LA MAMÁ

 

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La moda elegante. 14 de junio de 1869.

            (periódico de la familias)

LA MAMÁ (L. Taboada)

 

La mamá es una señora pequeña, gruesa, de rostro agraciado, y que suda el quilo en los bailes.

Puede muy bien llamarse D.ª TEODORA ó D.ª FRANCISCA, y algunos anteponen al nombre el calificativo fatal de MISIÁ, lo cual, dicho sea en confianza, no le hace muy buen efecto.

La niña le arregló una falla con lazos morados (color serio) y que guarda para los días de fiesta solemne; por ejemplo, para recibir en las noches de reunión, ó para los domingos después de misa de doce, por si viene alguna visita de CUMPLIDO.

Yo os podría presentar á una mamá de pueblo en todos los actos y circunstancias de su vida, así pública como privada, pero basta que la conozcáis de noche, antes de un baile en el casino.

Son las nueve.

La sala está hecha un campo de batalla. Faldas por aquí y por allá. Lazos sobre las sillas; un tarro de pomada sobre el sofá, unos guantes dentro de la escupidera…

¡Se está vistiendo la niña!

La mamá entra y sale á cada paso. Trae un abanico en la mano derecha y un papel de alfileres en la izquierda.

Cada vez que pasa cerca de la puerta de la sala, se le prende el vestido en el pasador, y exclama con impaciencia:

—¡Caramba! ¡Maldita puerta!

Pero esto no la intimida, y bajándose hasta donde le permiten sus años, logra desenredar el falso y continúa su viaje hasta el término, que es ¡naturalmente! el cuarto de Juanita; así llamaremos á la niña.

Juanita está sentada delante de un espejo. Una amiga, que no es socia del casino, es la encargada de su tocado.

La mamá llega; pone sobre la mesa un frasco con zaragatona, echa un vistazo á la cabeza de su hija, haciendo un gesto de aprobación, ó bien se acerca hasta tocar con su nariz el tupé, y se atreve á decir:

—Me parece que esa flor debería bajar un poquito mas.

La niña ante esta observación del género cursi puro, hace una mueca exclamando:

—Pero mamá, ¿no ve usted que así se lleva?

—Entonces nada dije. Margarita sabe bien lo que hace y tiene un gusto delicado en cuestión de cabezas.

—Gracias, doña Teodora, dice Margarita, que es la amiga no-socia encargada del adorno.

La mamá sale del cuarto por quinta vez, y penetra en las habitaciones interiores.

Da las llaves á la cocinera para que saque chocolate, que debe tomar Juanita antes de ir al baile, y pregunta tres veces seguidas si ha llegado el señor.

Después se dirige á su cuarto. Abre un cajón de la cómoda, y saca su indispensable falla, y una manteleta de raso bordada de pasamanería; en fin, lo mejorcito, el fondo del baúl y regresa al cuarto de Juanita que se halla en paños sumamente menores.

Al cabo de dos horas, la niña está completamente vestida.

La confusión aumentó, y en la sala no cabe un alfiler; todo está tirado, hasta las sillas.

Se despide la amiga insociable, deseándole muchas felicidades á Juanita, y doña Teodora va á acompañarla hasta la puerta, llamando á voz en grito á la doméstica para que alumbre.

—¡Cuidado con esa escalera! No tropiece usted, hija mía, dice desde lo alto. Muy buenas noches y recuerdos en casa.

Vuelve á la sala después de cumplidos estos requisitos de buena educación, y no aparta los ojos ni un momento del traje de su pimpollo. De muy buena gana le haría una que otra observación sobre este ó aquel adorno, pero teme le conteste como de costumbre, y se contenta con estirarle el vestido ó enterrar mas un alfiler que amenazaba desprenderse.

De cuando en cuando Juanita prorrumpe en un:

—¡Deje usted, mamá! que la hiela de espanto, y tiene que separarse, bien á pesar suyo, para no hacer mal estómago al angelito.

