La casa de campo

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El álbum ibero-americano. 7 de enero de 1900.

La casa de campo.

Por más que no me sean simpáticos los ingleses, hay que convenir en que constituyen un pueblo en extremo singular y extraordinario.

No había dicho in petto estas palabras Luciano de Ambleze con motivo de la guerra del Transvaal, sino con referencia á un anuncio que acababa de leer en la duodécima plana de un periódico de Londres.

Después de dar las noticias necesarias acerca del alquiler de una casa de campo, el tal anuncio añadía en letras grandes:

Sitio especialmente recomendado á los jóvenes solteros y ricos dominados por un deseo irresistible de suicidarse.

Laciauo de Ambleze no se hallaba en ese caso. Contaba treinta años, poseía una fortuna que le permitía vivir con grandes comodidades y no tenía más preocupación que la de no fastidiarse.

—¡Quiero averiguar lo que es eso!—exclamó Luciano después de haber leído por segunda vez el anuncio—y es preciso que conozca al propietario de esa casa.

Y aquel mismo día tomó el exprés París-Londres, gracias á lo cual, á las veinticuatro horas de haber visto el anuncio se hallaba en el sitio indicado para el alquiler de la casa de campo y en presencia del propietario de la finca.

En su traje y en su aspecto denotaba que pertenecía á la clase sacerdotal.

El pastor contestó en los siguientes términos á la primera pregunta de Luciano de Ambleze:

—Supongo que tratará usted de suicidarse. Quedará usted muy satisfecho al visitar mi casa. Es una verdadera maravilla. ¡Ya verá usted!…

Luciano no pudo ocultar su sorpresa al oír tales palabras.

—¿Es usted francés?—preguntó de pronto el pastor al forastero.

—Si, señor.

|—Pues en ese caso no puedo alquilarle á usted mi finca.

—¿Por qué razón? El anuncio recomienda la casa á los jóvenes solteros y ricos, sin especificar la nacionalidad. En cuanto á mí, puedo asegurar á usted que reúno las condiciones requeridas para el alquiler.

—¿Tiene usted los documentos necesarios para justificar la doble condición de ser soltero y rico?

—No, señor; pero estarán en mi poder dentro de muy poco tiempo, para demostrar á usted que no soy casado y que tengo cincuenta mil francos do renta. ¿No le parece á usted bastante?

—Sí, sí—contestó el pastor sonriéndose.

—Pues mientras espero mis certificados, enséñeme usted la casa, para que me cerciore de la verdad de cuanto usted me ha dicho.

Inmediatamente se procedió á la visita de la misteriosa casa de campo.

El propietario no había exagerado, pues las habitaciones estaban admirablemente preparadas para que en ellas se pudiese realizar todo género de suicidios.

Ante la casa había un profundo estanque, y las paredes de la sala principal estaban llenas de armas de todas clases, tanto blancas como de fuego. En el comedor había un armario que contenía una infinidad de frascos cuyas amenazadoras etiquetas anunciaban una rara colección de venenos. En otra sala había un brasero preparado para la asfixia, y en los techos de los dormitorios había ganchos de hierro que no esperaban más que la cuerda para ahorcarse.

—Tiene usted razón—dijo Luciano.—Estoy plenamente satisfecho y alquilo la casa. ¡Esto es admirable!…

—Procedamos con calma—contestó el pastor.—Ante todo, es preciso que conozca yo sus cualidades personales y que le imponga ciertas condiciones que quizás…

—Las acepto todas á ojos cerrados—interrumpió Luciano.

Después de una breve explicación, no las encontró demasiados duras. El precio era muy elevado y debía pagarse por adelantado, quedando á favor del propietario si en el plazo de ocho días, una vez transcurrido el primer mes, el inquilino no se había suicidado. Además, éste se comprometía, durante ese primer mes, á no cometer ninguna tentativa de suicidio y á hacer una vida reglamentada previamente por el pastor. En caso de suicidio sería nulo el alquiler y la casa quedaba á disposición del propietario.

—Ya veo lo que es—pensó Luciano.—Ese pastor es á un mismo tiempo un buen sacerdote y un buen comerciante. Durante un mes realiza cuanto puede para hacer desistir de sus propósitos al inquilino por medio de sus predicaciones y consejos. Una vez cumplido su deber para con Dios, no tiene inconveniente en realizar un buen negocio, ¡Son admirables estos ingleses!…

Pero mucho más admirables todavía de lo que pensaba Luciano de Ambleze, según verán nuestros lectores.

Al cabo de ocho días, provisto de los documentos que acreditaban su fortuna y su soltería, volvió á avistarse nuestro hombre con el pastor, pagó el precio estipulado y tomó posesión de la casa, resuelto á llevar el experimento hasta el fin, salvo el suicidio, con objeto de hacer hablar al pastor y conocer la historia de los anteriores inquilinos.

Lo primero que sorprendió á Luciano fue el encontrar la casa ocupada por cuatro preciosas jóvenes, la mayor de las cuales no había cumplido veinticinco años, y que fueron presentadas del siguiente modo por el pastor:

—Estas niñas son las encargadas de las varias formas de suicidio que aquí se practican. Esta proporciona las armas y carga los revólvers. Esta otra cuida del armario y de los venenos. Esta tiene á su cargo el cuidado del estanque y del brasero, y esta otra es la que proporciona las cuerdas para ahorcarse.

—¡Esto es encantador!—exclamó Luciano.

Pero si todo esto le había sorprendido, mayor asombro le causó el verlas sentadas después á la mesa, cuando el pastor le convidó á comer y le dijo:

—¡Son cuatro de mis hijas!

Luciano—iluminado repentinamente por un rayo de luz de su inteligencia— preguntó ansioso:

—¿Tiene usted otras?

— Sí: entre todas son catorce.

—¿Y las otras diez que no se hallan aquí, están casadas?

—Sí, señor—contestó el pastor sonriendo.

—¿Con quien?—preguntó Luciano.

—Con sus maridos.

—Sí. sí— repuso Luciano— ¿con jóvenes solterones y ricos, no es verdad?

El pastor se puso pálido. Las cuatro muchachas lanzaban tiernas miradas al inquilino, y una de ellas—la encargada de las cuerdas—le envió disimuladamente un beso con la mano.

Y Luciano tuvo la clara visión de lo que le esperaba y de lo que sin duda había ocurrido á sus predecesores que habían alquilado la casa: la coquetería de las niñas, el inquilino enamorado, la señorita comprometida, el proceso en perspectiva, el matrimonio, en fin…

Luciano se levantó de un salto, mientras el pastor murmuraba aterrado:

—¡Ya sabía yo que con un francés no me había de dar esto un buen resultado!

Pero el inquilino no se tomó ni siquiera el trabajo de contestarle ni de proclamar el triunfo de su sagacidad.

Tan sólo se ocupó de emprender la fuga, porque se sentía ya un tanto inclinado por la encargada de las cuerdas.

Y se contentó con echar á correr como un desesperado, repitiéndose in petto:

—¡Por más que no me sean simpáticos los ingleses, hay que convenir en que constituyen un pueblo muy singular y extraordinario!

Juan Richepin.

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