la destitución de Smith, para verse luego obligados á nombrarle por voto unánime jefe absoluto, gobernador por merecimiento y prestigio propios, de la colonia que se deshacía por momentos.

La escasez, el hambre, la peste, cuantos azotes puedan asolar á un pueblo, otros tantos cayeron sobre los habitantes de Virginia, y ¿hacia dónde habían de volver la vista? El nombre de Smith, que, firme en medio de tanto desastre, iba de boca en boca, fué aclamado por todos.

El bizarro oficial inglés hizo frente á cuanto ponía en peligró la vida de la colonia. Fué el caudillo y el diplomático. Atendió á las necesidades más apremiantes procurándose víveres de los indios por dádivas ó á la fuerza, según lo estimaba oportuno.

El éxito coronaba su obra rayana en lo inverosímil, de regeneración y heroísmos.

Levantó el espíritu decaído de los colonos y con ellos fué á la pelea, á la peregrinación y al triunfo las más de las veces.

Los almacenes se llenaron de provisiones, de confianza las almas y de satisfacción el pecho de quien había realizado con su pericia y su denuedo tan grandes milagros.

La fama de Smith llegó á todas partes. Le temían ó le veneraban los indios, y una princesa de la raza más poderosa, en aquellas tierras, quedó prendada del relato de sus hazañas y el término feliz casi siempre de sus gestiones. No cabía duda que se hermanaban, en aquel hombre el valor de un lado y la magia de un tacto por otro que subyugaba todo á su antojo.

Por el relato que en cuanto á la parte física de aquel europeo le habían hecho á la hija de Powatan, se había enamorado de su figura.

La estrella de Smith, después de lucir en medio de aquellas sombras que oscurecían de continuo la vida de los colonos, se eclipsó de improviso. Las armas le fueron contrarias. Las de sus enemigos semejábanse á rayos fulminados contra los hijos de la rubia Albión.

A pesar de todo su empuje y de haber batido hasta entonces fuerzas en mayor número siempre, Smith y su gente se veían ya obligados, defendiéndose como fieras, á pelear muchas veces en retirada, y en una de ellas el destino fatal dispuso la entrega del caudillo británico sin que éste pudiera valerse. Cayó en un pantano hundiéndose en él hasta el cuello.

Como el tigre que contempla ya entre sus garras su codiciada presa, los indios lanzaron aullidos feroces.

Smith sabía que no perdonaban á ningún prisionero y muchísimo menos á él.

Como quiera que llevase la brújula, de la que nunca se separaba, intentó, haciendo un esfuerzo, explicar lo más fantásticamente posible la aplicación de la aguja magnética, consiguiendo despertar de tal modo el interés de aquellos salvajes, que una parte de ellos se iba predisponiendo en favor del jefe de la Virginia; pero no le valieron sus buenos discursos ni la marcada estupefacción que sus palabras causaban, y fué llevado á presencia de Powatán, el soberano indio de más prestigios que por aquellos alrededores había, y quien dispuso inmediatamente la muerte del extranjero.

Disponíase el escogido como verdugo á cumplir su misión, y cuando con saña y arranque salvajes iba ya á descargar su tremendo golpe sobre el inglés, una mujer interesante, tendido el cabello, arrasados los ojos en lágrimas, de cara tostada por los rayos del sol, de mirada imperiosa, suplicante, hermosísima y viva á un tiempo, de labios incitantes y formas que envidiaría seguramente para modelo un artista, se interpuso entre Smith y el que iba á matarle, implorando para él el perdón, que Powatan, en vista de aquellos extremos, hubo, al fin, de otorgarle.

smith1Pocahintas, que así se llamaba su intercesora, contaría apenas diez y ocho años. La llama de un fanático amor, despertado súbitamente en el corazón de la joven, resplandecía de manera brillante en sus ojos rasgados y negros, y su acento, suave como las brisas de su patria, pudo seguir conmoviendo el pecho duro de su padre hasta el punto de obtener, además de la vida, la libertad de aquel prisionero.

