Excelente cómico. (conclusión)

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Excelente cómico. (conclusión)

II

Tanto en el viaje como á la llegada mostróse Fernando tan complaciente, tan servicial y tan dispuesto á dejar su vida de aventuras, que la propia Mercedes acabó por creer en la sinceridad de su arrepentimiento. Lucía estaba más contenta que nunca. Su modesto cuarto de la calle de Jesús y María contaba con un dormitorio de sobra destinado á los enseres y ropas de poco uso y allí colocarían á Fernando.

Quedábanles de su familia algunas antiguas relaciones que ambos hermanos trataron de buscar y de visitar por consejo de su amiga. Entre éstas había un deudor insolvente de los tiempos prósperos del padre, que les prometió su influencia ya que no podía cumplir con dinero. Al poco tiempo, un ligero cambio político, la entrada de dos ministros nuevos en el Gobierno, bastó en efecto para que el agradecido deudor hiciera valedera su promesa. Fernando recibió una credencial y fué colocado con dos mil quinientas pesetas en el Ministerio de Fomento. ¡Con qué júbilo salieron á esperar al hermano aquella noche! La vuelta del hijo pródigo no debió festejarse con mayor alegría en la paterna casa. Verdad es que faltaba en su mesa el ternero cebón de que habla el evangelio; pero en cambio había unos ricos filetes de ternera y una hermosa botella de Valdepeñas, reservada para estas grandes solemnidades.

En cuanto á Mercedes y Lucía, como no faltaba trabajo y eran ya dos maestras ó poco menos en la costura, podían ahorrar algunos realejos todas las semanas, preparándose así para lo porvenir. Si alguna cosa les preocupaba eran las distracciones del hermano, que solía retirarse siempre á la madrugada. Luego, como consecuencia, iba tarde á la oficina y el jefe de su Negociado le regañaba de vez en cuando. Otro día sucedió un percance que les afectó dolorosamente. Conservaba Mercedes en un rinconcito de su cómoda parte de un medio aderezo de oro que había sido el regalo de boda de su madre. Y lo que pasa en estos casos: una mañana que por casualidad ponía en orden estas vejeces y reliquias lo echó de menos. Lucía, que le acompañaba en la faena, tuvo idéntica sorpresa y hasta el mismo temor. Visitábalas de ordinario muy poca gente; las costureras y oficialas que acudían al obrador eran buenas muchachas; de los vecinos no había motivo para sospechar;… de modo que no había más remedio que pensar en alguien de la casa… ¿Sería el autor acaso?… ¡Qué bochorno para Lucía si como temían resultase Fernando el verdadero delincuente! Y no fué corta ni perezosa; á la mañana siguiente lo llamó á su cuarto y se lo espetó en crudo, porque así debía de obrarse, según la opinión de su amiga.

¡Cómo! ¿Seréis capaces de dudar de mí?, preguntó á su vez Fernando, con una santa indignación que se reflejaba en la fulgurante mirada y en el abultamiento de aquella gruesa nariz, cuyas rojas ventanillas parecían echar sangre. De Mercedes esperaba yo la natural sospecha, recriminaciones, acusación impremeditada, porque todavía no me conoce á fondo; ¿pero de tí? ¡nunca! ¿Y eres tú la que me acusas, mi propia hermana, mi Lucía, el único ser en quien he depositado todo mi cariño y toda mi confianza! ¡Oh! ¡Qué desengaños más crueles me reservaba la enemiga suerte! Si yo hubiera podido sospecharlo… En fin, yo… podré ser, hermana mía, un hombre de pasiones, un desdichado loco; nunca un ladrón doméstico, entiéndelo bien.

Después de expresarse de este modo le volvió la espalda y se fué tan compungido que la misma Mercedes, escondida en la alcoba del gabinete, tuvo por sinceros aquellos reprimidos sollozos. Abrazáronse entonces ambas amigas, mudas y pensativas, sin saber que partido tomar en su infortunio. Al levantarse, algunas horas después, de la mesa, ofrecióse Fernando acompañar á Mercedes á todas las casas conocidas de préstamos sobre alhajas por ver si daban con el inapreciable aderezo. Sus pasos al fin resultaron bien inútiles y sólo el tiempo pudo calmar el dolor de semejante pérdida. Por otra parte, favorecíales la fortuna aumentando el crédito de su obrador y el número de las buenas parroquianas. Las dos amigas habían reunido sus ahorros, que ascendían á unos quince mil reales, reservándolos la primera para su dote, y la segunda, ó sea Mercedes, para abrir una tienda bien puesta en el centro, que era su sueño dorado. De Lucía se había enamorado un muchacho riojano, muy inteligente, que estaba encargado de la caja en una casa de comercio y pensaba en un día no lejano hacerse corredor ó emprender algunos negocios por su cuenta.

