María de la Concepción. (Narración cubana)

cuba3

La Ilustración Ibérica. 15 de enero de 1897.

María de la Concepción.

(Narración cubana)

A muy poca distancia de la Habana había un ingenio muy hermoso, propiedad de un rico hacendadoque tenía por toda familia una hija en quien adoraba, y un hermano á quien profesaba mucho cariño.

Era el año de 1894.

Nadie podía sospechar que fuese á estallar la terrible lucha que hoy tiene asolado al país.

Todo el mundo se entregaba con afán verdadero á sus trabajos habituales, á sus negocios, á sus faenas del campo.

Dos meses antes de comenzar el año 1895 fue destinado al ejército de la Gran Antilla un bizarro capitán de caballería perteneciente a una de las familias más distinguidas de la corte. Se había portado como un valiente en Melilla, y por su brillante conducta había ascendido en África á dicho empleo, después de haber vertido por la patria su sangre. Se llamaba Luis.

Venía muy recomendado á una de las personas más ricas de la isla de Cuba, de trato afable y corazón generoso y grande.

Era dueño de una finca, donde pasaba la mayor parte del año: la que hemos mencionado al empezar estas líneas y á la que había puesto por nombre María de la Concepción, en recuerdo del de su hija.

El oficial de caballería, para visitar a don Juan Bautista, que así se llamaba el opulento habanero, tuvo que ir al ingenio, donde, al ver á María de la Concepción, se quedó prendado de ella, y hubo de parecerle más simpático aún de lo que era el padre de la niña, y más bella la finca; y tantos fueron los extremos que hizo y los elogios que tributó, que D. Juan Bautista, atraído agradablemente por la exquisita galantería de su apuesto recomendado, le rogó que permaneciera una temporada allí, con gran contentamiento de la hija del hacendado, á quien le había parecido muybien el capitán de caballería, hasta el punto que al primer cambio de miradas había quedado convenido ese pacto amoroso que se establece con más fijeza que el estipulado por la palabra; que, en último término, más sirve para sellar un afecto que para iniciarlo.

Transcurrió un día y otro día, y ¡qué noches aquéllas de primavera eterna en la Gran Antilla, en que todo incita al amor: el tibio ambiente, la atmósfera perfumada, la exuberante vegetación que forma macizos de árboles y de hojas, las brisas del mar óel suave murmullo de algún río próximo!

Las noches allí son una verdadera explosión de afectos sugeridos por la propia Naturaleza, cuyo poema canta el guajiro en alguna sabana ó, guitarra en mano, en algún bohío.

En el marco que acabamos de describir coloquese á una mujer bonita, llena de encantos y de atractivos, con la seducción de una languidez de mirada de irresistible interés; con unos ojos y un cabello muy negro y una tez pálida y con todo el fuego del sol de Cuba reflejado en lo rojo de sus labios y en lo encendido de sus pupilas, y juzgúese de la pasión violenta que sentiría el oficial madrileño por aquella deidad cubana, engalanada con un corazón de oro y con un alma de ángel.

Concluyeron por amarse los dos muchísimo y por saberlo con mucho gusto D. Juan Bautista.

Un día Luís recibió orden de presentarse inmediatamente en la Habana.

Unos cuantos ilusos se habían levantado en armas contra la madre patria. Había estallado en Cuba el primer chispazo de una nueva insurrección, y, aunque sin importancia, era preciso sofocarla en el acto y que todo militar que se hallase ausente ocupara su puesto.

Luis, dejándose el alma en la de María de la Concepción, no tuvo más remedio que irse á la capital.

Lo que se creyó en un principio algarada filibustera, llegó á ser una guerra en que los enemigos de España contaron con núcleos de fuerzas tan respetables como las mandadas por Antonio Maceo y Máximo Gómez.

Llegaron á sumar las partidas hasta cinco y seis mil combatientes, y ésta es la hora en que, por desgracia, se encuentra la lucha pujante y encarnizada, y las huestes insurrectas ensoberbecidas y alentadas por el oro del Norte América, á pesar de los heroísmos y los supremos esfuerzos de nuestra querida patria.

Pronto salió áoperaciones Luis, y no menos pronto el hermano de Juan Bautista se hallaba al frente de una numerosa partida, que un día encaminó sus pasos hacia el ingenio María de la Concepción, lindante entre las provincias de Pinar del Río y de la Habana.

