NURMAHAL (primera parte)

La ilustración artística. 30 de noviembre de 1891.

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NURMAHAL (primera parte)

Tendido en su barca de corteza, que abandonaba al capricho de las aguas, sueltos los remos Djami contemplaba perezosamente las estrellas.

El cielo parecía un pabellón de seda de color azul obscuro sembrado de diamantes, y la luz fundida de todos esos astros comunicaba suave transparencia á aquella noche sin luna. A la orilla del río, sereno y apacible, elevábase la gran torre del palacio de Abú-Saíd; á su alrededor se alzaban las casas de la ciudad, en donde reinaba profundo silencio, y así éstas como la torre, sonrosadas y alegres cuando las iluminaba la luz del sol, destacaban en las tinieblas de la noche su formidable mole oscura, semejante al cuerpo de un monstruo oculto en las altas hierbas, con su maciza cabeza erguida y vagamente amenazadora, con su cara enorme perforada por dos puntos luminosos que parecían sangrientas pupilas.

Djami acababa de pasar por delante de aquella torre, cuando le interrumpió de pronto en su contemplación un rumor que oyó á corta distancia detrás de sí, semejante al que producen las aguas cuando se entreabren por la caída de algún cuerpo. Incorporóse con rápido movimiento, empuñó los remos, hizo virar bruscamente la barca, y dirigióse al sitio donde acababan de romperse los círculos del agua, por un momento revuelta.

Inmóvil, con la mano en los remos y el cuello tendido, Djami interrogaba la oscura superficie de la corriente, que tranquila otra vez se deslizaba entre sus islotes de hierbas y de arena y bajo las copas de los grandes árboles de la orilla. Su vista, acostumbrada á las tinieblas, distinguía la redondez de las hojas que reposaban sobre el agua muerta, las ramas secas retenidas en las márgenes y acá y allá las manchas pálidas de los grandes nelumbos.

Muy pronto vio lo que buscaba; entre las cañas que rozaban su barquilla, la proa de ésta chocaba contra una forma confusa, sumergida en parte; alargó la mano, tocó y cogió un espeso tejido que atrajo hacia sí con fuerza: era un tapiz, arrollado al parecer precipitadamente alrededor del cuerpo de una mujer.

El barquero, pálido y tembloroso, prestó atento oído, mirando á todas partes, pues tal vez algunos ojos le espiaban en la obscuridad. ¿De qué casa, de qué terrado había caído aquel envoltorio? ¿Qué crimen se acababa de cometer? ¿Qué venganza se había satisfecho? Todas estas preguntas cruzaron en un segundo por la mente de Djami, y muy pronto adoptó una resolución: saltó al agua, levantó en sus brazos á la mujer, envuelta en los pliegues del tejido empapado en agua, y la echó en el fondo de su embarcación.

Después comenzó á remar vigorosamente, y muy pronto su barca penetró rápida como una flecha en el grupo de árboles donde tenía Djami su cabaña.

Una vez allí cogió de nuevo á la que acababa de salvar, abrió con el pie la puerta, y depositó sobre la esterilla aquel cuerpo chorreando agua. Encendida al punto la luz, vio que tenía ante sí una joven de maravillosa belleza; sus pálidas facciones, en parte ocultas por el oro de su cabello, conservaban una expresión de súplica y de espanto, y debajo del seno derecho veíase una ligera línea circuída de un poco de espuma sonrosada. ¿Estaría muerta? Tal vez no, porque un rayo de vida parecía emanar aún de aquellas formas puras, y hubiérase dicho que un soplo de ella reanimaba aquellos párpados cerrados, aquella boca entreabierta como una pálida flor de la eglantina.

Djami se inclinó, aplicó sus labios á la estrecha herida, hizo una lenta aspiración, incorporóse luego, y vió con alegría que la sangre comenzaba á correr.

A los pocos momentos, libre de aquella sangre que la sofocaba, la mujer dejó escapar un débil gemido, dilatóse su pecho, y un estremecimiento recorrió su cuerpo. ¡Respiraba, vivía!

Sus ojos se abrieron lentamente, animados de lánguida expresión, y fijáronse en su salvador; sin duda iba á decir algo; pero Djami, arrojando sobre ella un manto de lana, hizo un ademán para imponerla silencio.

No hables… dijo, nada tienes que temer; ya estás salvada.

La mujer cerró los ojos, confiada, tranquila, y un suave suspiro se escapó de sus labios.

