NURMAHAL (conclusión)

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NURMAHAL (conclusión)

Un instante después, Abú-Saíd apareció en la puerta de la cabaña.

Al verle, Djami se inclinó, pero sin humildad; con la cortesía propia de un rey que recibe á uno de sus semejantes.

¡Que la bendición de Alá sea contigo!, dijo Abú-Saíd.

Señor, yo te saludo, contestó simplemente el poeta.

Y los dos entraron en la reducida sala donde estaba puesta la mesa.

Antes de sentarte, dijo Djami á su huésped, júrame que no me harás ninguna pregunta, y que no rechazarás cualquier manjar ó bebida que te presente.

A mi vez te juro que quiero proporcionarte bienestar y placer. Si conoces á los hombres, mira bien mis ojos y leerás en ellos mi sinceridad.

Te juro que haré cuanto quieras para entrar en los jardines encantados que te jactas de poseer; pero también juro que si me has engañado con vanas promesas mandaré que te corten la cabeza ó te entierren hasta los hombros, para que las moscas se introduzcan en tu boca y devoren tu lengua mentirosa. Mira bien mis ojos y leerás en ellos mi resolución.

¡Cenemos, pues!, repuso temblando el poeta, pero con tono indiferente.

Con sus manos pálidas y finas, verdaderas manos de mujer, el sultán desgarraba la carne asada y sabrosa del cordero, hincando en ella sus agudos y blancos dientes; hacía crujir los pajarillos perfumados, y de vez en cuando, sin decir nada, alargaba su copa, que Djaini, risueño, llenaba al punto de vino de Schiraz.

Abú Saíd no bebía nunca vino; pero como había jurado á Djami no preguntarle nada y aceptar dócilmente cuanto le presentase, bebía sin tasa, aunque conociendo que hacía una cosa prohibida por el santo Profeta.

Y á medida que seguía bebiendo, sentía en todo su ser un bienestar que no había conocido nunca, y con el contenido de su copa un dulce calor circulaba desde sus labios al corazón y desde éste á las entrañas, elevándose hasta su cerebro los vapores embriagadores que partían de aquel foco interior; sus ojos se cerraban dulcemente, sus ademanes languidecían, y cuando Djami le presentó el primer canastillo lleno de frutas y bizcochos, apenas podía ya sostener la copa. Djami seguía sonriendo y su corazón se tranquilizaba, pareciéndole que no le cortarían ya la cabeza ni las moscas devorarían su lengua.

De pronto levantóse para ir á descorrer la esterilla que hacía las veces de puerta de la cabaña, y dijo atrevidamente al sultán:

¡Mira! Ahí tienes la entrada de mis jardines.

Lo que entonces vio Abú-Saíd parecióle el más deslumbrador espectáculo.

En todo el espacio que la vista podía alcanzar veíanse grandes árboles cargados de flores y de frutas, balanceándose á impulsos de una ligera brisa, semejantes á frescos ramos que exhalaran un suave y embriagador perfume; entre ellos deslizábanse aguas cristalinas que comunicaban frescura al ambiente; en los aires oíanse las notas melódicas del canto de las avecillas; un camino iluminado por la luz de la luna conducía desde la cabaña á la orilla del río, y más allá se veían millares de lucecitas temblorosas sobre la superficie del agua…

¡Cuan hermoso espectáculo!, murmuró el sultán con acento conmovido.

Sí, contestó el poeta, y sin embargo no es nada, porque todo eso cambiará en un instante, los fulgores se apagarán, la sombra será más misteriosa, y entonces comprenderás mejor el encanto de esta hora.

¿Dónde estoy?, preguntó Abú-Saíd con voz temblorosa.

Estás en la vivienda de Djami, el que cuenta las estrellas, y cuanto ves no es sino la realidad, que tú mismo revistes con todos los colores del sueño, pues lo que yo he querido probarte ¡oh rey! es que ninguno iguala en riqueza ni en poderío al que puede, como tú en este momento, con el espíritu tranquilo y el corazón libre, contemplar la tierra cubierta de verdura y el agua que brilla á la mágica claridad de la luna, mientras saboreas el verdadero vino de Schiraz.

¡Vino!, exclamó débilmente Abú-Saíd, cuya conciencia obscura pareció despertar y rebelarse de pronto.

Ciertamente, contestó Djami. Si quieres que pague con la vida la falta que te hice cometer, ¿cómo me pagarás tú la dulzura de que te hago disfrutar?

