Excelente cómico.

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La ilustración artística. 15 de junio de 1891.

Excelente cómico.

I

Allá en el fondo de la provincia, en un barrio extremo de la ciudad, vive ó vegeta, tal vez herido por dolorosos recuerdos ó en vías de arrepentimiento, olvidado de todos y desconocido de los vecinos que le ven salir al obscurecer, sin rumbo fijo, como cualquier pordiosero. Es un hombre que habrá cumplido treinta años, moreno y delgado, de ojos oscuros y vivaces que pueden prestar á su fisonomía la expresión de refinada malicia ó de candoroso afecto; una nariz gruesa y al parecer movible sirve como de acento á esta particular elocuencia de su rostro, sombreado por una gran barba negra. Su voz es recia y carraspeante como la del soldado que vuelve de la campaña atracado de pólvora y de aguardiente, y observándole de cerca creeríase también que su americana rota y su capa mugrienta y descosida acababan de prestarle los últimos servicios.

Llamaba la atención del vecindario la singular vida de este hombre, y se hacían diversos y entretenidos comentos, sobre todo los primeros días en que dejó ver más claramente su pelaje. Estos vecinos, en su mayor parte labriegos, madrugaban para ir á sus faenas, retirándose luego al descanso á la hora precisamente en que el desconocido salía de su tugurio. Había por lo tanto innumerables causas para despertar la curiosidad pública: primera, no tener oficio conocido; segunda, darse á ver sólo de noche; tercera, no tratarse con la gente del barrio; cuarta, habérsele guipado á la salida de una timba bastante desacreditada; y así por el estilo seguían otras muchas, más ó menos verosímiles y por las cuales se le tenía sobre ojo.

Esta soledad extraña en que vivía sufrió una leve variación al mes y medio; cierta mañana le vieron acompañado de otra persona de mejor vestimenta, aunque con el mismo aire de reserva y aun de despego para el vecindario. Su género de vida continuó como antes: salían casi siempre juntos pero solían retirarse á distintas horas. Después de algún tiempo se supo que este amigote era un jugador de Madrid conocido por Chinitas.

¡Vamos, dijo uno de los que concurrían á la cantina de enfrente, es el compadre que le hacía falta!

Durante dos semanas repararon los vecinos que Chinitas salía solo. La curiosidad se despertó de nuevo: ¿qué podría ocurrir? Luego vieron á un médico, y el asunto quedó explicado; el desconocido se hallaba enfermo. Otro de los concurrentes le dio una versión nueva hasta cierto punto:

Eso debe ser una grandísima borrachera.

Pero la borrachera duraba demasiado y no prosperó tal versión.

En fin, empezaba ya á convalecer cuando la vecindad se vio sorprendida por un nuevo acontecimiento. Una tarde llegaron dos señoras jóvenes á la casa donde moraba el desconocido y preguntaron por D. Fernando Arenillas. Dióles las señas muy despacio la mujer interrogada, siguiéndolas con la vista mientras las jóvenes subían las escaleras, alegres y ligeras como dos pájaros. No eran mal parecidas, según confesó la mujer, en particular la más joven de ellas, á quien el deseo de sorprender al desconocido animaba su rostro con encantadora jovialidad. En este rostro, de diez y siete primaveras á lo sumo, notábanse tres cosas que complacerían al observador más descontentadizo: los dientes, que eran blanquísimos y bonitos, las ojos negros y dulces y las cejas grandes y arqueadas sobre las cuales la morena frente parecía más tersa y más graciosa. Ambas vestían con gusto, si bien sus faldas de medio color no podían ser más sencillas, lo mismo que sus sombreritos de viaje, que tal vez revelaban en su simple labor y adornos la mano práctica y hábil de la portadora. En el momento que llamaban á la puerta acababa nuestro desconocido de levantarse de la cama y vestirse á toda prisa. Creyó que sería Chinitas y abrió sin molestarse en preguntar, por lo cual su sorpresa fué muy grande.

¡Fernando!, gritó la más joven de las viajeras arrojándose en sus brazos.

Luego sacó el pañuelo apresuradamente y se enjugó las lágrimas.