Djami no era solamente poeta y observador de las estrellas, sino que también conocía los secretos de la naturaleza… Con mano delicada, con minuciosas precauciones, curó la herida; abrigó á la mujer envolviéndola en finas telas, ligeras como el plumón del ave, y cuando la contempló dormida y recobrado el color, pudo observar cuan hermosa era…

Y extasiado en aquella adoración de la belleza, permaneció inmóvil hasta que los primeros albores de la aurora tiñeron el cielo sobre la línea sombría de los bosques.

Transcurrieron varios días sin que la desconocida hablase y sin que Djami osase interrogarla. Iba y venía de un lado á otro, casi restablecida, aunque débil todavía, con su sonrisa melancólica y su dulce mirar; servía al poeta, preparaba sus comidas; y cuando Djami se entretenía demasiado á la orilla del agua para observar la gravitación de las estrellas nacientes, iba á buscarle, tocábale con un dedo en el hombro, y cogiéndole de la mano le conducía a su vivienda.

Al cabo de diez días, y durante uno de esos ratos de aislamiento en que el poeta leía en el libro del cielo ó en el de su pensamiento, la joven llegó, según su costumbre, y Djami sintió que su mano tocaba la suya; mas en vez de levantarse dócilmente y seguirla, díjole:

¡Quédate!

Y como ella le mirase con asombro, hízole sentar á su lado, y después de contemplarla detenidamente, mientras alrededor de ellos se extendían las sombras, comenzó á decirle cosas que durante aquellos diez días se habían ido acumulando en el secreto de su alma.

Escucha, dijo, yo no quería revelarte desde luego que te amo, y precisamente

es la primera cosa que te confieso. El amor nos encadena de pies y manos, sella los labios y los ojos, hace que dejemos de ser lo que somos, y siempre le he temido como á un ladrón que viene á robarnos, no solamente nuestros tesoros, sino también la voluntad, la independencia, la razón y la alegría, proporcionándonos tan sólo en cambio un ligero goce. Yo había jurado sustraerme á su dominio y no amar más que la poesía, la ciencia de los astros, la contemplación de lo infinito y el placer de saborear el vino de Schiraz, que vale tanto como todas las riquezas y todas las glorias; pero el amor se ha presentado en la radiación de tus ojos, y de pronto he comprendido que resistencia y razón eran inútiles, y que no había embriaguez más dulce que la de estar poseído de él. Los versos me enojan, los astros son opacos, lo infinito es lúgubre y el vino de Schiraz no es más que agua insípida si no tengo amor. He pensado, pues, que debía decirte que te amaba, á fin de que devuelvas el brillo, la luz, el perfume y el sabor á todo cuanto me hacía feliz, diciéndome que me correspondes.

La joven había escuchado atenta, y por un instante guardó silencio, como inquieta de lo que iba á contestar; pero al fin habló, cediendo á la muda súplica de las miradas de su amigo.

Yo te amo, Djami, dijo, mas no como tú quisieras ser amado. Si algún hermano me fuese querido, si yo pudiese venerar y honrar á un amo, seguramente serías tú. Yo seré tu hermana, tu criada, tu esclava, si así lo quieres; pero no me pidas nada más.

¿Quién eres tú, pues; tú que te entregas así, sin entregarte; tú que renuncias al amor sin conocerle?…

¿Sin conocerle?… ¡Ah!, exclamó la joven, como poseída de un sentimiento doloroso.

Djami la miró esperando sin duda una confidencia, puesto que era necesario renunciar á una confesión amorosa; pero cerrando sus labios volvió á su impenetrable

mutismo.

Djami vacilaba, temblaba; pero procurando dominarse le preguntó;

¿Quién eres? ¿De dónde vienes? Ni siquiera te he preguntado cuál es tu nombre.

Dame el que quieras; yo no tengo ninguno propio.

¿No quieres decirme por lo menos de qué venganza has sido objeto ó qué crimen se ha cometido contigo?

Sé bienhechor como un Dios, contestó la joven, uniendo sus manos en ademán de súplica; respeta mí secreto; y si hay alguno á quien debo maldecir, no me preguntes su nombre.

Y andando lentamente, volvió á la cabaña de Djami.

Desde aquel día no se cruzó entre ellos una sola palabra que recordase lo que acababan de hablar.

Djami volvió á observar su género de vida ordinaria, procurando curarse de su amor, y viósele de nuevo dondequiera que había vino de Schiraz que beber en buena compañía, y dondequiera que jóvenes de expresivos ojos bailaban para entretener las horas. Compuso versos que se cantaron en las plazas públicas; descubrió en el cielo una nueva estrella, cuyo curso pudo observar; y continuó vagando de noche por el río en su barca de corteza, sin pensar en nada, lo cual es la perfección de la filosofía.

