Un cobarde

 

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Semana cómica. 10 de enero de 1889.

Un cobarde

Nunca se debiera llamar cobarde á un hombre, porque no se sabe con exactitud en qué consiste la cobardía y siempre se desconocen las causas múltiples y complejas que la determinaron. Sin tener en cuenta los temperamentos, que hacen que un hombre que tiene sangre más ó menos viva pierda la paciencia al menor insulto ó lo guarde para vengarse más tarde á sus anchas, hay mil circunstancias de tiempo, medio, edad, educación, que se necesitaría tener en cuenta antes de emitir un fallo. Además, el valor varía tanto como las ocasiones en que se produce. Se han visto hombres animosos ante un peligro físico, temblar y llorar como mujeres ante un peligro moral. Hombres que arrastran sable, nutridos con pólvora, cubiertos de gloriosas heridas, han cobrado miedo en las luchas de la conciencia. Algunos poltrones han llevado á cabo actos de heroísmo. Por el contrario, hay héroes que tienen un miedo infantil al gato de un dentista. Mujercillas que se sienten mal viendo desangrarse un pollo, curan amputados y, dan á luz sin lanzar el menor grito. Hay desgraciados que apelan al envenenamiento por el fósforo antes que dispararse un tiro en una sien; y esos tímidos á quienes aterra el frío del acero, pasan tres días en una agonía atroz que no les arranca una sola queja.

Voy á contaros el fin de un cobarde.

Cuando llegamos al fondo del valle á donde me condujo, el pobre diablo tomó mis dos manos y se echó á llorar.

Yo conocía perfectamente los motivos de su tristeza y me prestaba con frecuencia á los esparcimientos de su dolor. Más de una vez me había contado las miserias de su infancia y me eran conocidos los tormentos de su vida presente. Era hijo natural de una comedianta y un judío que había muerto en la cárcel.

Su madre lo había hecho rodar con su equipaje por todos los teatros de provincias y del extranjero, donde la habían lanzado los azares de la fortuna. Había comido en su compañía el pan de la prostituci6n, bebido el champagne de las cenas y, servido de juguete á los amantes. Desde que tuvo uso de razón hasta los diez y seis años, había cambiado de papá con la frecuencia que su madre de vestidos, y ésta mudaba varias veces al día. Una hermosa mañana la madre había desfilado sin avisarle; dejándolo solo y sin recursos, en un rincón de la América del Sur. No la volvió á encontrar, y había salido de su aprieto como había podido, es decir, mal. Había vuelto, sin embargo, á París, patria de los cesantes y desesperados; pero no había conseguido ganarse la vida en esta ciudad. Había vivido al azar, ayudado por éste, alojado por aquel y alimentado por todo el mundo, porque era conocido en esa familia de bohemios que viven al aire libre y con el corazón en la mano.

Mal educado, acostumbrado á un lujo de contrabando y á la pereza, no conociendo además ningún oficio, y habiendo recibido una instrucción insuficiente y sin método alguno, era incapaz de hacer nada con sus diez dedos. Un año y otro transcurrieron en esta vida perezosa. Se dejaba arrastrar á la inercia. De cuando en cuando era presa de un acceso de vergüenza, y dignidad. Entonces encontraba resoluciones; se decidía á trabajar. Pero todo esto se deshacía en un diluvio de lágrimas inútiles. Como á pesar de todo era un buen chico, encantador, bizarro y más digno de lástima que de vituperio, yo le profesaba una sincera amistad y era casi siempre su confidente en esas crisis que empezaban por arrebatos y terminaban en lloriqueos.

Pero nunca le había visto tan profundamente entristecido, tan lúgubremente desconsolado como el día en que me condujo al fondo de aquel valle escondido. Ese día, no eran lágrimas de niño las que humedecían sus mejillas; eran sollozos de hombre que sacudían su pecho.

Pude calmarle un poco con algunas suaves palabras. Pero con gran asombro mío, no se dejó adormecer por los consuelos como de ordinario. Interrumpió bruscamente mis cariñosos mimos, mirándome á la cara con tranquila resolución.

—Ya que me demostráis algún cariño, me dijo, ¿haríais por mi algo que acabase con todos mis males?

—Si; haré cuanto pueda.

—Pues bien si sentís algún afecto hacia mí podéis probármelo haciéndome un favor que constituirá la mayor alegría de mi vida.

—¿De qué se trata? le pregunté con curiosidad.

—Es preciso que me ayudéis á morir.

—¡A morir! ¿Estáis loco?

Comencé á creer que estaba loco, en efecto, y no comprendía á donde iba á parar tomado esto cómo una farsa, si su su gesto deliberado y su voz firme no me hubiesen convencido de su seriedad. No era su proposición una dé esas frases que se lanzan sin reflexionar en los momentos de sufrimiento. Era una proposición fría, que me causó miedo.

—Permitidme que os explique, continuó él, cual es mi intención y cuales las causas que la motivan. Permitid que os pruebe que no estoy loco. No os relataré una vez más mi singular existencia. Conocéis todos sus tristes y vergonzosos detalles; sabéis, además, cómo vivo hoy. Conozco de antemano las excusas que vuestra bondad va á buscar para estorbar mi propósito; pero no puedo aceptarlas. Tengo la conciencia de vivir en este momento como un hombre indecente. Mientras que he sido niño, he podido justificar mi ociosidad y no avergonzarme de mi parasitismo.

