Ciencia y Vida.

Álbum Salón. 9 de enero de 1898

Ciencia y Vida.

No ha existido ni existe hombre tan sabio como el doctor López: cuanto encierra la ciencia en sus más recónditos archivos le era tan familiar como al avaro su tesoro. ¿Qué suceso próximo ó remoto, transcendental ó insignificante se escapaba á su penetración histórica? Dijérase que había vivido en la edad de piedra; tan bien conocía hasta los más insignificantes pormenores de la existencia troglodita; lo mismo recitaba él los nombres de los reyes de las dinastías egipcias que los niños de nuestras escuelas los de los monarcas visigodos; leía de corrido la escritura cuneiforme y la jeroglífica, la sánscrita y la hebrea; hablaba y escribía en griego como Hornero y Tucídides, en latín como Virgilio ó Cicerón, en toscano como Dante, en alemán como Goethe, en inglés como Hyron, en francés como Fenelon, en castellano como Cervantes. Su filosofía era el resumen sintético, y además purgado de todo error, de cuanto han adivinado los más grandes pensadores desde Platón hasta Kant y desde Hegel hasta Herbert Spencer. La Place, Leverrier y el P. Sechi eran, comparados con él, medianos astrónomos. Sabía cuanto se puede saber, y algo más, de los tres reinos de la Naturaleza. Hizo en Química no sé cuántos descubrimientos, y realizó en Mecánica verdaderas maravillas. En su cerebro se encerraban más conocimientos que en la más copiosa biblioteca. No sólo se había asomado á todas las ciencias sino que en todas ellas había penetrado ni más ni menos que Pedro por su casa. Si á algún hombre pudiera dársele con verdad el nombre de «rey de la creación», era á aquel doctor, joven aún, de rostro pálido, de ojos tristes y apagados, frente calva y cuerpo enfermizo.

Inútil es decir que en su alma, ocupada toda por la ciencia, jamás hicieron su nido las ilusiones. Trataba siempre de averiguar lo que era la cosa en sí y despreciaba las apariencias; detestaba el arte, que era, según él, una engañosa cobertura. Ni le entusiasmaba la virtud ni le indignaba el crimen: crímenes y virtudes eran para él simples productos «como el vitriolo y el azúcar». Ni el héroe merecía premio, ni el delincuente castigo. Nada de amor, nada de repulsión: conformidad pasiva ante todo lo que existe. Lo que es, debe ser: la lógica es la ley del Universo. Los espíritus superficiales se sorprenden del fenómeno porque ignoran sus causas; son como los salvajes á quienes aterrorizan los eclipses porque ignoran las leyes á que están sometidos los cuerpos celestes. En cambio, los hombres superiores de nada se sorprenden, todo lo perdonan, porque todo lo comprenden y todo se lo explican.

El doctor López nunca había sido joven: su alma era como esas flores prensadas entre las hojas de los libros. En la edad en que otros niños juegan á la peonza ó al marro, López aprovechaba las horas de recreo resolviendo problemas de matemáticas. Pasó los días de su adolescencia en los anfiteatros de Medicina, en los laboratorios, en las bibliotecas y en las archivos. Antes de cumplir los diecisiete años había publicado obras magistrales, y aun estaba su rostro virgen de la navaja del barbero, y había ya derrotado en ruidosa polémica teológica á dos obispos y no sé cuántos doctores.

Desconocía en absoluto los goces del amor. El sentido de esta palabra era una incógnita que nunca había tratado de resolver. Casto como un anacoreta, indiferente á la belleza femenil, hubiérase creído que no era hijo de mujer, sino una especie de homnneulus fabricado por arte mágico en la retorta de un alquimista.

Tocaba ya en las fronteras de la edad madura cuando un día…

Fue en lo más frondoso y escondido de un valle formado por dos altísimas montañas. Recorríalo el sabio á fin de comprobar no sé qué datos geológicos. Apenas le interesaba el hermoso paisaje que ante sus ojos se extendía. La contemplación desinteresada de lo bello es una de las formas del amor, y nada que al amor se semejase había en el corazón de López. ¿Qué le importaba la nieve virginal de las cumbres ni el verde esmeralda de los valles, ni los alegres caseríos diseminados por las laderas, ni los giros caprichosos de agua que espumosa y con ruido bajaba hasta lo más hondo del valle saltando de peña en peña? Lo que le tenía absorto y como en éxtasis eran unos cuantos pedruscos que sin duda debían de revelarle hondos secretos geológicos.

paraciencia3bDe repente, al levantar la vista vio surgir en la desembocadura de una cañada una mujer deslumbrante de hermosura y de sana belleza. Tendría la hermosa como veinte años y eran negros y rasgados sus ojos, obscuros y abundantes sus cabellos, encendida como fresa madura la boca y morena y aterciopelada la epidermis de sus mejillas. Sus bien contorneadas caderas, su alto y duro pecho y el nacimiento de su pierna, hacían pensar en la mujer de seno fecundo, destinada por Dios á ser manantial de innumerables existencias sanas y fuertes.

