EL VECINO

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La ilustración artística. 13 de marzo de 1893.

EL VECINO

I

Doña Fulgencia, la mamá de Amparito, se ha quedado viuda «en edad temprana,» según dice ella; pero la verdad es que frisaba en los cuarenta y cinco cuando su dulce esposo pasó á mejor vida.

Doña Fulgencia disfruta una modestísima pensión y además cuenta con el apoyo de un cuñado suyo, que tiene fábrica de pastas alimenticias en la calle del Bonetillo y le manda todos los meses uno ó dos cucuruchos de tallarines. En cuanto se le rompen, ya los está mandando envolver y dice á uno de los dependientes:

—Esto para mi cuñada. De todas maneras los teníamos que tirar.

De modo que doña Fulgencia y su hija están condenadas á tallarines rotos y perpetuos; pero en cambio no gastan un solo real en sopa. ¡Ay! ¡Ojalá pudieran decir otro tanto respecto de los demás artículos comestibles!

A doña Fulgencia lo que más le apura es el porvenir de Amparito.

¡Si Dios le deparase un buen esposo!

Pero la niña parece un besugo. Tiene la boca esférica, los ojos escaldados y la barba en forma de babucha. Aparte de esto, cecea al hablar y toca el piano lo mismo que un Conductor del tranvía.

La mamá cree todo lo contrario, y siempre que la chica se sienta ante el instrumento, exclama la pobre señora dirigiendo los ojos al espacio:

—¡Qué manos! ¡Qué agilidad la de esta criatura!

Guiada por su amor hacia Amparito, la lleva todas las mañanas al Conservatorio, para que se haga una profesora y para que sepa ganarse un pedazo de pan, caso de que no encuentre un esposo rico.

Pero lo encontrará. ¡Vaya si lo encontrará! Siempre que Amparito sale á la calle, nota con júbilo que los hombres la miran asombrados.

—No es porque sea mi hija—dice la mamá á las personas de confianza; — pero habrá pocas jóvenes de sus años que tengan los atractivos de mi Amparito.

Lo único que la afea es la falta del colmillo superior de la derecha; pero se lo pienso poner en cuanto cobre los atrasos de mi difunto esposo.

La preocupación constante de doña Fulgencia consiste en adornar á la niña, y en cuanto se ponen de moda los boas de piel de conejo ó las capas con capucha ó las chaquetillas toreras, ya está la madre cariñosa haciendo toda clase de sacrificios para vestir á la niña con arreglo al último figurín; y como sus recursos son escasos, tiene que aprovechar la tela de otros vestidos anteriores y sale la chica á la calle hecha un adefesio.

En la actualidad usa una capeta con embozos de seda, color tomate pasado, que más que capeta parece una pantalla, y la mamá está tan satisfecha de su obra, que dice á todo el mundo:

—Vea usted lo que es la disposición de algunas personas. Con un poco de lana dulce y media vara de seda le he hecho á mi Amparito una capa de moda que llama la atención en el Conservatorio y en todas partes.

Por supuesto, Amparito no hace absolutamente nada dentro del hogar. Su madre quiere verla ante el piano día y noche, porque allí está su porvenir; así es que la muchacha no sabe coser, ni freír una chuleta, ni repasar unos calcetines.

II

Doña Fugencia y su hija habitaban el cuarto segundo de una casa sita en la calle del Gato.

En el principal residía Demetrio Clarete, un joven abogado, huérfano, con unas patillas preciosas y una renta de cincuenta mil reales, producto del corcho que poseía en Extremadura.

Él comenzó á dirigir miradas insistentes á Amparito siempre que se la encontraba en la escalera y á preguntar al portero:

—¿Pero quién toca el piano encima de mi cabeza?

—La señorita del segundo, contestaba el susodicho portero.

—¡Ay!, exclamó Clarete.

Y nada más; pero todo esto lo supo doña Fulgencia con regocijo reconcentrado.

—Se conoce que es persona aficionada á la música y estima en lo que vale el mérito de mi niña, pensó la mamá; y transmitió á Amparito su sospecha.

—Toca, hija mía, toca todo lo fuerte que puedas, para que goce el vecino de abajo, decía cariñosamente doña Fulgencia estrechando contra el seno al fruto de su matrimonio. ¿Quién sabe si ese hombre llegará á ser algún día el marido que te conviene? Es rico, es cariñoso, puesto que ama á los animales. Tiene un gato con el cual duerme y á quien considera como si fuese una persona de su familia. Lo sé por el portero.

Clarete miraba cada vez con más insistencia á su joven vecina. No sólo la seguía ávidamente con los ojos cuando ésta entraba en su habitación, sino que además se asomaba á la ventana del patio levantando la cabeza todo lo posible, como si esperase que se presentara aquella pianista incansable.

