Nuestras oficinas.

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La ilustración ibérica. 18 de enero de 1893.

Nuestras oficinas.

Aquel año se había perdido la cosecha en todo el término municipal, y los vecinos de Romaleda andaban tristes y preocupados porque no podían pagar la contribución.

El secretario del Ayuntamiento, hombre de bastantes luces naturales y de instrucción relativa, habló con el alcalde y le dijo:

—Usted ya ve cómo está la gente del pueblo, que hay vecino que no puede comer unas malas judías. Es preciso hacer algo.

—¿Y qué se hace?—preguntó la autoridad.

—Por de pronto, hay que elevar una solicitud al Gobierno para que nos releve del pago de la contribución.

—¿Y hará caso ?

—Puede que lo haga. Dicen que el ministro es muy buena persona. El boticario, que le conoce mucho, cuenta que es hombre tan caritativo, que le ponía las cataplasmas por su propia mano al aguador de su casa, cuando éste cayó enfermo en la cocina.

—Bien: pues convoque V. á los concejales para celebrar sesión.

Yasí se hizo. Acudieron los regidores á la Casa Consistorial y todos aplaudieron la idea del secretario. El síndico pronunció un discurso para demostrar que dicho secretario merecía un voto de gracias por sus buenos oficios.

—Soy de opinión,—dijo otro de los concejales,—que se le declare hijo natural de este pueblo.

—Hijo adoptivo, querrá V. decir,—objetó el alcalde.

—Eso, eso,—añadió el concejal.

El secretario quedó investido, desde aquel punto y hora, con el nuevo y honroso nombramiento y se acordó por unanimidad que redactase la solicitud en cuestión, dirigida á los poderes públicos.

Encerróse el hombre en la secretaría; mandó al alguacil que le hiciese café para no dormirse y para que sirviera de estímulo á la inteligencia; ordenó las cuartillas, afiló la pluma, rascóse la frente y dio principio á su tarea.

Al amanecer del día siguiente, el secretario había dado fin á la razonada exposición y la leía satisfecho por cuarta ó quinta vez. Orgulloso de su obra, apoyó la cabeza en el respaldo de la silla, y se durmió como un bendito. Cuando entró el alcalde, á eso de las siete, el hijo adoptivo de Romaleda se hallaba de bruces sobre el pupitre, con la nariz metida en el tintero.

—¡Eh! ¡D. Calixto!—le gritó el alcalde,—¡Arriba, que se puede V. ahogar!

—¿Quién anda ahí?—preguntó el secretario restregándose los ojos y extendiendo la tinta por el semblante.

—Se había V. quedado dormido boca abajo.

—No tiene nada de particular: el sueño no respeta sexo ni condición.

—¿Y la solicitud?

—Aquí está.

Y el secretario mostró las cuartillas al alcalde con cierto orgullo de hombre superior; después pidió agua para lavarse y se la trajeron en un puchero, único cacharro que existía en la Casa Consistorial.

La solicitud fué leída en borrador ante todo el Ayuntamiento, que acordó ponerla en limpio y remitirla á Madrid inmediatamente.

—Bueno; ¿y quién la pone?—dijo un concejal.

—Yo lo haría con mucho gusto,—contestó el secretario;—pero mi letra no es la más á propósito. Tienen Vds. que hacerse cargo de que este documento va á ser leído por el ministro, y conviene que la letra esté á la altura de las circunstancias. ¡Si pudiésemos conseguir que hiciese la copia el hijo del médico! Es la mejor letra que hay en todo el distrito.

—Se le hablará,—dijo el alcalde.

Y, seguido de dos regidores, fué á casa del médico. El hijo de éste oyó la pretensión de los visitantes y puso algunos reparos antes de satisfacerla.

—Hágalo V. por el pueblo, que no olvidará nunca este favor,—dijo uno de los concejales.

—Y le declararemos hijo adoptivo, como al secretario,—añadió otro.

—¡Si yo he nacido aquí!—objetó el interesado.

—No importa: así será V. hijo dos veces.

—Por fin, accedió el joven, no sin pedir que el Ayuntamiento le facilitase buena tinta, excelente pluma, falsilla á propósito y local adecuado con buena luz.

Dos días estuvo el chico, dale que le das, copiando las cuartillas del secretario. A lo mejor equivocaba un vocablo, y entonces cogía un raspador y borraba lo escrito, para volver á estampar la verdadera palabra. En aquel domicilio nadie se atrevía á toser ni á pisar fuerte, por no molestar al pendolista, y el alcalde llegó á decir á unos chicos que jugaban á la pelota cerca de la casa del médico:

—¡Fuera de aquí, granujas, que está copiando la solicitud el chico de D. Fructuoso y lo vais á equivocar!

Cuando el secretario presentó á la corporación municipal la solicitud en limpio, todos se deshicieron en elogios.

—¡Qué letra!—exclamaba uno.

—¡Cómo se van á quedar en el ministerio cuando la vean!—agregó otro.

— ¡Mire V., mire V. qué hache mayúscula tan hermosa!—dijo un tercero.

Y el pendolista recibió las felicitaciones de todos y no se habló de otra cosa aquel día.

La solicitud fué enviada á Madrid bajo sobre certificado, y decía el alcalde:

—¿Cuándo estará aquí la respuesta?

—El sábado, todo lo más,—contestó el secretario.

La solicitud llegó al ministerio con toda felicidad, y el Sr. Salvadera, jefe de negociado y padre de familia cariñoso, la colocó, sin leerla, sobre un montón de papeles que había encima de la mesa.

Los demás empleados del negociado se dedicaban en aquel momento á discutir las dotes artísticas de Cerbón, el tenor cómico.

—Tiene un la muy fresco y de muy buen timbre,—gritaba Falsilla, oficial de la clase de cuartos.

—Protesto,—decía Lapicero, escribiente segundo.—Cerbón canta menos que un besugo.

—¿Qué tiene V. que decir de Cerbón?—interrumpía Balduque, auxiliar decimoquinto.—Es un artista de gran porvenir.

Salvadera no decía nada, porque estaba leyendo un periódico ministerial y fumándose un puro de quince céntimos con toda la tranquilidad y toda la importancia del hombre que cobra venticuatro mil reales al año por no hacer nada absolutamente.

De pronto abrióse la puerta del despacho, y tras ella aparecieron un niño de siete años, hijo del jefe del negociado, y una niñera rubia y sonrosada. Salvadera, al verlos, dejó el periódico y se fué á besar al niño.

—Venimos á buscar á V.,—dijo la niñera,—porque la tarde está muy hermosa y el niño quiere pasear.

—Ven acá, tú, monísimo,—gritó Falsilla cogiendo en brazos al chiquitín.

—Vienes á buscar á tu papá?

—Sí,—contestó el pequeñuelo.

—Vaya: yo me voy con mi chico á dar una vueltecita por el Prado,—dijo Salvadera.—Si llama el ministro, puede ir uno de Vds. á decirle que me he puesto malo.

A todo esto, el niño recorría la oficina metiendo bulla y subiéndose encima de las butacas.

—¿Qué vas á ser tú?—le preguntó Lapicero.

—¿Yo? Soldado,—contestó el niño.

—Pues anda: te voy á hacer un morrión,—dijo Balduque.

Y cogiendo la solicitud de los vecinos de Romaleda, que dormía el sueño de los justos sobre la mesa del jefe del negociado, hizo con ella un sombrero de tres picos y se la puso en la cabeza al chiquitín, diciendo alegremente:

—¡Ea! Ya eres soldado. ¡Viva España!

Luis TABOADA

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