El amor y las perdices

decaza

 

La ilustración artística. Barcelona. 29 de enero de 1894.

 

El amor y las chochas

(HISTORIA DE UN CAZADOR SENTIMENTAL)

Palmacio era de mediana estatura, rostro bonachón, ojos pardos, boca pequeña, color sano, cabellos castaños: en fin, un hombre de esos que mirados frente á frente suele decirse de ellos: Pchs…, regular…, regular.

Debemos decir en honor de la verdad que Palmacio no tenía pretensiones de buen mozo, era un hombre honesto y sencillo que desde la edad de los diez y nueve á los veintiséis sólo dos ó tres veces el amor le había hecho cosquillas en el corazón.

Verdaderamente no había sentido ninguna de esas pasiones fogosas y violentas de la juventud que dan por resultado un Otelo, un Romeo ó un Diego Marcilla.

La idea del matrimonio jamás había cruzado por su cerebro: lo que le dominaba, su pasión favorita, su chifladura, era la escopeta.

Como era rico y sin familia, al terminar una cacería emprendía otra, viviendo feliz, sin que el amor, la política y los negocios le quitaran el sueño.

Palmacio tenía un amigo inseparable, verdadero cazador impenitente que aborrecía á las mujeres por las malas pasadas que le habían hecho.

Siempre que Palmacio, en los sitios concurridos, se detenía para mirar á alguna muchacha, su amigo le decía:

No mires á la hija, sino á la madre; y piensa con horror que la que hoy encuentras encantadora, dentro de veinte años será una tarasca insoportable, como la mamá que le dio el ser.

Una mañana del mes de mayo Palmacio se paseaba por el Retiro, pensando en las codornices. «¿Dónde las cazaré este año?, se decía. Tengo cuatro sitios predilectos, la vega de Romanones, los campos de Sigüenza, Navalperal de Pinares y la Sierra de Guadarrama.»

Palmacio se detuvo en sus meditaciones. Un ruiseñor comenzó á cantar en la espesura inmediata; su privilegiada garganta enviaba al viento un raudal de armoniosas notas dedicadas al nido y al amor, es decir, á su hembra y á su futura familia.

Palmacio, embriagado, las ventanas de la nariz dilatadas y la boca abierta como si sintiera caer sobre él una lluvia de perlas, dirigió en derredor suyo una mirada y… ¡oh, virgen de la O!… Allí, á ocho pasos del sitio donde se hallaba, sentadas en un banco, vio á una señora respetable y á una joven de diez y ocho abriles, que embelesadas como él, escuchaban al vagabundo cantor de los bosques.

Palmacio sintió algo tumultuoso en su corazón. ¿Qué era aquello que jamas había sentido?.. Indudablemente el amor, que llamaba de prisa, como el que se ha retardado en las virginales puertas del santuario de su alma.

Los ojos de Palmacio se fijaron en la joven… ¡Pero qué joven!.. Era de una sola pieza… Daba el opio. Su tímida mirada se cruzó con la mirada de Palmacio, y éste sintió en lo más hondo de su pecho un cosquilleo, mezcla de inquietud y de placer.

La muchacha era rubia como un San Juanito de cera; sobre su casta frente caían como el velo pudoroso de la castidad unos homeopáticos ricitos que agitaba dulcemente el céfiro matinal; su cara era de querubín; sus mejillas parecían formadas con hojas de adelfa y copos de nieve; su boca un piñoncito; su barba tenía una hendedura en el centro verdaderamente provocativa: sus labios, encendidos, como el terebinto de Tudea, se sonreían formando en sus extremos dos hoyuelos encantadores; sus orejas eran tan pequeñitas como si se las mirara por los cristales grandes de unos gemelos de teatro, eran dos fresas sonrosadas y transparentes; y por último, llevaba un sombrerito, en forma de pico de pato, irresistible.

