RANTANPLAN

 

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España y América. 18 de agosto de 1892.

RANTANPLAN

Basta sólo ver una vez al general para formarse idea de su carácter. Con sus ojos de águila y sus bigotes de tigre, es el tipo completo de buen soldadote, que ama la guerra por gusto y que hasta en la vagancia tiene un poco de ferocidad. Adivínase que es de raza de militares y que han sido precisas muchas generaciones de jinetes para llegar á ese producto perfecto.

Así pensaba yo, muy infatuado, como estamos casi todos hoy día con nuestro talento crítico, es decir, observador, y que juzgamos á las personas por las apariencias.

Cuando supe que el general escribía sus memorias, imaginé que serían una colección de órdenes del día, un desfile de cargas brillantes y monótonas.

Pues bien: ¡vean Uds. como se engaña uno! Este es el primer capítulo de sus memorias:

¡Lo que es el destino! ¡Decir que yo nací para fabricante de seda! Mi padre, mi abuelo y todos mis antepasados desde hace mucho tiempo, según creo, eran fabricantes de seda en Lyon y yo debía sucederles. Si yo soy general, tiene la culpa Totor y las tristezas de mamá.

Totor era el hijo de nuestro jardinero en Montgain-sur-Saone, y las tristezas de mamá provenían precisamente de nuestra estancia en esta campiña, aburrida para ella.

Viuda á los veintiséis años, al frente de una gran casa de comercio de la que no entendía ni jota, se retiró por el pronto á Montgain para escapar á las obsesiones de su familia, que quería que se volviera á casar.

Esta nueva unión parecía necesaria á sus intereses; una mujer no puede dirigir tantos negocios que se estropearían en sus manos. Allí hacía falta un hombre de experiencia. Este hombre se había encontrado; se llamaba M. Lematthién, tenía treinta y cinco años, un caudal igual al nuestro, un nombre célebre en la industria de la seda; en fin, era el esposo soñado.

Soñado por la familia, pero no por mamá. Casada la primera vez bajo el régimen de las conveniencias, no se sentía con valor para ser de nuevo una carta de dote. Si la sedería se encontraba bien, su corazón pedía otra cosa. Y de aquí sus pensamientos negros.

Todo esto lo supe más tarde; por el momento, con mis ocho años yo no veía más que una cosa, y era que la casa estaba tristísima; así es que me pasaba la vida jugando con Totor.

Jugar no es la palabra; lo que hacía era corretear; porque del jardín salíamos para el pueblo, y de allí al campo en compañía de todos los chiquillos del contorno.

La jardinera tenía el encargo de vigilarnos y lo mismo el jardinero; pero el jardín era tan grande y las tapias tan fáciles de saltar, y luego Totor ¡era tan travieso!

¡Ah! ¡qué hermosas correrías! Me acuerdo de ellas como si hubieran pasado ayer. Hicimos una que no olvidaré jamás… ¡Caramba! fué mi primera campaña, y mis verdaderos años de servicio datan desde entonces.

Totor, que era ingenioso, nos organiza como soldados. Tenía doce años y el derecho de mandarnos á mí y á los otros galopines del pueblo, pero por respeto me nombró jefe á mí.

Nuestro ejército se componía de una docena de infantes, á quien Totor distribuyó fusiles fabricados por él, en detrimento de las viñas, privadas de los palos que les ponen para sostener los brazos.

A mí me confeccionó un sable, no de madera como los fusiles de mis soldados, sino de verdadero hierro del mango de una sartén.

Sobre mi gorra puso la cola de un desgraciado gallo, reducido desde entonces á esconder su vergüenza en la sombra del gallinero.

El se hizo un tambor con un sombrero viejo de copa, al que quitó las alas; era un tambor negro, de sonidos velados y cavernosos, parecía que íbamos de funerales.

Así armados, partimos á la conquista de las peras y las uvas, y yo marchaba orgullosamente detrás de Totor haciendo brillar el sable tanto como puede brillar un mango de sartén grasicnto.