Y como el sultán no contestase nada, Djami se levantó otra vez y dijo:

¡Espera! Sólo has visto la tierra y voy á buscar con qué abrirte el cielo.

Abú-Saíd quedó solo un instante, mientras Djami revolvía la arena de su bodega para buscar una nueva botella que cuidadosamente reservaba.

nurmahal3bDe pronto, y como siguiese mirando á través del cuadro luminoso de la puerta, percibió junto á él un roce entre las cañas, y al volver la vista hacia el sitio de donde provenía el rumor, lanzó un grito terrible y quiso levantarse; pero sus piernas entorpecidas se negaron á sostenerle. Ante él, en el marco de la puerta, junto al camino luminoso, acababa de distinguir una blanca forma de mujer; dos ojos de mirada profunda y triste se habían encontrado con los suyos, desvaneciéndose después la visión como nube vaporosa.

Djami acudió presuroso por haber oído el grito de Abú-Saíd.

¿Qué ocurre, soberano señor?, preguntóle.

¡Allí, allí… esa mujer! ¿No la has visto tú?

Seguramente; es Durgha, mi hermana.

—¡No… no es Durgha! ¡Es la que yo maté!

Un estremecimiento nervioso agitaba todo el cuerpo de Abú-Saíd, sus dientes castañeteaban, y parecía que de sus labios brotaba sangre.

¡Durgha!, murmuró… ¡No, no; es Nurmahal… Sí, Nurmahal!

Y algunas lágrimas ardientes deslizáronse por sus pálidas mejillas.

Escucha, Djami: tú eres el único que ha podido arrancarme del estado en que me hallaba, y sólo á ti descubriré mi secreto. No quiero saber por qué misterio me revelas lo invisible, y si la que acabo de ver ahí está viva, por qué extraño poder ha revestido de pronto las facciones de aquella que yo maté… ¡Yo amaba, adoraba á esa Nurmahal! Su rostro tenía la belleza pura de un cielo de primavera; sus labios suaves eran la copa en que los míos apuraban el vino celestial del amor; en sus ojos veía los colores cambiantes del mar profundo y en su cabello dorado parecía que brillaban estrellas cuando con ligero movimiento dejaba caer sobre sus blancos hombros las espesas trenzas. Ahora la busco en palacio; todos se preguntan sobre su suerte, y nadie osa sospechar la verdadera causa de mi amargo dolor… ¿Sabes tú, Djami, por qué odio al mundo entero, por qué hiero con mis flechas á cuantos pasan por la calle y por qué quisiera que se hundieran el cielo y la tierra y sucumbiesen todos los hombres, incluso yo, á una señal mía? Porque en un momento de feroces celos, creyendo leer en los ojos de Nurmahal una mirada de ternura para uno de mis nobles servidores, la conduje á lo más alto de la torre durante la noche, y una vez allí, hallándonos solos, la acusé, la juzgue y la herí sin querer escucharla. Cubierta de sangre, arrodillada en el tapiz en que la veía á mis pies, alargando sus hermosos brazos para implorar mi gracia, arrójela en el agua profunda sin vacilar, sin compasión, porque estaba ciego y loco. ¡Ah! ¡Mira,., ya la veo!

No, allí no hay nadie, te lo aseguro.

¡Entonces era un espectro!

¡Pues bien; bebe un poco más de ese vino y verás cómo se desvanecen los espectros, reapareciendo las imágenes risueñas!

Abú-Saíd obedeció, y de nuevo sonrosadas nubes eleváronse á su alrededor.

Y con los ojos cerrados, en delicioso éxtasis, vio surgir un mundo nuevo de las obscuras profundidades; palacios aéreos y ligeros como una telaraña; jardines sombríos llenos de fuentes cristalinas; y entre aquellas arquitecturas maravillosas, entre aquellas frondosidades gigantescas y por senderos cubiertos de musgo, donde el rocío sembraba perlas y donde los escarabajos encendían sus esmeraldas vivientes, vio pasar muchas mujeres, semejantes todas á Nurmahal.

Contemplábala bajo estas mil formas, y ella, siempre risueña, también le miraba. Abú-Saíd no recordaba ya el asesinato consumado; un desfallecimiento agradable manteníale cautivo ante aquella mujer.

Al ver al sultán dormido, Djami salió corriendo de la cabaña.

Durgha parecía esperarle, turbada y atenta.

