La tamalera.

La ilustración artística. 9 de marzo de 1891.

tama2

La tamalera.

(tipo limeño)

A horcajadas en su manso caballo, sobre unas aguaderas grandísimas, con las greñas caídas, el sombrerillo redondo, de castor ó de paja, adornando su cabeza, el mantón cruzado sobre el hombro izquierdo, los brazos desnudos, el cutis amulatado que pregona su raza africana, ó trigueño muy tostado que denota su ascendencia incásica, esta es la vendedora de tamales, siempre sonriente, pregonando á chillidos su mercancía y alborotando las calles que recorre al paso filosófico de su cabalgadura.

Pero antes de hablar de la vendedora, digamos algo de lo que vende. El tamal es una especie de empanada.

Hácese machacando el maíz cuando está lechoso hasta que se convierte en pasta suave y agradable, de la cual forman unas empanaditas largas que rellenan con cabeza de cerdo bien sazonada y cocida y pedacitos de aji (guindillas) para que el tamal sea picantito, como conviene á este bocado esencialmente criollo. Una vez hecha la empanada se envuelve cuidadosamente en hojas secas de plátano, se ata con los filamentos secos también de la misma planta y se ponen á cocer al vapor. Cuando están en punto, cárgalos la vendedora en sus aguaderas, tapando éstas con infinidad de mantones viejos, trapos, franelas y cuanto pueda contribuir á conservar calientes los tamales, y comienza su matutina peregrinación, siguiendo cada tamalera el propio itinerario todas las mañanas.

Da principio la venta á las ocho y acaba á las diez ó diez y media; pues siendo el tamal exclusivamente para el almuerzo y la hora de éste de diez á once, ya se sabe que ha de llegar para entregarlos calentitos en las casas de los señores parroquianos. La gente del pueblo los consume en cualquier momento, y todas las horas son buenas; pero las familias distinguidas que son aficionadas á los plátanos del país, se los hacen servir en el almuerzo solamente.

Acabada su venta retírase la mulata ó chinita tamalera á su casa, que suele estar al otro lado del Rimae, en un barrio llamado Debajo del puente por ser preciso cruzar uno de piedra antiquísimo que une la bella población con su importante suburbio.

En Malambo, calle ancha y hermosa, famosísima por la clase de gentes que habitan en ella, es donde generalmente vive la tamalera; en aquella calle que pocas damas limeñas conocen, pero que seguramente no hay aristócrata malaperro (calavera) que no visite para correr una juerguecita.

La tamalera Manonga (Manuela) era la más hermosa zambita del gremio y la envidia de zambos y mulatos; aunque, la verdad sea dicha, difiere en tan poco el color del uno y del otro, que apenas los encuentra distintos el que no tiene mucha costumbre de diferenciarlos.

Decíase que gustaba Manonga de que la festejasen niños (caballeros), cosa que á los hombres de su color sabía á chicharrón de sebo, por aquello de que era mucho cuento que siempre los señores habían de babosear primero las tajadas de carne que luego les arrojaban exprimidas, sin jugo y hechas pura piltrafa.

Vivía sola Manonga en una casita baja, de apariencia pobre, aunque no sucia, como son por regla general las de otras mujeres de su raza y clase. Contábansele por docenas los enamorados, y no faltaba quien dijese que guardaba en un cofre buenos soles (duros) de plata y hasta algún sol de oro (moneda del valor de 20 duros), por más que éstos iban desapareciendo en el Perú, sin que se supiera en qué faltriqueras estaban escondidos.

Jaleos y jaranas había todas las noches en casa de Manonga, adonde acudían las zambitas y chinas de la vecindad para bailar y cajear con alma y cuerpo. Pocas veces solían estar semejantes reuniones huérfanas de muchachos alegres y ricos que gustaban de revolver con sus blancas manos el pelo (pasa) de las negras malambinas.

Dejaba cada cual en casa de Manonga cuanto en los bolsillos llevaba, con el rumbo y desprendimiento peculiar al peruano, y rabiaban todos contra la tamalera que de modo tal sabía esquilmarlos sin comprometer en lo más mínimo la doncellez que decía guardaba bien guardada.

No eran tan escrupulosas sus compañeras, y ya sabía ella enjaretar parejas con maña, gracias á las botijas de pisco (aguardiente de uva) que se despachaban por cuenta de los jaraneros y en las cuales quedaba á Manonga muchísima ganancia. También se solían improvisar cenas de platos picantes, y cuando esto sucedía había niños que no desdeñaban descansar en la revuelta cama de la zamba.

