EL MANTÓN DE LA CONDESA

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La ilustración artística. 3 de agosto de 1891

EL MANTÓN DE LA CONDESA

Vaya que puede ser cierto, y mucho que lo creo, porque hay en América hembras capaces de hacerlo, y tocándoles el amor propio digo, y me atengo á varios ejemplos, que son capaces de inventar en casa del diablo lo que á un hombre jamás se le hubiera ocurrido.

Pinchen á una mujer americana en la negra honrilla y verán lo que salta: un ramalazo lleno de sal y pimienta que deja más pasado á quien lo recibe que si le fuesen taladrando el cuerpo con una aguja de enjalmar.

Antes de hablar de la condesa que reza el título, referiré un caso que por haber ocurrido en país distinto y entre mujeres de diferente carácter, prueba que para ciertas cosas todas las americanas tienen el propio temple y calzan los mismos puntos.

Cuando en el Perú no había aquellas hermosas líneas de ferrocarriles, aunque sí muchísimo más dinero del que hay ahora, iban las señoras desde la capital á los cercanos puntos de recreo y aun á los grandes viajes caballeras en sus magníficos caballos.

Chorrillos, que era para Lima el Badén, el Biarritz, el San Sebastián y la Granja, recibía en su seno á las hermosísimas mujeres que habían hecho de un pobre puertecito de pescadores la más elegante y fastuosa residencia veraniega que hubo en el mundo de Colón y que podía competir con las más famosas del continente viejo.

Entre las beldades que paseaban su lujo por Chorrillos había una que no gozaba fama de sobrado pulcra para su honra, y aunque de buena familia y mujer derrochadora, motivo más que suficiente para ser admirada, mostrábanse reacias las señoras en tratarla, siquiera fuese porque en casa de la tal pasaban alegremente el rato sus maridos y sus amantes. Salió de Lima la hermosa, á quien llamaremos Isabel por llamarle algo, y jinete en un corcel que valía mil pesos, con más oro y más plata en estribo, freno y montura que la que hace falta para comer un año en casa de un pobre, encaminóse á su rancho del aristocrático Chorrillos, seguida de un choloy buen mozo, sirviente montado á guisa de vieja castellana que lleva criado de confianza á retaguardia.

Llegó Isabel al Barranco y echó pie á tierra en un sitio que parecía obligado apeadero de mujeres hermosas, á tiempo que una dama muy principal y de las que más volvían la cara cuando la tropezaba de frente ajustaba con una india una cesta de magníficas uvas. Eran las primeras del año y la india pedía dos pesos por la cestada.

Te doy uno, dijo la dama.

No puede ser mamai, respondió la vendedora.

Pues son muy caras y no las quiero, repuso la dama disponiéndose á volver á montar ayudada por su criado.

Isabel, que había oído el regateo, adelantóse con gran empaque, y dirigiendo una desdeñosa mirada á la señora regatona, dijo con orgulloso tono:

Trae, chola, yo te daré tres pesos, porque á mi caballo le gustan mucho las uvas y quiero que las pruebe antes que nadie.

Y conforme lo dijo lo hizo: mandó quitar el freno al animal y ordenó que se le pusiese la cesta delante para que comiese ó destrozase los dorados racimos.

Júzguese del pisto que llevaría la señora desairada, que una vez sentada en la silla salió de estampía, sin aguardar á que su criado le diese la última mano.

Saltemos, una vez dicho esto, á la tierra chilena, en donde las mujeres no gozan la fama que á las limeñas sobra de saladas y retegraciosas; mas aunque así sea, tienen su pedazo de cielo metido en el cuerpo, y en cuanto á soberbia, váyales usted con desplantes y saldrá con razón y justicia más trasquiladito que aquel pelambrera que se fué por lana.

Dejó la colonia allá por Chile un tantico de apego á las vejeces españolas, y aunque, como otras veces he dicho, van los hombres delante de muchos pueblos en punto á leyes sabias y redentoras, quédanse las damas un poco rezagadas, ya por innato orgullo de la sangre altiva, ya por severidad de indómito carácter.

Es el caso que allí y también en el Perú, valgan verdades, hay familias que á pesar de todo estiman en muchísimo los rancios pergaminos de sus antepasados los viejos chapetones.

Entre las aristocráticas familias de Santiago de Chile descollaba la condesa del Parral por el sostén de su empingorotada alcurnia, por la servidumbre de peluca empolvada y calzón corto y por los estiramientos con que solía pasar por delante de las otras damas santiaguinas.

Era el conde un señor llano y conforme con el nuevo orden de cosas, tanto que de buena fe se había metido de lleno en la patria nueva, sin que por esto dejase de rendir el culto de los recuerdos á la época feliz en que á su ilustre padre le llamaban excelencia.

De puertas afuera tampoco dejaba la del Parral de cantar alabanzas á la independencia, pero no se avenía de grado con que ni la república le respetase tratamiento ni las gentes le llamasen señora condesa.

Desquitábase con la servidumbre, y allí sí que andaba todo el mundo derecho como los husos.