Una vez que le fué concedido todo, le dijo á Smith:

—Esforzado extranjero, te iban á arrebatar la existencia, y, de no ser así, la libertad cuando menos. Vive y se libre como esas aves tan hermosas que cruzan los espacios de un lado á otro. Entrega tu vida y tu libertad á quien quieras. Yo no puedo hacer otro tanto sin tu permiso, porque desde este momento para ti solamente vivo, siendo la esclava de la pasión que has llegado á inspirarme.

—Si no me debiese á los míos,—repuso Smith,—no me separaría de ti nada ni nadie; de ti, en quien he bendecido la piedad y el amor.

Si una sola palabra más se hubiera cruzado entre ambos, Powatán hubiese ordenado de nuevo que mataran á Smith.

Pocahintas pudo así comprenderlo en las miradas irascibles é inquietas del jefe indio, quien, rehecho de la primera impresión, no hubiese

hecho caso de las súplicas de su hija.

No había un momento que perder, y ella fué la primera en incitarle á que se marchase en el acto y aun á desvanecer aquellas manifestaciones de afecto que no había tenido fuerzas bastantes para callarse.

—Me parece muy justo,—repuso,—y no debes tardar en unirte á los tuyos. Los indios perdonamos y queremos tan fácilmente como matamos, y hasta por un instante he podido creer que te amaba cuando yo también me debo á los míos.

Y esto diciendo clavó la vista con ardimiento extraordinario en los ojos de Smith, como para decirle que no era cierto aquello que por prudencia únicamente manifestaba.

En la cara de Powatán se había operado una visible transformación, inundándosele de gozo.

El no se había fijado en la amante mirada de Pocahintas, sino en las palabras de ésta, que le habían devuelto la calma, y quiso festejar su alegría colmando de presentes al extranjero, que, haciendo protestas de amistad y agradecimiento, tomó el camino de la colonia, á donde por poco sucumbe luego.

Smith no dejaba de recibir provisiones y tiernos saludos de Pocahintas, quien se valía para todo esto de un indio fiel.

Al capitán le era imposible entregarse á ningún extremo de amor. La crítica situación de su gente, que iba gastando las últimas provisiones, le absorbía por completo.

Un accidente que pudo costarle la vida decidió de su marcha á Inglaterra. Una explosión de pólvora le produjo quemaduras horribles y varias mutilaciones, de las que hubiera muerto por falta de asistencia, permaneciendo allí por más tiempo.

Coincidió esto con el nombramiento que desde Londres se hizo, invistiendo del alto cargo de Capitán General y Gobernador de Virginia á Lord Delaware, organizándose una expedición que pudiéramos llamar de vanguardia, compuesta de nueve embarcaciones, en las que, al frente de 500 colonos, iban como teniente general Gates y como almirante Summers.

Smith se hizo á la mar hacia Europa.

Cuando Pocahintas supo la nueva de la partida, logró fugarse, y voló en busca del oficial inglés; pero ya era tarde.

Al llegar á la playa, apenas pudo percibir el buque, que lejos, muy lejos, se iba perdiendo de vista en el horizonte.

El dolor de la pobre india no tuvo límites.

Devoró con los ojos aquella embarcación malhadada, que se llevaba á su bordo con el exgobernador de Virginia el aliento de su existencia, la suprema dicha de su deseo, el ensueño de su fantasía americana, el hombre idealizado por ella, el ídolo de la única religión que tenía, y al no distinguir, velada por las brumas del mar y la espesa cortina de la distancia, el barco que conducía al capitán Smith, sintiendo el vértigo de una indefinible locura, salvó el espacio que limitaba la tierra del agua y se arrojó al mar, exclamando con delirante acento:

—¡Espera: allá voy! ¡Elemento por donde va la nave que de mí le separa, llévame hasta él si puedes, ó refresca, si no tienes empuje para transportarme á su lado, estos ojos y estas mejillas que me están abrasando, caldeadas por este llanto que me ahoga mucho más que tus aguas!

smith4

Smith

Octubre, 1897

P. SAÑUDO AUTRAN

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