En cuanto á la joven, seguía viviendo en la cabaña del poeta, en medio de su retiro de verdura; preparaba el arroz, y como buena y silenciosa criada, desempeñaba su humilde y pesada tarea cotidiana. Algunas veces, llegada la noche, y cuando estaba sola, iba á sentarse en el umbral de la puerta, y desde allí dirigía su mirada á la alta torre de Abú-Saíd, cuya negra sombra destacaba sobre las purpúreas tintas del sol poniente.

Y bajo las sedas de sus largas pestañas, sus párpados se enrojecían á veces como si quisieran saltársele las lágrimas.

En una de las salas de la alta torre, cuyas bóvedas se componían de millares de celdillas de oro, de azur y de cinabrio, semejantes á nidos de abejas, el muy glorioso Abú-Saíd reposaba perezosamente, entre cojines ricamente bordados, sobre alfombras persas de preciosos colores. El intendente de palacio, con su legión de servidores y de esclavos, daba órdenes para que se le sirvieran en platos de fina porcelana – pues el Profeta condena el uso de las bandejas de plata y oro – los más delicados manjares contenidos en cofrecillos de cedro sellado con el sello del intendente, y cubiertos de un fino paño de casimir; en el acto de presentárselos, el mayordomo rompía el sello y ofrecía á su señor el manjar descubierto.

Pero algunas veces Abú-Saíd rechazaba con expresión de hastío, y en ocasiones

brutalmente, al cortesano que se arrodillaba para servirle, y sólo de cuando en cuando refrescaba sus labios en el hielo de un sorbete de frutas que le presentaban en una copa de cristal. Los familiares que le rodeaban mirábanle consternados, porque hacía algunos días que sus ojos revelaban una melancolía profunda, cuando no tenían una expresión feroz, cual si el soberano quisiera vengarse en todos los hombres de un secreto sufrimiento; en este último caso subía á la plataforma de la torre, mandaba que le llevasen su arco y sus largas flechas, y durante todo el día las disparaba contra los transeúntes.

Muchos hombres habían caído ya heridos ó muertos; de modo que los habitantes dejaron de pasar por las calles inmediatas al palacio, ó bien lo hacían arrimados á los muros y agachándose como fieras á la vista del cazador. La ciudad parecía muerta en las cercanías de la negra torre.

Aquella mañana, la luz de un sol magnífico reflejábase en la blancura de las casas, y sus rayos comunicaban un brillo deslumbrador á las porcelanas esmaltadas de vivos colores. Abú-Saíd salió de la sala del festín y subió al terrado, donde, como en la víspera y los días anteriores, sentóse sobre unas esterillas delante de la ventana, con el arco sobre las rodillas y una flecha en la cuerda, como cazador al acecho. Los que le habían seguido contemplábanle con espanto, dirigiéndose mutuamente miradas de terror.

Abú-Saíd, con la mirada perdida en el inmutable azur, esperaba.

Así transcurrió una hora en lúgubre silencio: al pie de la torre no se movía nada; en el desierto silencioso de las angostas calles veíase tan sólo á veces á lo largo algún perro flaco como un chacal, que parecía ir en busca de su presa.

Al fin apareció un hombre en la esquina de la calle; mas en vez de ocultarse avanzaba con paso indolente, en plena luz y al parecer muy contento: sin duda ignoraba que allí llovían las flechas mortales de su señor.

Abú-Saíd tendió lentamente la cuerda de su arco y disparó.

La multitud de cortesanos dejó escapar un grito de admiración, exclamando:

¡El hombre ha caído!

A una señal de Abú-Saíd, la turba de los familiares bajó precipitadamente.

El hombre había caído, en efecto, junto al umbral de una puerta, con la cabeza suavemente apoyada sobre la piedra; encima de él, en el marco de madera, vibraba aún la flecha del taciturno, soberano. Empujaron al hombre, que no perdía sangre alguna, y que, si bien aletargado, sonreía con dulzura.

Evidentemente no estaba muerto y acaso no sospechaba nada. ¿Cómo confesar al terrible Abú-Saíd que su flecha no había dado en el blanco? Mientras que poseídos de la mayor inquietud los cortesanos celebraban consejo, Abú-Saíd, que los miraba desde lo alto de la torre, adivinando su vacilación, envió un esclavo para ordenarles que volvieran con su presa.