Pero chiquilla, ¿qué significa esto?… ¿De dónde vienes? ¿Cómo has podido averiguar mi paradero?, preguntó á su vez el desconocido, aproximando dos desvencijadas sillas, las únicas disponibles que había, para que se sentaran las mujeres.

La de más edad no era bonita; pero en sus ojos vivos y pequeños, en sus labios delgados y descoloridos, en el óvalo casi perfecto de su rostro echábase de ver un cierto sello de gravedad y de inteligencia que cautivaba desde el primer momento. Cuando comprendió por su largo silencio el enternecimiento de su compañera, se dirigió á Fernando y le dijo:

Tiene usted á su hermana muy enojada y con motivo. ¡Volver á España sin avisarle de su llegada! ¡Estar en Madrid y no preguntar siquiera por ella! ¡Recibir carta suya y no dignarse contestar! ¡Esto es atroz, caballero, permítame usted que se lo diga, pero muy atroz! Y la verdad, venimos únicamente para echarle una soberana peluca, una peluca de padre y señor mío.., ¿No es eso, Lucía?

Sí, señor, sí, afirmó la joven algo más tranquila. Su conducta de usted es incomprensible. ¡No corresponder á su hermana con una pequeña muestra de cariño! ¡No haberle puesto ni cuatro líneas después de tres años de separación, diciendo aquí vivo ó aquí muero!…

Al recuerdo de estos tres años de trabajo, de orfandad y de lucha tornó la pobre muchacha á entristecerse é inclinó la adorable cabecita para disimular su emoción. El hermano, que vio esto, se sentó á su lado, y acariciándola y estrechándole las manos le dijo:

¡Por Dios, Lucía, ten en cuenta mi situación, que era desesperada! Había que ganar el pan de cada día en un país inhospitalario, desconocido para mí; había que apelar á todos los recursos imaginables para poder vivir, y si le contara lo que yo he sufrido… Dios solo sabe lo que trabajé allí para salir adelante, pero la fortuna me ha tratado siempre como la peor de las madrastras. De modo, hermana mía, que fui más desgraciado que tú por lo que veo: tú has conquistado el cariño de una buena amiga; yo me encuentro más pobre que una rata y más solo que un estercolero que apesta.

¿Y quién tiene la culpa de eso?…, preguntó la compañera de Lucía. Será meterme en camisa de once varas, pero si le hablo así es por lo que me ha contado su hermana de usted y por lo de la peluca. Usted abandonó sin motivo alguno su carrera; usted no quiso tomar ningún oficio; llenó usted de penas y disgustos la vida de su difunto padre; se escapó usted de su casa con una pícara mujer y se marchó á Buenos Aires sin avisar siquiera á su madre y sin conocer que aquella fea acción y este incomprensible silencio podían agravar su enfermedad y llevarla al sepulcro. Repito, señor D. Fernando, que esto es atroz y que no se lo que usted merecía… Merecía usted que no le quisiera su hermana tanto como le quiere.

Eso sí que no, repuso nuestro hombre con viveza, á la vez que empequeñecía su nariz por medio de una contracción natural y ponía en su expresiva mirada levísima sombra de tristeza. Si me quiere es porque sabe lo muchísimo que me acuerdo de ella. ¿Verdad que me perdonas, Lucía mía? Yo me defendí como pude de mi eterna mala sombraCierto que en algunas ocasiones obré mal; pero obré como un insensato, sin darme cuenta del daño que causaba á mi alrededor. Pero ahora será otra cosa; yo te prometo por la memoria de nuestra madre no separarme de tí, vengarte de las injurias de la orfandad y hacerte tan dichosa que las pasadas desdichas te parezcan un mal sueño que se desvaneció para siempre.

¡Cuántas noches, después de diez horas de trabajo, en casa de nuestros tíos me acordaba de tí, y me decía temblando de miedo y de frío: si Fernando estuviera á mi lado no pasaría hambre, ni tendría que arrastrarme por los suelos como la última de las criadas, ni sufriría lo que sufro con estos parientes que… pero no, no quiero contarte lo que allí pasé!

Cuenta, mujer, cuenta, insistió su amiga, para que sepa este caballero lo que vale su hermana y el poco meollo que se necesita para no hacer caso de ella.