III

Así marchaban las cosas cuando una mañana, después del desayuno, supieron que Fernando no había vuelto á casa. A Mercedes le asaltaron tristes presentimientos, pero no quiso comunicárselos á Lucía. La conducta de su hermano no había variado ni un ápice desde los primeros días y bien podían ser infundadas las dudas que la martirizaban. Sentáronse á comer en silencio intranquilas y tristes, esperando el desenlace de tan extraña tardanza. Aquella misma tarde recibieron un volante del jefe de Negociado, que lo llamaba á su despacho. Media hora después se presentó un compañero suyo á reclamar veinticinco duros que hubo de prestarle días antes sin recibo ni papel alguno y fiando en la formalidad de su promesa, de la que nunca dudó. A este buen amigo le aseguraron al salir del Ministerio que Fernando Arenillas no estaba ya en Madrid, y tampoco quiso creerlo. En la misma semana hablaron los periódicos de la desaparición de una actriz francesa muy mediana, que trabajaba en la opereta cómica de la Alhamhra, con un empleadillo de Fomento. Las señas eran mortales, y sin embargo, aún dudaba de la verdad del hecho el acreedor de los veinticinco duros.

Ocho días después de esta escapatoria tuvo Lucía carta de su hermano, una carta larga, minuciosa, patética, elocuente, que concluía de este modo; «Desengáñate, queridísima hermana, en este mundo no hay mal que por bien no venga; es esta la última locura, de la cual estoy bien arrepentido, pero algo he aprendido por ella. Dentro de quince ó veinte días volveré á tu lado, y así debes manifestarlo á nuestra querida Mercedes. Quiero sincerarme de esta gran falta, deseo ardientemente que me impongáis el correctivo que merezca, pues por grande que fuere yo lo aceptaré con gusto de vuestra mano. ¡Te pareceré tan despreciable y tan olvidadizo! Pero tú me verás, tú me oirás, tú comprenderás que no lo soy tanto como parezco. ¡Lucía mía, no me aborrezcas antes de verme; te lo suplico por la santa memoria de nuestra madre! En el ínterin, arreglad vuestros negocios y disponeos á venir conmigo á París. Aquí está vuestro porvenir. Yo os aseguro que al cabo de cinco años de trabajo os podréis retirar ricas, tan ricas como nunca lo habréis soñado en esos tristes Madriles. París es la verdadera América de las modistas. Vestiréis á las duquesas y os casaréis con un banquero. La chinela de una mujer bonita no tiene aquí precio, y más que en parte alguna del mundo hallaréis ocasión de tropezar con vuestra fortuna debajo de la cifra de un pañuelo blanco, primorosamente bordado, que hayáis dejado caer á los pies de un príncipe ruso. Y no digo más. Ya sabes cuánto te quiere tu mejor hermano – Fernando.

Al acabar la lectura de la carta, habíase quedado Lucía pensativa y como encantada ante aquellos horizontes desconocidos que le mostraba su hermano desde lejos. Mercedes meditaba: ¿era sincero aquel grito de un corazón arrepentido? ¿Eran creíbles aquellas protestas tan cariñosas, aquella nueva promesa de volver al buen camino y aquel vivo deseo de su felicidad?

Transcurridos quince días y no teniendo noticias de su venida, decidió Mercedes tomar una tienda vacante al final de la calle de Preciados. La casa era

de las nuevas y la proposición del dueño aceptable. Lucía opinaba lo mismo. Una noche, antes de acostarse, buscaron en el doble cajoncito de la cómoda los quince mil reales de sus ahorros, porque al día siguiente habían quedado en firmar el contrato, Este doble cajoncito era un secreto; abriéronlo y ambas amigas se miraron como estupefactas: no estaba el dinero. En el mismo instante Lucía se puso blanca como la que acaba de morirse y cayó desvanecida en brazos de Mercedes. Idéntica sospecha había herido como un rayo la imaginación de las dos infelices: sólo Fernando conocía el secreto de la cómoda. Los esfuerzos de su laboriosidad, sus cinco años de trabajo, la esperanza de la dote, su porvenir asegurado, todo había desaparecido en las manos del burlador infame.

¿Pero es esto posible, Virgen santa?… preguntaba Lucía con un acento de dolor indescriptible.

Mercedes no lloraba como su apenada amiga; sentía únicamente haber sido engañada lo mismo que los imbéciles y se vengaba con esta gran frase:

¡Oh! Tu hermano… tu hermano erró la vocación: hubiera hecho un cómico inmejorable, ¡un excelente cómico!

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JOSÉ M. MATHEU

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