Acto continuo pusieron al hombre en pie; mas como pareciese andar difícilmente, aunque no estaba herido, dos servidores le cogieron en hombros y condujéronle á presencia de Abú-Saíd.

¿Quién eres?, preguntó el real arquero.

¿Y tú, quién eres, contestó el hombre, sonriendo familiarmente.

Los cortesanos se estremecieron, pareciéndoles ver ya la cabeza del atrevido rodar por el suelo; pero Abú-Saíd estaba cansado tal vez de su largo silencio y quizás le sorprendió también la actitud del hombre que tenía delante en una postura indolente, balanceando el cuerpo á compás, con los ojos brillantes como estrellas, revelando un éxtasis que le pareció muy singular.

¿Ignoras tú, le dijo, quien es Abú-Saíd?

Nuestro señor, contestó el hombre, el más glorioso, el más rico soberano de todos aquellos que ensalzan el nombre de Alá y observan la ley de su Profeta. En este momento no conozco más que un hombre superior á él.

¿Quién es?

—¡Yo!

Entre los cortesanos circuló un murmullo de terror.

¡Dime tu nombre!

Djami, el que cuenta las estrellas.

Por primera vez, desde hacía muchos días, una ligera sonrisa animó el rostro hasta entonces impenetrable de Abú-Saíd. Aquel loco, aquel transeúnte iluminaba evidentemente su alma obscura con una luz que no habían podido proporcionarle las chocarrerías de sus bufones ni los relatos de sus historiógrafos.

Tú tienes un palacio, continuó tranquilamente Djami, y yo no poseo más que una cabaña; pero en ésta hay una puerta que conduce á jardines magníficos, donde resplandecen todos los tesoros imaginables, donde las mujeres más hermosas se postran á mis pies y donde un pueblo de esclavos se inclina ante mí.

¿Dónde está ese reino?

Ven y lo sabrás.

¿Adonde quieres que vaya?

A la cabana de Djami; todo el mundo la conoce; pero si quieres entrar en el maravilloso jardín, has de ir solo.

Abú-Saíd sonrió de nuevo, calmándoles con un ademán.

Iré, dijo simplemente.

Y Djami se retiró, conducido hasta las puertas del palacio con las consideraciones debidas á un mágico que ha convertido repentinamente en dulzura de

cordero el furor sanguinario de un tigre.

El poeta andaba con el mismo paso acompasado, y si Abú-Saíd no hubiera sido tan severo observador de la ley del profeta, ó tan aficionado á los sorbetes y al agua helada, habría podido reconocer que Djami estaba ebrio; pero poseído de esa dulce embriaguez que comunica alas al espíritu, y que se encuentra en el fondo de las copas donde chispea el vino Schiraz, tan armoniosamente cantado por el poeta Hafiz.

Y mientras Djami andaba á través de la ligera nube que producían á su alrededor los vapores del precioso vino, pensaba sin embargo que acababa de hacer al rey de los reyes una promesa muy imprudente. Pero era joven, y jugaba su vida por una bravata, sin pensar en lo demás.

Al pasar por el mercado, Djami compró varios frutos, un trozo de cordero y algunos pajarillos de carné delicada; y volviendo á su vivienda alegre y risueño, dijo simplemente á su esclava voluntaria, á quien llamaba Durgha:

Toma, hermana, ahí tienes con qué preparar sabrosa cena para un convidado á quien espero.

Djami se había serenado ya del todo, y con ánimo firme reflexionaba sobre las consecuencias de su audacia. Sin dirigirle la menor pregunta, Durgha puso manos á la obra con él: coció el cordero bajo unas piedras entre dos fuegos; puso los pajarillos ligeramente envueltos en hojas de vid en el asador, colocado sobre un lecho de hierbas odoríferas, y con los frutos formó pirámides en fuentes de cobre adornadas de finos arabescos.

Djami colocó después sobre la mesa, con religioso respeto, varias botellas de cristal, de cuello largo, en las cuales brillaba un vino de color de topacio, que fué á buscar á su pequeña bodega. Hecho esto, dijo á la joven:

Ahora puedes retirarte, no te necesitaré.

¿A quién esperas?

A un hombre á quien me alegraría mucho no conocer; al sultán Abú-Saíd.

Durgha palideció, y sin pronunciar palabra alejóse lentamente.

Louis Gallet

TRADUCIDO POR E. L. VERNEUIL

(Se continuará)

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