¡Imprudente!, la dijo. ¿Por qué me has ocultado tu nombre? ¿Por qué no me has dicho nada para que pudiera evitarte este terrible encuentro; pero ya te ha visto, reconocido y nombrado. ¡Eres Nurmahal!

Durgha lloraba.

Comprendo que su presencia te espante, continuó Djami; pero en vez de llorar, aléjate. ¿Qué creerá y qué hará si te encuentra aquí? ¡Huye del peligro!

—¡No!, contestó Nurmahal resueltamente.

Pues entonces voy á matarle. ¿No es eso lo que tú quieres?

Nurmahal se precipitó sobre Djami y arrancóle de la mano el cuchillo.

—¡Déjame, exclamó, y vete! ¡No vuelvas hasta el amanecer!

Jamás había hablado la joven con tono tan imperioso, ni mirado á Djami con una expresión tan exaltada y altiva.

El poeta, pensativo, se dirigió lentamente hacia los árboles, mientras Nurmahal,

con el seno palpitante, penetró en la cabaña donde el sultán reposaba…

Cuando el sultán Abú-Saíd despertó, vio pasar ante él una sombra; una mano ligera dejó sobre la mesa una bandeja de metal, de la que se exhalaba el vapor odorífero del café, y al volver la cabeza, vio el rostro radiante de Nurmahal.

De un salto se puso en pie, dispuesto á lanzarse sobre ella; mas de pronto, tembloroso ante aquella mujer que sin turbación le miraba, exclamó:

¿Tú, Nurmahal?…

Señor, á vuestras órdenes, como mi hermano Djami.

¡Djami no es tu hermano!

¿Por qué había yo de engañarte?… ¡Por ventura no me conoces!

—¡Que no te conozco, Nurmahal!

¿Por qué repites ese nombre, extraño para mí? ¿Por qué me miras con cólera?

¡Tú amas á Djami!

Con decirte que es mi hermano, ya comprenderás qué amor hay entre ambos. Soberano señor, ¿á qué interrogarme tanto?

Abú-Saíd contempló largo rato á Nurmahal, que se sintió desfallecer bajo aquella mirada que la envolvía en ardiente caricia. El sultán dio un paso hacia ella y extendió la mano como para cogerla; pero una especie de temor instintivo le retuvo, y con voz turbada dijo:

—¡Tú eres Nurmahal, la que me amaba, á quien yo correspondía, la que maté!

Y como dudando aún, ansioso de saber la verdad, arrebatado y fogoso, precipitóse hacía ella, y mientras que con su poderoso brazo la tenía sujeta, casi desmayada, desgarró el fino tejido que cubría su seno, y en la carne desnuda buscó ávidamente la cicatriz de la herida que su mano infiriera en aquel cuerpo.

¡Ah!, exclamó con loca alegría, ¡tú eres, tú eres!

Nurmahal se arrodilló á sus pies, y presentóle humildemente el cuchillo que había arrancado de manos de Djami.

¡Sí, dijo, yo soy, Abú-Saíd! ¡Toma esta arma y hiere mejor ahora!

Al pronunciar estas palabras presentó el seno.

Pero en su mirada revelábase todo el amor que en su corazón se conservaba aún, todo el pesar acumulado en su alma desde la noche en que el sultán dudó de ella. Abú-Saíd la sostenía en sus brazos, estrechándola contra su pecho, como una madre á su hijo cuando teme que se le arrebaten; y murmuraba extasiado:

¡No me has maldecido! ¡Me amas, á pesar de todo, lo mismo que antes!

¡Oh, mi señor, más aún!

Como poseído de loco frenesí, el sultán la arrebató en sus brazos, y apenas cubierta con sus ropas rasgadas condújola á su barquilla.

Y entretanto, sentado bajo los árboles de la orilla del río, que la luna iluminaba con sus melancólicos rayos, Djami, el que contaba las estrellas, el bebedor de vino de Schiraz, cantaba distraídamente una de sus composiciones…

Aquel mismo día supo el desenlace de la aventura.

Abú-Saíd, que reinaba en Herat, le llamó y quiso retenerle en su corte, donde aquel que contaba las estrellas, aquel impertérrito bebedor de vino de Schiraz, perdió su locura con su juventud y llegó á ser el muy juicioso, el muy sabio y venerado Djami, aquel de quien los antiguos cronistas dicen que, cuando murió, cargado de años, la tierra cubierta de flores se abrió como perfumada concha para recibir tan rica perla.

Louis Gallet

TRADUCIDO POR E. L. VERNEUIL

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