Palmacio, ante aquella preciosidad femenina, ante aquel prrodigio de perfecciones arrebatadoras, sintió un mareo, y por no caerse se arrimó á un árbol: era un alcornoque.

II

Nada tan elocuente como el lenguaje de los ojos, corriente eléctrica que penetra en el alma, transformándonos por completo.

Palmacio y la encantadora joven se lo dijeron todo con las miradas. La mamá se decía también para su capote:

«¿Quién será este muchacho?.., Parece persona decente…¡Ay, si fuera rico!..»

Por fin la mamá y la niña abandonaron el banco y al ruiseñor, encaminándose hacia Madrid.

Palmacio las siguió á prudente distancia.

La joven, de vez en cuando, con monísima coquetería, volvía la cabeza, y entonces Palmacio sentía que el pico de pato del sombrerito le escarabajeaba en el pecho, como si estuviera vivo y buscara algunos granitos de arroz.

Pero ¡ay! aquel pico no buscaba arroz, sino un corazón.

La mamá, con el rabillo del ojo, atisbaba todas estas evoluciones, preguntándole á su hija por lo bajo:

¿Sigue…, sigue?

Pues ya lo creo, como un corderillo.

Con tal de que sea un joven decente y nos saque de penas…, añadió la mamá suspirando.

¿Quién sabe? Se dan casos.

Anda, vuelve la cabeza otra vez no se vaya.

Así llegaron hasta la calle de Bordadores. Palmacio había tropezado más de cincuenta veces con los transeúntes; una chula le había dado un puñetazo en la espalda, pero Palmacio no se había advertido de nada: seguía al sol, y seguía deslumbrado.

La mamá y la niña entraron en un portal. Palmacio se puso á pasear por la acera de enfrente; al poco rato la joven salió al balcón: era un piso cuarto con entresuelo, pero el amor no repara en alturas, lo escala todo: el Chimborazo, el Mont-Blanch, el Himalaya, son granitos de arena ante su paso.

Palmacio, mirando al cielo con la beatitud de los mártires, vio que su hermosa desconocida tiraba un papelillo á la calle; corrió á cogerlo en el aire, temeroso de que la pureza de aquel mensajero se manchara con el impuro lodo de la tierra; de pronto tropezó, cayendo de bruces en la carretilla de un barrendero; se levantó impávido, despreciando las risas de algunos estúpidos transeúntes; cogió el papel, y leyó para sí; «Joven, tenga usted confianza en la portera.»

Palmacio besó el papel, levantó los ojos al cielo, pero el sombrerito de pico de pato se había retirado del balcón.

Regresó á su casa, llevándose en el alma esa hermosa flor de la esperanza que lo perfuma todo, y después de una noche de insomnio y de veinte plieguecillos de papel echados á perder, al despuntar la rosada aurora terminó una epístola amatoria á satisfacción suya. Véase la muestra:

«Señorita: dentro de mi cráneo, en las concavidades de mi sensible pecho, en los más tiernos rinconcitos de mi corazón resuena siempre el armonioso canto del ruiseñor.

»Para verla á usted no necesito más que cerrar los ojos; al mirarme al espejo no me veo yo, pero la veo á usted, porque usted para mí está en todas partes, porque usted me absorbe como el mar á los ríos, como el sol á las gotas de rocío que la noche deposita sobre las temblorosas hojas.

»Tengo veintiséis años de edad, soy soltero, de carácter dulce, de naturaleza robusta, me han vacunado tres veces y poseo una casa en Madrid.

»¡La amo a usted con toda mi alma!.. ¿Qué debo esperar?.-Palmacio.

»Postdata. -Me había olvidado decir á usted que no tengo familia, soy solo en el mundo.»

Palmacio, satisfecho de su obra, corrió á la calle de Bordadores, vio á la portera y le entregó la epístola y un duro.