No dejaba Manonga su comercio por nada del mundo: así que los tamales se hacían siempre, y á venderlos salía como de costumbre, aunque dejase encomendada su casa á una vecina por quedar en ella algún jaranero rezagado durmiendo los efectos del pisco, del baile y de los picantes.

El niño Carlos, un limeño buen mozo, más aficionado á Manonga que á una mujercita sencilla y candorosa que le había cabido en suerte, era el más furiosamente enamorado de la tamalera: también es verdad que si alguno hubiera de vencer los escrúpulos que ella demostraba, nadie lo lograse con más ventajas que Carlos, porque de tal manera sabía jaranear y asimilarse á la sociedad de Malambo, que era el ojo derecho de las mujeres de color y el diablo encarnado de padres, maridos y amantes.

Mucho tiempo llevaba rondando á Manonga contentándose con las amigas de ésta; pero una noche que el baile y la zambra estaban en su apogeo, entró el niño Carlos entre cejijunto y mal humorado, sentándose sin saludar á nadie ni mirar apenas á la Concurrencia.

¿Qué le ha pasao, mi amito?, dijo una negra vieja especie de Celestina de dos pimpollos de azabache que bailaban en aquel momento una chilena (cuenca) provocando entusiasmos en la concurrencia.

Nada; que vengo dispuesto á que Manonga no se burle más de mí.

No sea tonto, niño. Cuando Manonga no se come al niño de amores, es porque no puede; pero ha de saber el niño que yo me tengo sabia que tiene muchísimas penas por no poder corresponder á sus finezas.

¿Pues quién se lo priva?

—¡Gua! ¿Qué, no lo sabe el niño?

¿Quién me lo ha dicho?

¿No sabe que el zambo Casimiro es su hombre desde hace mucho tiempo y que la tiene asustá?

—No sabía nada de eso. ¿Y dónde está ese zambo?

—Pues,… ahora,… por ahí,… recogiendo lo que se pierda, con otros amigos… El es el jefe.

Ya te comprendo; ¿es capataz de ladrones?

Sí, niño.

Y ¿cómo es que no ha intentado nunca robarnos, sabiendo que traemos plata los que venimos á ver á Manonga?

¡Ay, niño! ¡Pues no ve que para sacarles la plata basta ella! El no quiere meterse con los marchantes (parroquianos) de una mujer; pero es tan celoso, que si supiera que miraba ella con interés á un blanco, la mataba, y Mandonga le obedece porque le tiene miedo. No se meta en nada, niño Carlos; deje de perseguir á esa, porque puede el diablo hacer de las suyas. Mire por ahí, que le faltarán doncellitas sin compromiso tan saladas como Manonga y con menos años, porque ya tiene veinticinco aunque no lo parezca, y mis hijas tienen quince una y dieciséis otra; ¿ve qué cosa?, pues guardan su honestidad, niño porque pa tener á su vera gentes como el zambo Casimiro, vale más estar sola.

La tamalera cortó la conversación, sentándose junto al niño Carlos y ofreciéndole una copa de pisco.

Venga, dijo el buen mozo: bebamos por el amor que te tengo y por el balazo que pienso pegar esta noche á tu zambo.

¡Ay, Jesús! niño, ¿quién le ha dicho?… Soy honraa.

¿Quién había de decirme? ¿No sabes que estoy loco por tí hace mucho tiempo? Esta noche me quedo aquí; aguardo á Casimiro, y ó se marcha prometiendo no verte más ó le meto una bala en la cabeza; si no, mañana mismo haré que lo prendan, porque ya sé el oficio que tiene.

—¡Ay niño de mi alma, no haga tal cosa! Casimiro es muy malo, y pues que lo sabe todo, le diré que yo le tengo muchísimo miedo: sería capaz de matar al niño, que bien lo conozco.

¿Pero tú lo quieres?

A quien yo quiero más que á mi vida es al niño que parece que me ha dao chamico, porque tengo mala voluntad á ese maldito zambo después de haberlo querido; y muchas noches me pega cuando viene, porque presume que me muero por otro, y esto es muy verdad, como lo es que no puedo ni mirarlo, porque cuanto más lo miro más veo al niño aquí dentrito de mi pecho.

Pues no lo mirarás más: tomemos una copa por nuestro querer cholita, y anda, baila una chilena, que te la voy á cantar ahora mismo.

Y Carlos se puso de pie, arrogante y hermoso, con el semblante iluminado por el amor y los deseos.

¿Y no quiere el niño bailarla conmigo?

No, salada, que quiero ver cómo requiebras tu cuerpo de azucar: baila con otro, pero baila para mí, ¿sabes?

