Palermo

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PALERMO

Palermo es un paseo que da idea de los esplendores sud-americanos, de la vegetación, permítasenos la expresión criolla.

La hermosa calle de palmeras que atraviesa tan agradable sitio público tiene mucho carácter.

El que fuera á Palermo sin haber visto nada más de Buenos Aires, tendría la certeza, al tender por allí la vista, de hallarse en el paseo de un país americano.

Pero como puede notarse mejor la belleza de aquellos campos y de aquellos jardines, es en una puesta de sol. ¡Qué paisaje más lleno de tintas simpáticas, de colores suaves y delicados!

La vista se embriaga con tanta ambrosía de panorama, con tanto perfil de delicadeza, con ambiente tan hermosísimo y horizonte tan ancho.

A un lado del paseo, en el que se levanta el cuartel de artillería, sobresalen por entre un rojizo que va cambiando de fuerza y de intensidad, que forman al reflejarse en el cielo que sirve de fondo al paisaje caprichosos dibujos, siluetas de una finura y de un sabor artístico indefinibles.

Más allá, enfrente, se escucha algo así como rumores imperceptibles; el aleteo de algún ave acuática que cruza los lagos en que los jardines abundan, el rugido de algún león confundido con el de un tigre, de la colección geológica, rica en varios y múltiples ejemplares de todas las faunas americanas.

No muy lejos de allí se ve el restaurant campestre hasta donde llegan, en la plazoleta semicircular en que tiene su asiento, los carruajes de los paseantes que van á tomar en tan bonito establecimiento en el verano un refresco ó un ponche en invierno. Algo más lejos y por entre empalizada, que en el mismo Palermo se alza, atraviesa de vez en cuando el tren que va á la estación central del ferrocarril y que completa el cuadro de movimiento y vida que el paseo presenta y que se multiplica en los días de fiesta y sobre todo en aquellos en que hay carreras de caballos en el Hipódromo Nacional, que muy cerca de allí se encuentra.

Palermo da idea de la positiva importancia que, á pesar de las crisis económicas por que en la actualidad atraviesa, adquirió Buenos Aires, conserva y conservará siempre, por la riqueza inagotable y extraordinaria de su suelo. Fíjese en este paseo la vista y se mirará reflejado en sus concurrentes, en su fastuoso lujo, con los refinamientos del gran mundo, el adelanto en la vida europea de las clases acomodadas.

Interminables filas de carruajes se ven á lo largo. En ellos, sentadas con todo el chic parisiense y la gracia hispano criolla de la porteña, ostentan sus ricas y elegantes toilettes las damas y su buen porte los sportmens que guían briosos caballos de raza en preciosos coches llegados de las fábricas más renombradas de París y de Londres, porque en Buenos Aires se trae todo de lo más superior que existe en el mundo, principalmente en los ramos de lujo. Nadie regatea el precio, y los mercados europeos se apresuran á enviar sus más perfeccionados artículos, seguros de una buena venta y una ganancia positiva.

Difícilmente se encuentra un paseo en donde más variedad se note de carruajes de todos los sistemas y marcas de fábrica. Pero si digno de contemplarse es el aspecto que presenta Palermo en un día animado de esos en que los coches apenas pueden transitar, formados en tres y cuatro filas cerradas, por entre la espaciosa avenida central de palmeras y sus adyacentes, es muy superior el desfile.

Entre el polvo que los caballos levantan en su rápida, y mejor dicho, vertiginosa carrera, se ven cruzar como ráfagas carruajes llenos de interesantes criollas que en el invierno se dirigen á sus casas para cambiar de trajes é irse á la ópera para oír los trinos de una afamada tiple ó los doses de pecho de un tenor notable de los que gozan de mayor fama en Europa.

Y atraviesan aquellos vehículos por una larga serie de anchas y hermosas calles, llenas de elegantísimos chalets, de palacios grandiosos embellecidos por jardines, en los que se admiran estatuas de mármoles traídos de Italia, caprichosos surtidores de agua, pabellones rústicos cubiertos de hojas, y una cantidad grande de flores que saturan aquel ambiente que se respira por la avenida Alvear, que compite con las mejores de las más populosas capitales de Europa.

Palermo es una de las más preciadas bellezas que la ciudad de Buenos Aires encierra; es dilatado, grandioso, inmenso, y por si algún encanto le faltase, le presta el suyo la marina que se destaca, al finalizar su última calle de árboles, y que la forma el Río de de la Plata, que viene á besar las orillas que separan al mundo elegante de Buenos Aires del que su emporio comercial representa, en las naves que se divisan de continuo á lo lejos y van y llegan del viejo mundo diariamente.

 

P. SAÑUDO AUTRAN

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