Hoy veo que mi conducta es indecorosa; y, lo que es más atroz aun, siento que carezco de fuerza de voluntad suficiente para adoptar otra. No me interrumpáis, os lo suplico. Vais sin duda á decirme que no es culpa mía, que mi

deplorable educación es la causa de todo, y que todavía puedo enmendarme. No, amigo mío, no puedo. Me conozco á fondo y se hasta donde puede llegar. mi honradez. Si continúo viviendo, llegaré á ser un canalla. No en vano corre por mis venas la sangre de un pícaro y una cortesana. Fatalmente debo caer por espíritu de raza. El único remedio para impedirlo es la muerte. Además, amigo mío, tengo otras razones más irrefutables que aducir. Amo profunda y tiernamente á una joven. He aquí un medio de rehabilitación, pensareis quizás. Pertenecéis al número de los que creen en las rehabilitaciones por el amor. Pues bien, esta puerta está también cerrada para mí. Yo no puedo conseguir que esa joven corresponda á mi amor. Ella es pura, rica y adorada, y no por un bohemio, por un pisaverde, por un bastardo. Y aún cuando pudiera conseguir su amor, no

haría sino pasar de una situación penosa á otra más dolorosa aún. ¿Me comprendéis? Es preciso que os lo diga todo, porque sois en cierto modo mi confesor. La sangre de mis padres no me ha transmitido únicamente el mal moral; sino que me ha inficionado un mal físico. Y desórdenes precoces lo han hecho florecer en mi pobre cuerpo. ¿Comprendéis ahora? No me he curado. He dejado que las cosas sigan su curso. Dentro de algunos años, ó meses quizás, seré presa de las últimas mordeduras del monstruo. Mis cabellos, mis dientes, mi carne desaparecerán. Es muy tarde ya para luchar. ¡Cuando os decía que no puede ser uno impunemente el producto de dos podredumbres! ¿Os convencéis al fin, querido amigo? ¿Veis como permanezco en calma, sin exaltarme, como razono fríamente y peso fríamente los motivos todos de mi determinación? Con toda franqueza, respondedme, como si respondiérais á vos mismo. ¿No es cierto que no tengo razón para vivir y que en cambio mil razones abonan mi muerte? Confesad, pues, con sinceridad, que no puedo salir honrosamente de este callejón cerrado sino por el suicidio. ¡Tened el valor de ser un verdadero amigo!

—A fé mía, contesté, conmovido por su acento y sus palabras, yo no sabía todo esto. ¡Pobre, pobre muchacho! Evidentemente, vale más morir.

—¿Entonces, no habrá inconveniente en que me prestéis el servicio que os he suplicado?

Y dijo esto con un acento tan lleno de alegría, que me hizo experimentar una sensación de frío á lo largo de la espina dorsal. Yo había respondido á sus instancias, á su lógico razonamiento; pero había respondido casi en voz baja, sin pensar en las consecuencias de mi aprobaci6n. Ahora, en cambio, sentía un gran pesar en haber dado mi aquiescencia. El lo advirtió.

—!Oh! exclamó, ¿seréis acaso cobarde como yo?

—¿Por qué he de ser cobarde? ¿Y por qué como vos? Palabra de honor, que no os comprendo.

—!Como! ¿No habéis comprendido aún lo que yo quiero? Acabando de deciros que soy cobarde, ya debéis comprender qué favor os pido. Si, yo se que la muerte es mi único recurso; se que no puedo, que no debo vivir más; se que es necesario desaparecer de la escena de la vida. Pero no me atrevo; soy cobarde, os digo, soy un miserable cobarde.

—¿Y bien….? balbuceaba yo temblando, porque empezaba á entrever la abominable verdad.

—!Y bien! dijo con voz vibrante, es preciso que vos me suicidéis.

Y me tendió un revólver.

Retrocedí horrorizado al ver el crimen que me proponía.

Entonces se me acercó, me rogó, me suplicó.

Lo había previsto todo; llevaba consigo una carta en la que manifestaba el suicidio; que nadie tenía que molestarme para nada; que el valle estaba completamente desierto, que yo debía apiadarme de él; que yo era el único amigo que él había encontrado en su camino y le rehusaba el único favor que me había pedido; que iba á convertirse en un pícaro, en un perdido, y yo sólo tendría la culpa; que él cifraba toda su felicidad en la muerte, que yo debía darle la muerte como una limosna; que era una buena acción la que yo iba hacer..

Y su acento era profundo, conmovedor. Poco á poco se apoderaba de mi su locura. Defendiéndome con argumentos cada vez más débiles, escuchaba los suyos y los aprobaba, persuadiéndome poco á poco de la razón que le asistía El, viendo que me inclinaba á su favor, redoblaba sus súplicas. Había en su voz caricias, ruegos irresistibles, algo de la mujer que enloquece.

—¿Accedes, por último, no es cierto?—me dijo al fin en voz baja y al oído.

Y puso el revó1ver en mis manos.

El cañón del arma se dirigía en línea recta hacia su boca. Yo estaba fuera de mí. Entonces él lanzó un grito de niño. Cerré los ojos, oprimí el gatillo y le destrocé el cráneo.

JUAN RICHEPIN.

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