¡Qué hermoso eres, niño!

Manonga escogió pareja y salió en medio de la sala cimbreando las incitantes caderas, dislocando el pecho y retorciendo los brazos largos, desmadejados, llenos de promesas incitantes, y dirigió una mirada, en la cual fulgureaba la pasión más ardiente, al niño Carlos, que lleno de satisfacción se disponía á cantar la cueca.

¡Alza, chinita, que ya te has perdío!, dijo el compañero que había elegido Manonga.

Alguien me habrá de encontrar; no te apures, cholo.

¡Ya lo creo; el niño Carlos!; pero cuida no encontréis los dos con Casimiro.

¡Valiente bozal!

Comenzó el músico á rascar una cueca en un violín roto cuyos sonidos hubieran puesto carne de gallina á un aficionado, y se dispuso el aristócrata á cajear palmoteando y á cantar á media voz.

Salió ésta dulce y apasionada de su garganta en tesitura de barítono; pero voz seductora, como emitida por un órgano puro, sano y potentísimo:

Tengo yo tamalera

que por Malambo va;

los tamales que vende,

¿quién se los comprará?

¡Ayayay!, que mi tamalerita

que por Malambo va,

¡Ayayay!, que tan dulce y bonita,

¿quién no la comprará?

La voz del niño Carlos con sus candencias criollas y seductoras arrastraba á la zamba Manonga, que si bailaba con otro se requebraba para él, mirándole con pasión y arrullándolo con el vuelo de su pollera (falda) llevada y traída con limeño donaire.

No duró mucho el baile aquella noche: la tamalera quería gozar de los amores del niño, que habiendo descubierto su secreto la quería lo bastante para cuadrarse delante del capitán de ladrones disputándole la mujer amada.

Una vez solos, asaltóle á la zamba la idea de que su terrible amante pudiese llegar aquella noche temprano, aunque no era de las dedicadas á visitarla, porque previamente no le había enviado recado alguno como tenía por costumbre. Entregóse, pues, con alma y vida á los amores del niño, cerrando la puerta con grandes refuerzos, aunque olvidándose que dejando abierta la que daba á un patinillo era facilísimo entrar bajando de la azotea, á la cual se podía muy bien subir por una casa vecina.

A las dos de la madrugada oyéronse en Malambo tres tiros de revólver, de los cuales el vecindario no hizo caso por estar acostumbrados á percibir semejantes ruidos á horas intempestivas.

Quién supuso que la policía perseguía ladrones, quién que los cacos hacían de las suyas.

Amaneció el siguiente día y volvieron con el alba la animación y el bullicio á Malambo.

La puerta de Manonga estaba cerrada y no se veía en ella como de costumbre el caballejo paciente aguardando la carga para emprender su cotidiana tarea.

No tardó en formarse un corrillo de comadres negras, zambas y mulatas, que comentaban el caso.

Habrá salido mu trempanito, decía la negra vieja que la noche anterior descubriera al niño Carlos el compromiso de Manonga.

Pero esto era desusado en la tamalera.

Pasó la mañana, y como no volviese á la hora que tenía por costumbre, más y más creyeron las curiosas vecinas que á la tamalera le pasaba algo.

Ya caigo yo en lo que puede ser: se quedó anoche con el niño Carlos, y por miedo á Casimiro ha escapado con él. ¡Buena suerte de zamba!

¡Vaya, que es buena! ¿Quién se lo había de contar á ella? ¡Un niño tan rico!

¡Y tan buen mozo!, suspiró una vestal renegrida á quien su madre no dejaba perderse así no más.

Tan grande ansiedad no podía contenerse en límites de prudencia: alguien soltó la idea de que los tiros pudieran tener relación con la casa cerrada, y se llamó á la policía, que echó abajo la puerta, precipitándose dentro la multitud sin que la fuerza armada pudiera contenerla.

La oleada que izándose y estrujándose tomó la casa de Manonga por asalto, retrocedió chillando espantada: en el dormitorio de la tamalera yacían el

cadáver de ésta y el del niño Carlos, muy cerca uno del otro y envueltos en sudario de sangre.

Aquella mañana los parroquianos de Manonga echaron muy de menos sus sabrosos tamales, y una esposa amante y resignada lloraba en silencio sobre la cuna de un ángel la desaparición del hombre amado.

Todavía hay quien recuerda en Lima los tamales de Manonga, y á un veterano criollo he oído decir que con la zamba de Malambo se había perdido la

cría de las buenas tamaleras.

EVA CANEL

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s