Pues bien: se empeñaron en que tenía vocación de monja y había de entrar como novicia en el convento de las Mercenarias. Ya tú conoces aquella gente devota de Toledo, y es inútil añadir que todos cuantos venían á casa eran de la misma opinión. Fuimos, pues, al convento, me hicieron conocer á la madre priora y á D. Melquíades Romillo, capellán de las monjas, que me sermoneaba todas las noches y quien yo no podía sufrir por lo mal que le olía la sotana. Así es que me acostaba con la cabeza hecha un bombo y amanecía casi siempre llorando y pensando en la vida monótona del convento y, sobre todo, en aquellas oscuridades siniestras que se veían desde el locutorio. Me fallaban las fuerzas para resistir. Algunas tardes se me presentaba de repente en mi cuarto el tío Tomás, con sus ojazos de loco, y me amenazaba con ponerme en la calle, concluyendo siempre con el mismo estribillo: «¡Desgraciada de tí si no sigues mi consejo! Algún día lo habías de llorar con lágrimas de sangre!» Las palabras dulzonas de su mujer me hacían aún más daño, porque me echaba en cara la comodidad y el desahogo que habíamos disfrutado en nuestra casa. «Eres muy señorita hija mía, exclamaba á menudo. ¡Ah! Si tu pobre madre no hubiera tenido una cabeza tan destornillada, no pasaría lo que pasa. ¡Jesús, Dios mío, tanto lujo y tantos requilorios para acabar al fin y al cabo por tener que comer patatas!» Al mismo tiempo cuando me miraba al espejo y me veía tan flaca y tan amarilla y tan fea, me ahogaba la corajina y la rabia que sentía contra todos ellos. Llegó por último una tarde en que creí volverme loca, Había bajado al huerto por verdura;… de pronto me escurrí á la calle y andando andando me encontré en el puente. Al obscurecer entraba en la estación y vi el tren que iba á partir para Madrid. Me acerqué al despacho, pedí un billete de tercera,… afortunadamente los había y tomé uno. No quiero ponderarte las angustias de mi llegada y lo mucho que sufrí hasta que tropecé con Mercedes, mi amiga de colegio, que tenía un obrador de costura, esta buena amiga, á la que nunca pagaré lo que le debo. De mis tíos no volví á saber ni una palabra, por lo cual he llegado á sospechar más bien les servía yo de estorbo que de otra cosa.

De eso hablaremos más adelante, queridita, indicó la llamada Mercedes; bástele á usted saber, señor don Fernando, que trabajamos mucho y ahorramos poquísimo. De estos ahorros insignificantes ha salido nuestro viaje, hecho exclusivamente para sorprenderle en su retiro. Creo que bien podrá usted agradecérnoslo.

Con el alma y la vida, contestó Fernando viendo á su hermana. ¡Pobre Lucía mía! También mi historia es muy larga y muy dolorosa;… pero de todos modos, en América ¡me acordaba tanto de ti…

¡Vaya, ya se conoce!, repuso Mercedes.

Es usted implacable, señorita. No quisiera que mi hermana fuese de una madera tan áspera como la suya. En cuanto usted me trate y me conozca á fondo me perdonará como Lucía y comprenderá usted que merezco por mi fatal estrella más compasión que vituperio.

Ojalá me equivoque, señor don Fernando; Pero temo que pese más en su cuerpo la carne de pícaro que la de hombre de bien.

De todo hay en la viña del señor, aunque bien mirado yo no puedo querer á mi hermana más que con el corazón de un hombre bien. De lo demás no hagamos caso, ¿verdad, Lucía?

Continuaron así charlando largo rato hasta convenir por último en que al día siguiente por la noche tomarían el tren correo para tornar los tres juntos la coronada villa.

La desaparición del desconocido en compañía las jóvenes causó profunda sorpresa al vecindario.

¡Vaya, lo que yo digo es que un hombre tan raro no debía tener familia!, afirmó una de las comadres que solían sentarse á murmurar delante de cualquier portalillo á la mansa caída de la tarde. Y su afirmación fué para la memoria del desconocido un verdadero epitafio.

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JOSÉ M. MATHEU

Excelente cómico segunda parte y conclusión.

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