—Ya está asomado el joven entusiasta, decía doña Fulgencia á su niña. Toca, toca á fin de embelesarlo.

Y Amparito rompía á tocar las tan acreditadas Campanas del monasterio ó la Stella conúdente ú otra pieza así, de éxito seguro.

Después cerraba el piano; extendía por la faz los finísimos polvos de arroz y se asomaba á la ventana del patio, por recomendación de doña Fulgencia, que le decía en voz baja:

—No te quepa duda: ese chico está impresionado.

Debes mirarle con cierta simpatía, pero con dignidad al mismo tiempo.

Entonces Clarete desaparecía de la ventana, no sin dirigir sus ojos al piso superior con cierto interés mal disimulado.

—El pobre es tímido, murmuraba la mamá al verle desaparecer. Se conoce que le da rubor tu presencia.

III

Amparito adelantaba visiblemente en ejecución y en ruido.

Antes se la oía desde toda la casa; después se la oyó desde la esquina de la calle, y por último desde la plaza de Santa Ana.

Y Clarete cada vez la miraba con más fijeza, ora en el portal, ora en la calle, ora en la ventana del patio.

—Pero ¿quien es esa señorita?, preguntaba al portero.

—Pues una señorita huérfana de padre, que es una verdadera profesora, según dice doña Fulgencia, su mamá.

—¿La madre se llama doña Fulgencia?

—Sí, señor; doña Fulgencia Cascarín.

—Bueno.

Clarete acariciaba algún proyecto trascendental, puesto que había tomado nota del nombre de la inquilina del piso segundo.

El portero transmitió inmediatamente á doña Fulgencia lo que acababa de oír, y la pobre señora creyó fallecer de júbilo.

—¡Amparito, Amparito!, entró diciendo con la faz alterada por la emoción. Ya no cabe duda: ese joven aspira á tu mano.

—¡Cómo!, exclamó la chica.

—Ha celebrado una conferencia con el portero; ha apuntado mi nombre en la cartera. Querrá tomar informes antes de decidirse.

Amparito rebosando alegría abrió el piano y se puso á tocar un galop estrepitoso.

Al hacer un fortissimo en la octava baja, rompió una tecla, pero siguió tocando con frenesí para enloquecer á su adorador.

En aquel momento sonó la campanilla de la escalera y la criada del piso principal entregó á doña Fulgencia un billete perfumado. Era del joven vecino y decía así:

«Señora doña Fulgencia Cascarín.

»Muy señora mía: Aunque tema abusar de ustedes, les suplico que me permitan subir: quiero hacerles un ruego del que depende la tranquilidad de su seguro servidor q. b. s. p. Demetrio Clarete.»

Doña Fulgencia escribió con mano rápida las siguientes lineas:

«Joven estimadísimo: Puede usted subir cuando guste. Suya, Fulgencia Cascarín.»

Después corrió al lado de su hija, y sin darla tiempo á leer la carta de Clarete, cogió la borla de los polvos y cubrió con ellos la fisonomía de Amparito; después la peinó las cejas y los ricillos de la frente, echóla sobre los hombros una toquilla azul pálido y dijo con voz alterada:

—Va á subir; va á pedirme permiso para que yo tolere vuestras relaciones.

¡Ay, hija mía! De este paso depende tu porvenir.

Trátale con toda la amabilidad posible; hazte querer, hija de mi alma. Yo voy á ponerme la manteleta.

Estoy por mudarme el calzado, porque estas zapatillas me hacen el pie muy grosero.

Amparito no cabía en sí de gozo; doña Fulgencia tuvo que beber agua, porque dijo que sentía así como una bola que le subía desde el estómago á causa de la emoción, y cuando estaban en esto volvió á sonar la campanilla de la escalera.

—Que pase á la sala ese caballero, dijo la mamá de Amparito á la doméstica.

Clarete entró en la sala y tomó asiento en una silla inmediata á la puerta.

Cinco minutos después aparecían radiantes de felicidad doña Fulgencia y Amparito.

—Ustedes dispensarán mi atrevimiento, dijo Clarete.

—Todo lo contrario, contestó la mamá con sonrisa cariñosa.

—Yo vivo en el cuarto principal, añadió el joven.

—Ya lo sabemos, dijo la niña suspirando.

—Pues bien, concluyó Clarete, vengo á decir á ustedes que esto no puede seguir así…

La mamá y la niña se miraron en silencio: ambos corazones latían aceleradamente y la felicidad se les escapaba por los ojos.

—Hable usted con toda franqueza, exclamó la mamá.

Clarete entonces se puso de pie diciendo:

—Ó esta señorita deja de tocar el piano, ó un día se me acaba la paciencia y pego fuego á la casa.

LUIS TABOADA

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