¡Cinco pesetas! ¡Ah! Todos los colores del prisma manejados por el pincel de Velázquez no podrían trasladar al lienzo la amable, la cariñosa sonrisa de la portera al ver en su arrugada mano la codiciada y clásica moneda de los españoles, el duro.

Aquella misma tarde Palmacio recibió la contestación siguiente:

«Caballero: su carta de usted ha conmovido de un modo inefable todo mi ser ¡Qué posdata.!… ¡Sin familia…, solo en el mundo! Que grito de dolor que exhala el alma de un huérfano ha hecho latir mi sensible corazón.

»Mi madre, á quien he leído la carta, porque yo, como buena hija, no le oculto nada, ha llorado como una Magdalena. Por sus venerables mejillas rodaban las lágrimas como perlas perfumadas por la ternura.

»Puede usted pedir mi mano. Será usted bien recibido. El rubor no me permite ser más extensa.

»Posdata. –Como desde hoy no quiero tener secretos para usted, debo decirle que tenemos en casa un huésped, tenor italiano, contratado por D. Felipe

Ducazcal para que cante este verano en el teatro de los Jardines. Si á usted le molesta el tenor, mi mamá está resuelta á despedirle.»

Palmacio besó tantas veces la carta que le faltó muy poquito para comérsela.

Al día siguiente se presentó en casa de su amada, acompañado de un tendero de ultramarinos, como hombre bueno de su persona, y pidió en debida forma la mano de Obdulia, recibiendo el consentimiento de doña Angustias.

Al despedirse, al darle la mano á Obdulia, sintió que le hacía unas cosquillitas con el dedo meñique. Aquel signo, casi masónico, era un medio delicadísimo para decirle; «Palmacio, te amo,» y fué tal su emoción, que por poco se cae desmayado.

El tenor italiano no estaba en casa; pero ¿qué le importaban á Palmacio todos los tenores habidos y por haber?.. Obdulia era suya, tan suya como la ropa negra que había estrenado aquel día para pedir su mano.

III

Así comenzó la historia de los amores de Palmacío y Obdulia. ¿Cómo describir sin empequeñecerlos sus amorosos diálogos, sus elocuentes miradas?.. ¡Qué ojos los de Obdulia!.. ¡Qué suspiros los de Palmacio!

La mamá, ¡oh!, la mamá era una señora buena, dulce, tolerante… ¡Tenía un sueño tan oportuno! Era tan poco exigente, que se contentaba al regresar de los paseos nocturnos con un biftec con muchas patatas y una ración de cabello de ángel.

Palmacio se juzgaba verdaderamente feliz, todo lo feliz que puede ser un hombre sobre este globo terráqueo; sólo una nube empañaba el hermoso sol de su felicidad, esa nube era su amigo Silvestre.

Las dulcísimas miradas de Obdulia iban poco á poco enfriando la sangre cazadora en las venas del enamorado Palmacio.

Durante el mes de agosto sólo hizo dos expediciones codorníceras.

Silvestre ignoraba los amores de Palmacio; su conducta le parecía extraña. ¿Pero cómo era posible que Palmacio dejara las deliciosas noches pasadas en los Jardines del Retiro oyendo la voz de ángel del tenor de verano Piticci, de quien se había hecho buen amigo?

¡Qué buena persona era el tenor Piticci! Sus rubias melenas caían sobre los hombros llenando de grasa el levisac; sus ojos eran azules como el cielo de Italia, y además era huérfano también, así es que llegaron á formar una sola familia Obdulia, doña Angustias, Piticci y Palmacio.

¡Cuántos riñones al Jerez, cuántos chocolates con mojicón, cuántos mantecados le costaron al sensible Palmacio aquellos seres queridos que la Providencia había colocado ante su paso.

Mientras tanto, la mamá aprovechaba todas las ocasiones para hablarle á Palmacio del casamiento, y Palmacio, que era todo un caballero, comprendió que era preciso cumplir su palabra, encargando á un agente que corriera todas las diligencias para tan grave acto.