En imposibilidad de contribuir al perfeccionamiento de su tocado , se decide á poner en orden los diferentes objetos que ocupan las sillas y la consola, y queriendo arreglarlo todo, comete mil desatinos, tales como guardar en el cajón de la consola el abanico que debe llevar al baile Juanita, y vierte un tarro de agua de la Florida que estaba sobre un almohadón del sofá.

—¡Jesús! exclama llevándose las manos á la cabeza. ¡Buena la hemos hecho!

—¡Dios mío mamá, usted se propone desbaratarlo todo! dice Juanita; deje usted las cosas tal cual están. Mañana arreglaré yo eso. Siéntese usted de una vez.

Doña Teodora, conceptuándose culpable, no se atreve á pronunciar una sola palabra, y va á coger la falla que ha dejado sobre la cama, á la espera de que su hija se desocupe y pueda colocársela. Pero pasa media hora durante la cual Juanita no ha cesado de componerse los tirabuzones, arreglarse el escote y darse polvos y peinarse las cejas y embadurnar el tupé con zaragatona.

La mamá no quiere advertir que es ya muy tarde, temiendo se le diga que tampoco entiende de aquello, y sin abandonar su falla, pasa á la cocina en donde encarga á los criados no se queden dormidos con luz. Repite la pregunta de si vino el señor, y contestándole afirmativamente, se dirige á su despacho para rogarle las acompañe al baile. El papá se niega, y un rato después se mete en la cama.

Llega por fin el suspirado instante. Juanita se dispone á adornarla cabeza de doña Teodora, pero con mucha prisa porque son las once y media y la infeliz señora entrega su individuo en poder de su hija, que cinco minutos después exclama con tono impaciente:

—Ya está usted lista, mamá: vámonos que es muy tarde. Doña Teodora va á coger la capa de la niña y se la coloca sobre los hombros; pero aquella da un grito exclamando en tono de ré bemol:

—Usted se ha propuesto descomponerme hoy. Traiga usted la capa, yo me la pondré. No saben ustedes hacer nada.

La mamá hace un gesto de disgusto, y se mira al espejo para subirse un poco la manteleta que se le cae de un lado.

Al fin se disponen á salir. La niña baja la escalera y llega al portal.

Doña Teodora no bajó aun. Ha tenido que ir á ver si quedaba bien apagado el quinqué de la sala y á decirle por octava vez á los criados:

—¡Cuidado con las luces!

Llega por fin al dintel de la puerta, y al ir á poner el pie en el primer escalón, se acuerda que dejó puestas las llaves en la cómoda, y arrebatando la luz de manos de la doméstica encargada de alumbrarles, entra en su habitación á despecho de Juanita, que patea de impaciencia en el portal, y grita con desesperación:

—Pero mamá ¿baja usted ó no? ¡Qué pesadez!

La infeliz doña Teodora asustada y tropezando con los muebles, baja la escalera y se pone en marcha Juanita aprieta el paso y la mamá, con un palmo de lengua fuera, corre también no sin pasar la pena negra entre tener que levantar el vestido y sujetar la toquilla, que quiere desprenderse de su raquítica moña.

Ya las tienen ustedes en el baile. Antes de entrar en el salón, doña Teodora se arriesga á hacer una pequeña observación á su hija:

—Procura levantar la cola cuando bailes, le dice en voz baja; pero Juanita no la oye siquiera: acaba de distinguir á Timoteo, su novio, que la sonríe desde un ángulo del salón, y la infeliz mamá se convence de la esterilidad de sus advertencias.

Dejemos á la mamá en el baile y aprovechando un sueño profundo que le acomete una hora después de tomar asiento, hagamos punto fínal.

La mamá, lectores míos, es un tipo de los que se puede sacar gran partido. Cada acto de su vida es un asunto magno para un artículo de costumbres.

¡Lástima que mi pluma sea tan poco chispeante!

Luis TABOADA.

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