Era el señor del Parral senador respetable por su hombría de bien, y aunque no gozaba fama salomónica en la cámara alta, no dejaban de tenerle en mucho porque votaba siempre con arreglo á conciencia y rompía su inveterado mutismo solamente para bien del prójimo ó en provecho de la patria.

Llevábase lo mejor del mundo con otro senador bonachón como él y como él casado con mujer que había sabido amarrarse bien amarradita una prenda masculina que denota carácter y viril energía, cosa más que rara en donde el hombre tiene la malísima costumbre del español, de gallear por su cuenta y erigirse en dueño sin consentir en ser esclavo siquiera sea de femeniles tiranías.

¡Picaros, más que picaros!

Grandes fatigas pasaba el del Parral para que su señora consintiese en hacer amistades con la esposa de su amigo, y éste á su vez interponía cuanta influencia casera poseía para que su conjunta persona estrechase distancias con la condesa.

La senadora era hija de un prócer de la independencia, y tenía bien sabido que la del Parral había llamado hambrientos y gentuza á los grandes hombres que acometieran la inmortal empresa de regenerar la patria.

Que venga ella, decía.

Pero hijita, si sabes que es así: al fin y al cabo desciende de…

¿De quién?, gritaba furiosa la patriota. Yo sí que desciendo de personas: ella de tontos. Pues qué, ¿no saben hasta los chicos de la calle las necedades que hacía su padre? Déjeme de tonterías, amigo, y bien está cada cual con su orgullo.

Pero es el caso que cuando mucho se machaca no puede menos de modelarse el hierro, y convinieron los maridos respectivos que el día del santo de la condesa le enviarían un presente el senador y su señora, á cuya fineza contestaría la del Parral con una galantísima invitación para el baile de la noche.

Admitieron el tratado las beligerantes, haciendo cada marido la entusiasta apología de la mujer del compañero. Pero la verdad es que aunque á la del senador no la disgustaba recibir invitación especial de la condesa, no le hacía á ésta maldita la gracia que hollase los tapices de sus regios salones aquella advenediza que tan altaneramente pasaba por su lado.

Llegó la mañana del día señalado, y ya en casa del senador había dispuestos una docena de azafates de plata llenos de mixtura de flores, encajes, cristales de Bohemia, joyas y sabe Dios cuántos objetos de valor extraordinario. El senador veía lleno de gozo aquel despilfarro de su mujer, y ésta gastaba sin tasa con tal de sorprender á la condesa con un presente que no podía menos de asombrarla. Estaba ella muy segura que con semejante introducción todos los agasajos de la noche habían de ser para su espléndida persona.

Había señalado la senadora la una de la tarde para enviar sus regalos, y á las diez de la mañana salió á misa como de costumbre, entrando á la vuelta en la tienda de más lujo que por entonces había en Santiago. Apenas estaba dentro apareció también la condesa tan empingorotada y erguida como siempre: bien observó la del senador que con el rabillo del ojo la mirara la del Parral y también se le ocurrió que podía haberla saludado con una inclinación de cabeza, ya que faltaban pocas horas para que según deseo de los respectivos maridos se convirtieran en amigas.

Había encargado la condesa un mantón de Manila al comerciante, y éste, creyendo hacer con tales prendas un buen negocio, pidiera una docena, suponiendo que cosa llevada en Santiago por la del Parral no podía menos de ser imitada con furor.

Escogió la condesa el que le gustó más, pero mostróse asombrada de su precio: costaba doce onzas de oro, cantidad que le pareció excesiva. Ni con razones ni sin ellas fué fácil de convencer, y salió de la tienda diciendo que podían vender el mantón, pero salió tan tiesa como había entrado sin inclinar la cabeza para saludar á la del senador, que de propio intento no había querido marcharse y descaradamente la miró cuando salía.

Esta necia no quiere saludarme hasta no recibir el regalo, para no ser la primera, pensó la senadora pues yo te daré saludo.

Levantóse de donde estaba y se acercó al dueño de la tienda, que lamentaba el percance; miró los pañolones y ordenó que se los enviasen todos, pues era una colección que le gustaba, y no se ocupó de rebajar ni un peso de las 144 onzas que los pañuelos importaban.

A la una en punto salían de la casa del senador doce criadas ricamente vestidas y envueltas cada una en su respectivo mantón de Manila, y serias, graves, como convenía á los espléndidos regalos que cada cual en su azafate llevaba, se pusieron en fila obedeciendo órdenes recibidas, y así llegaron al palacio de la condesa, que poco le faltó para caerse muerta de coraje al comprender la muchísima altivez con que era tratada.

No se le ocultó á la del Parral que picada la de senador por su tiesura de la mañana había querido avergonzarla, pero comprendió también que si tomaba la cosa por el lado que abrasaba acabaría por perder la partida: ella tenía muchos pergaminos y más orgullo que papelotes todavía; pero la otra… la otra pesaba las onzas de oro para no entretenerse en contarlas.

La condesa del Parral tuvo que bajarse de la parra y deshacerse en finezas con su enemiga.

EVA CANEL

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