Piticci, como era un tenor de la clase de coristas distinguidos, al concluirse la ópera de verano en el teatro de los Jardines, quedó excedente en la escala musical, pero tenía aspiraciones á entrar de partiquino en el Real.

Resolvió Palmacio casarse el 24 de noviembre, día de San Crisógono, mártir, santo modesto y perseguido por el feroz Diocleciano. Este santo viene generalmente acompañado de grandes entradas de chochas, mucha nieve y tiempo revuelto.

Todo estaba dispuesto. Sólo se esperaba á San Crisógono para que un cura les leyera la famosa epístola de San Pablo.

Una mañana Silvestre entró en la alcoba de Palmacio como un ciclón. Venía pálido, ceñudo, amenazador. Palmacio se incorporó en la cama estremeciéndose. Silvestre le daba miedo porque le temblaba la barba y se le dilataban las ventanas de la nariz; estaba espantoso, tenía algo del ángel exterminador.

¡Desgraciado!, exclamó. ¡Lo se todo! Pero llego á tiempo para salvarte. Ese amor que te domina te volverá más estúpido de lo que eres, aunque á ti te parezca imposible; pero aún vive Calleja, es decir, aún vivo yo, para librarte de que te absorba el abismo que se halla abierto á tus pies.

Palmacio se dejó caer sobre las almohadas y se tapó con la colcha para librarse del chaparrón que le amenazaba.

¿Conque dentro de cuatro días piensas casarte?, añadió Silvestre, moviendo la cabeza de abajo arriba y de arriba abajo. ¿Sabes tú lo que son las mujeres?.. Pues escucha y tiembla. Las mujeres han llenado de sangre y de lágrimas el universo; para ser feliz es preciso vivir ochocientas mil leguas distante de todo lo que huela á faldas, polisón y miriñaque. La mujer, según San Bernardo, tiene el diablo en el cuerpo. Tulia, hija de la reina Tenechil, despedazó á su padre y comió luego de su carne. ¿Qué puede esperarse de un sexo que lo da todo menos la felicidad, según Milton, y que lo mejor de él no vale nada, según Henode? Las mujeres de Cartago enervaron el valor de los soldados de Aníbal, por Elena se desplomó Grecia y se arruinó Troya, la primera que mintió en el mundo fué una mujer. Las mujeres, según San Agustín, son el fomento del pecado, y según Orígenes, el instrumento del diablo. San Juan Crisóstomo asegura con la honrada fe de su palabra que las mujeres son los enemigos de la amistad, las tentaciones naturales, las calamidades deseables, los males necesarios, los peligros domésticos. Y por último, infeliz criatura, recuerda la historia de Timur, gran tamerlán de Persia, que abandonó su reino y sus intereses por seguir á la bailarina Samaracanda, la mujer más disoluta que de madres ha nacido.

Al terminar Silvestre su filípica, Palmacio lloraba de un modo jeremíaco; aquellas palabras resonaban en su cráneo como las tempestades del ángel del Apocalipsis. Su cuerpo se hallaba inundado de sudor, sus fauces estaban secas como las de un calenturiento.

Después del horrible cuadro histórico que he presentado ante tus ojos, añadió Silvestre, sacando una carta del bolsillo, escucha: es del guarda de Espinosa. Regocíjate, mortal.

Y Silvestre leyó con dramática entonación lo siguiente:

«¡Gran entrada de chochas! ¡Nunca se ha visto cosa igual! ¡Ayer maté veintisiete! ¡Esto es una gloria de Dios! ¡Vengan ustedes sin perder una hora! –

Gerhieldo.»

Y Silvestre, extendiendo las manos sobre su amigo, exclamó con paternal acento:

Palmacio, si tienes sangre cazadora en las venas, levántate y sígueme. Las chochas nos esperan, la honra de tu escopeta lo reclama, deja de ser imbécil

y vuelve á ser hombre, porque el amor no es otra cosa que un pelo que perturba la inteligencia hasta el punto de embrutecernos.