Atravesamos el pueblo, llevando por toda bandera el pañal de la camisa que flotaba detrás de algunos de mis soldados, y siempre marcando el paso, decíamos al compás del negro tambor:

—Ran-tan-plan, tire-lire lire; Ran-tan-plan, tire-lire-lire.

—¡Alto! ¿Quién vive?

Una voz desconocida, formidable, nos sorprendió así un día al volver un camino.

Un ejército enemigo estaba delante, compuesto de un solo hombre, es verdad, pero ¡qué hombre! ¡un verdadero soldado! ¿qué digo? ¡un oficial! con pantalón encarnado, con un sable de acero que le golpeaba la pierna izquierda y grandes bigotes rubios retorcidos.

A la voz de «¡sálvese quien pueda!», nuestro ejército se desbandó; los fusiles fueron rodando; y yo, el general, dejé caer á los pies del vencedor mi humillado mango de sartén. Sólo Totor se portó bien; se puso su tambor en la cabeza para darse aire más imponente, y respondió:

—Francia, mi coronel.

El coronel no era más que un teniente, y se echó á reír.

—¿Dónde vais así, mis pequeños pipiolos?

—Pues á la guerra mi capitán,—respondió Totor, bajando grados á aquel enemigo que no tenía nada de terrible.

—¡Pues bien!—replicó el oficial; —¿queréis servir á mis órdenes? Precisamente voy buscando un almuerzo que tomar al asalto; conducidme al restaurant más próximo y yo os pagaré la merienda, granaderos… ¿No queréis? ¿Vamos, sois tímidos? Veamos tú, generalito—y me cogía la barba y me alzaba la cabeza. Era muy amable aquel oficial, y cuanto más le miraba me agradaba más. Alto, esbelto, joven, tenía cara muy simpática y ojos soñadores. Su fina mano me acariciaba la cara, y de pronto se me ocurrió una idea, que encontré admirable.

— Sí,—le dije,—conozco un restaurant y os guiaré.

—¿Dónde?—dijo Totor.

—Pues á nuestra casa.

Totor aceptó la idea, y dijo:

—Es verdad. ¡Oh! ¡Qué gracioso será eso!

Echamos á andar, y bien pronto llegamos al jardín de casa, donde mamá, despeinada y en peinador, paseaba su fastidio. A su vista, y al aspecto de la casa, el teniente notó su error. Quiso explicarse y dar sus excusas. Formaba parte de la comisión del levantamiento de planos topográficos; se había alejado mucho para volver, y aquellos niños…

Estaba encantador disculpándose; confuso, pero galante y respetuoso.

En cuanto á mamá, la pasaba lo que á mí: la agradaba el oficial.

—Este galopín,—decía acariciándome la mejilla,—es causa de mi inconveniencia. Perdóneme usted, señora.

—¡Pero si no hay inconveniencia!—decía mamá.

Y como no sabía ocultar sus sentimientos, dijo:

—¡Al contrario!

En fin, que el teniente se quedó á almorzar y luego se pasó la tarde en casa. Mamá estaba encantada de él y yo lo mismo. Porque era alegre, espiritual, y nos contaba mil cosas agradables.

Era cosa de creer que nuestra casa tenía la mayor importancia estratégica, porque la dejaba raras veces el levantador de planos. Mamá estaba alegre y contenta, y así siguió hasta tres meses después, que dejó el nombre de mi padre para casarse, pero no con M. Lematthién.

La casa de comercio se liquidó; mis antepasados enrojecieron ante nuestra traición. Yo tomé, al lado de mi padrastro, el gusto á la noble carrera de las armas. En lugar de aprender el debe y el haber, aprendí la esgrima, la equitación y las diferentes cosas necesarias para entrar en Saint-Cyr. Y ahora gracias á las tristezas de mamá y al tambor de Totor, me veo de general; ran-tan-plan, tire-lire-lire. Pero de mis antepasados me queda alguna cosa; aun hay una especie de seda en que me reconozco un poco: la de las banderas.

 JUAN RICHEPÍN.

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