Crisis

La ilustración ibérica. 7 de enero de 1893.

Crisis

Es cosa sabida que en los ministerios pierden la salud y la paciencia los infelices contribuyentes cuando se ven obligados á acudir allí con cualquiera reclamación justa. Lo más frecuente es que sean recibidos de mala manera y que se pasen ocho ó diez días yendo y viniendo para conseguir que les reciban los funcionarios.

—No es hora de audiencia.

—No ha venido el oficial.

—Hay orden de no recibir al público estos días.

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Así se expresan, poco más ó menos, los “amables” hujieres, que todos contribuimos á mantener; y el que necesite despachar un asunto, ó enterarse del estado de un expediente, acaba por montar en cólera y darse con la cabeza contra las paredes de la oficina.

Pero de pronto surge una crisis; la prensa anuncia que el ministerio ha presentado la dimisión con el carácter de irrevocable, y entonces varían esencialmente las circunstancias. Los hujieres saludan con el mayor respeto; ábrense todas las puertas; allánanse todos los inconvenientes, y los empleados reciben al público dándose muestras de la mayor atención.

—Vengo á saber si se ha despachado mi solicitud,—entra V. preguntando en una oficina.

—¿Tiene V. la bondad de decirme su nombre?—contesta el empleado poniéndose en pie.

—Waldino González.

—González, González… ¿Es V. pariente acaso del nuevo director general?

—No, señor; yo soy González de Gelatina y él es González de Corcho; pero nos conocemos bastante.

—¡Ah!… Pues siento decir á V. que no está despachada todavía la solicitud; pero quedará V. servido mañana… suponiendo que el nuevo ministro no nos arroje á todos á la calle.

—Volveré mañana.

—Sí, señor; á eso de las tres; y si el portero le pusiera á V. reparo, dígale que viene de mi parte… Los porteros son muy mal educados… Conque ¿V. es amigo del nuevo director?

—Algo.

—Todos dicen que reúne condiciones excelentes para el puesto. Tiene una fisonomía muy simpática… Pues, hablando á V. con franqueza, estamos todos con el alma en un hilo temiendo que nos echen; y eso que yo no soy político y lo único que hago es cumplir con mi deber. ¡Si el director quisiera recomendarme al ministro!… Parece muy buena persona y tiene una mirada muy inteligente. ¿Es andaluz?

—No, señor; manchego.

—¿Manchego? ¡Qué hermoso país es la Mancha! Si V. tuviese ocasión de hablarle, puede decirle que mañana mismo quedará despachada la solicitud de V… Yo me llamo Aquilino Falsilla y tengo ocho, desde mayo del 91.

—Pues hasta mañana.

Y el empleado sale hasta la puerta para despedir á V., deshaciéndose en genuflexiones.

Los cambios de gobierno influyen poderosamente en las oficinas. Los empleados, á impulsos de la emoción, conviértense en las personas más amables de la tierra y muestran un celo y una actividad dignos de elogio. Lo menos se figuran que el ministro les está observando por el ojo de la llave y que dice para sí;—¡Excelentes empleados! Pensaba dejarles cesantes, pero me arrepiento.

elcesanteUnos se pasan de amables; otros se van de la oficina y comienzan á visitar á todos sus conocidos en busca de recomendaciones, y otros apoyan la frente en las manos y suspiran encima del pupitre.

—¿Cómo está el expediente de Mondariz?—pregunta V. á uno de estos empleados tristes.

— Bueno: gracias,—contesta él con voz desfallecida.

—¡Cómo! ¿No lo ha despachado V. aún?

—Perdone V.; pero hoy no tengo la cabeza para nada, ni sé lo que me digo.

—¿Se le ha muerto á V. alguna persona querida? ¿Tiene V. algún dolor?

—No es nada de eso. Voy á serle á V. franco: el nuevo jefe está lleno de compromisos.

—¡Hombre! ¡Quién lo había de decir! ¡Una persona que parecía tan formal

—Compromisos políticos; entiéndalo V. bien, y lo probable será que haya muchísima sangre.

Yo no tengo recomendación para él, porque tenía una, pero se me murió.

—¡Qué lástima!

—Si , señor; era un tío mío que se había criado con él y se querían como hermanos; pero mi tío se hizo pastor protestante para poderse casar, porque era sacerdote, y á los seis meses lo mató á disgustos la pastora su mujer. Desde entonces estoy huérfano, como quien dice.

En los primeros momentos del cambio ministerial, los empleados apelan á toda clase de recursos para conservar sus puestos.

—Vengo á ver á V., señor D. Isidoro, para que me recomiende al ministro.

—Ya está V. recomendado.

—Tantas gracias, D. Isidoro; pero no estaría de más que el ministro supiera que tengo á mi señora en estado interesante y que á mi niño el mayor le ha salido en la rabadilla así como un bulto, en forma de petaca. Dicen que el ministro es persona de muy buenos sentimientos y muy amante de la familia.

Hay algunas señoras que dejan en casa á los maridos y ellas se ponen la mantilla y van á ver á los ministros para decirles:

—Usted dispense que venga á molestarle; pero yo soy de muy buena familia y me casé á disgusto de todos y ahora me pesa muchísimo, porque mi esposo no pasa de los dos mil reales y pasamos muchos apuros. Y á eso vengo: á decir á V. que le ascienda, porque él es muy corto y no quiere pedir nada. No se parece á su cuñado, que anda siempre pidiendo y acaban de hacerle director general y no sabe siquiera escribir una carta con ortografía; que aun el año pasado le escribió á mi marido pidiéndole el impermeable y ponía Barcelona con v de corazón.

Los nuevos ministros se ven y se desean para cumplir con sus relaciones; los empleados no trabajan poco ni mucho, y, entretanto, quienes se fastidian son los que acuden á los ministerios para despachar cualquier asunto; pues unas veces porque hay crisis y otras porque no la hay, lo cierto es que siempre salen perdiendo los infelices contribuyentes.

Luis TABOADA

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