Palmacio se levantó como impulsado por una corriente eléctrica, se vistió de cazador, cogió su maletín, la escopeta, cartuchos, algún dinero, y una hora después salía con su amigo Silvestre en el tren mixto de Zaragoza.

IV

La expedición chochera duró treinta días. Silvestre se había propuesto salvar á su amigo de los peligros del matrimonio. De un monte le llevó á otro. No recordaban ningún año más abundante de chochas; aquello era una delicia. Por todas partes brotaban esas sabrosísimas emigradoras tan perseguidas y codiciadas por los aficionados á la escopeta. Nuestros dos cazadores lo olvidaron todo, pero por fin regresaron á Madrid.

Palmacio, al verse solo en su casa, volvió á recordar á su encantadora Obdulia y su sombrerito de pico de pato. Pero ¿con qué cara iba á presentarse ante su adorado tormento, y sobre todo ante su futura suegra, la respetable doña Angustias?

El caso era grave y sólo de pensarlo se le puso la carne de gallina.

Esperó la noche, se embozó en su capa y se dirigió conmovido á la calle de Bordadores, diciéndose para su capote: «veré antes á la portera.»’

Y en efecto, la portera estaba haciendo media en su cuchitril. Al ver á Palmacio exhaló un grito.

Aquel grito estremeció todo el ser de Palmacio y se dijo por lo bajo: «No hay duda; la sensible Obdulia se ha muerto de pena, y mientras viva tendré una

espina en el alma.»

Y levantando la voz añadió;

¿Qué ocurre?

De buena se ha librado usted, señorito, contestó la portera. ¿No sabe usted lo que pasa?

—No, señora; pero usted me lo dirá.

Pues ya lo creo. La señorita Obdulia se ha fugado con el tenor Piticci y creo que se han ido á Cuenca á cantar óperas.

Palmacio retrocedió un paso, se llevó una mano y otra á la boca del estómago, murmurando con desfallecido acento:

¡Fugado!.. ¡Operas!.. ¡Piticci!.. ¡Cuenca!.. ¡Oh, Dios mío!.. Pero ¿y doña Angustias?, ¿y la mamá?

Calle usted, por Dios, señorito; si doña Angustias no ha sido madre nunca, era una mamá de pega, alquilada… Vaya, le doy á usted la enhorabuena, porque le aseguro que la señorita Obdulia era de oro.

Con aquel pico de pato, con los ricitos rubios…

Con el pato y todo, añadió la portera haciendo un mohín.

Palmacio salió del portal tambaleándose como un beodo, detuvo el primer coche desalquilado, y se hizo conducir á casa de su amigo Silvestre, se arrojó en sus brazos llorando y exclamó:

¡Silvestre, las chochas me han salvado!

Luego le contó lo que ocurría, es decir, la fuga de Obdulia con el tenor de verano y la desaparición de doña Angustias, la madre alquilada.

¡Benditas sean las chochas!, exclamó Silvestre acariciando contra su pecho la cabeza sudorosa de su amigo. ¡Benditas sean las aves tontas de Belón, que te han librado de la hora tonta del matrimonio!

Siempre qué mates una chocha estréchala contra tu pecho, bésala y demuéstrale en todos los tonos la gratitud de un alma generosa.

Y en efecto, Palmacio no olvidó en su larga vida

de cazador la recomendación de su amigo, y al matar una chocha exclamaba cayendo de rodillas:

¡Tus antepasados me salvaron! Gratitud eterna á las chochas, y mucho ojo con los sombreritos de pico de pato.

Cazadores, no olvidéis, por la cuenta que os tiene, la historia sentimental de vuestro compañero Palmacio.

ENRIQUE PÉREZ ESCRICH

 

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