—La patria reclama tu esfuerzo personaly el de toda tu fortuna y tu gente,—le decía al padre de María Concepción el jefe de la fuerza insurrecta añadiendo: — eres mi hermano, mi propia sangre, y es preciso que juntos la derramemos por la independencia de Cuba.

En vano fueron las excusas que daba el dueño de aquella espléndida posesión.

¿Y mi hija? —decía.

¿Acaso yo no tengo familia? Que vaya á unirse á mi mujer y á mis hijas.

Nada, que no hubo medio. Como hermano mayor, el cabecilla insurrecto había ejercido siempre una poderosa influencia sobre D. Juan, y éste, por fin, contra toda su voluntad y la de su hija, hubo de dar su contingente á la insurrección y compartir con su hermano los peligros y los azares de tan ruda pelea.

Entre Luis y Maríade la Concepción se levantó una barrera infranqueable.Ni ella, aunque tanto lo quisiera, pudía serya la prometida de un oficial dispuesto á matar á su padre en cumplimiento de su deber, ni Luis, por mucho que la amase, podía seguir teniendo relaciones de amor con la luja de quien había levantado bandera negra contra el país que le viera nacer y cuya defensa se le había confiado.

El malhadado destino puso un día frente á frente las fuerzas que mandaba D. Juan Bautista y las del capitán de caballería, quien, á pesar de saberlo, no dudó un punto en atacar á los insurrectos con ímpetu extraordinario, poniéndose á la cabeza y batiéndose como un héroe hasta caer gravemente herido, no sin conseguir que el enemigo huyese quedando por las tropas leales el campo. El cabecilla salió ileso; pero la vida de su hija peligraba de una manera inminente.

María de la Concepción supo que Luis había sido herido y que su estado era grave, y se apoderó una profunda tristeza de ella que iba minando su existencia.

Apenasprobaba los alimentos y no podíareconciliar el sueño.

Demacrada,ojerosa, nadie la hubiera reconocido; nadie,al verla, se hubiese dicho que era la espléndida bellezallena de vida yenergías que logró cautivar elalma delapuesto oficialdecaballería y ser la admiración de cuantos la contemplaban.

Su padre no pudo con aquel golpe tan horrendo.

Tras de María se le iba el alma. Su muerte era la suya.

El padre de María de la Concepción no podía vivir sin su hija, y la existencia de ésta corría peligro.

Don Juan voló al lecho de ella; hizo que los médicos más notables la vieran; abandonó a su gente encargando el mando á su mayordomo, y él se cuidó tan solo de atender á la quebrantada salud de aquella víctima del amor y del filibusterismo que luchaba desesperadamente entre los impulsos de su vehemente corazón y el estado en que las circunstancias la colocaban.

El improvisado cabecilla decidió poner término á aquella situación y contener, si era posible todavía, á la muerte que iba á arrebatarle al ser que tanto quería.

Los periódicos de la Habana anunciaron que se había presentado á la autoridad militar el cabecilla Bautista (D. Juan), y en el mismo número daban cuenta de que el bizarro capitán de caballería D. Luis de Mendoza, herido gravemente en el último encuentro que tuvo con él, se hallaba fuera de peligro y había sido ascendido al empleo inmediato.

Poco tiempo despuésse hablaba de una boda en la Habana, que había de celebrarse en la catedral congran fausto.

Llegó el día señalado, y el anchuroso templo apenas podía contener la numerosa concurrencia que lo llenaba.

Un jefe militar que llevaba aún el brazo en cabestrillo, de resultas de una de las heridas que había recibido, se aproximaba al altar en compañía de una interesante joven de veinte años, en la que las huellas de un hondo padecimiento moral se veían impresas en su nacarado rostro, que sombreaba el negro y abundante cabello de su cabeza, que se destacaba por entre el rico velo nupcial.

Seguía á la distinguida pareja un simpático anciano, en cuyo rostro se notaban también las señales de un reciente sufrimiento grande y terrible.

Su caballeresco porte infundía respeto y atraía poderosamente.

El jefe militar era el nuevo comandante Mendoza; la novia, María de la Concepción, y aquel anciano el rico hacendado cubano y ex-cabecilla insurrecto d. Juan Bautista.

P. Sañudo Autrán.

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