El sabio al verla dejó caer las piedras que un momento antes ocupaban toda su atención. Un estremecimiento para él desconocido circuló como una corriente eléctrica por todas las fibras de su ser. Ella, por su parte, le miraba con desdeñosa curiosidad. La diferencia entre ambos no podía ser mayor: ella era la juventud, la salud, la personificación de la alegría de vivir; él, la imagen de la decadencia física; ella parecía el comienzo de una raza; él, el vástago raquítico de una generación agotada.

La joven, después de mirar breves instantes al sabio, le volvió la espalda y emprendió su camino al través del valle.

—¡Detente!—gritó el hombre.

—¿Qué quieres?—dijo la hermosa.

El doctor López, vaciló un momento; circulaba por sus venas extraño fuego, nueva vida invadía todo su ser y le pareció que una primavera espléndida había brotado en torno sayo.

—Oyeme—dijo con voz temblorosa,—Hace un momento estaba ciego: te he visto y se ha hecho la luz en mi alma. Tú que eres la causa de lo que pasa en mí, dime, ¿dime qué es este deslumbramiento, este fuego que me quema, esta sed de mirarte?…

La joven lanzó una alegre carcajada que los montes lejanos repitieron.

—No te burles. Dime, ¿es acaso amor esto que siento?

—¡Amor!… No; tú no puedes sentir amor; tus ojos están apagados, tu frente se inclina hacia la tierra. ¿Cómo sostendrías en tus débiles brazos á la mujer amada para salvar los precipicios de estos montes? ¿Cómo la defenderías? ¡Si tú conocieras al amado de mi corazón! Pregunta por los caseríos de estos valles: alto como los pinos de las cumbres, recio como los robles de esas laderas. De fuego son sus ojos y de mieles sus labios. ¿Quién le aventaja en la carrera? ¿Quién derriba a los toros bravos con más brío? A su lado, aunque la tempestad remueva esos peñascos y el vendaval doble como cañas esas encinas y ahulle el lobo entre esos matorrales, yo duermo tranquila.

—Escucha. Hay una fuerza mil veces más poderosa que la fuerza de los brazos: la fuerza de la inteligencia. Me crees débil: te engañas. Con sólo quererlo yo, verías volar esas peñas hechas pedazos; con el agua que corre tranquilamente por ese cauce puedo hacer maravillas que te colmarían de asombro. Cuanto existe me obedece. Con mi mano que tú crees tan débil sujeto yo los rayos del cielo…

—¡Vete!

—En mi alma hay tesoros de ternura que tú desconoces. Te descubriré mundos de ideas y mundos de sentimientos. Yo te explicaré en virtud de que misterio te deleita el aroma de las flores.

—Me basta con disfrutar de su perfume.

—Te haré leer en el cielo azul como en un libro de clara escritura.

—Me basta con que las estrellas brillen en mis noches de amor.

—Te mostraré cuantos tesoros encierra la tierra y el mar.

—Y que me importan á mí tus tesoros. ¿Por ventura has logrado tú con todo eso impedir que los cabellos huyan de tu frente, que tus ojos pierdan su brillo, que tu cuerpo se consuma. Mírate en el agua de ese arroyo… ¡Tu ciencia, tu sabiduría! Guárdatelos y déjame en mi ignorancia. Quiero gozar de mi juventud; quiero vivir. Vete; tu mundo no es este.

— ¡Te amo! —gritó el sabio extendiendo sus brazos hacia la joven.

—Miróle ella con supremo desprecio y después lanzó un grito. Saltando de peña en peña fuerte y ágil apareció un hombre.

paraciencia5—¡Es él! —gritó, y corrió á su encuentro. La enamorada pareja se alejó lentamente mirando de cuando en cuando con lástima burlona al pobre sabio, que después de un largo rato de penosa meditación lanzó un suspiro y recogió los pedruscos caídos en la orilla del arroyo cuyas aguas parecían estremecerse de gozo por haber tenido entre sus cristales la imagen de la hermosa.

ZEDA

Ilustraciones de J. CUCHY

Anuncios

Un pensamiento en “Ciencia y Vida.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s