Amores criollos

Compartimos hoy,  un nuevo relato del ilustre don Pedro Sañudo Autrán, del que ya publicamos anteriormente: Cuentos de la guerra de Cuba: María de la Concepción.

Fue publicado en la revista Álbum salón, el 23 de enero de 1898.

(Dedicado a nuestros queridos amigos de la República Argentina.)

amorescriollos3Amores criollos

Narración popular argentina

Ah, sí, Manuel; ten por seguro que esa china (1) me quiere y que será mía, pese á quien pese; á su familia, al patrón, al mismísimo Juan.

—Mucho dices.

—A todo me animo; todo por ella; millares de plata que tuviera en mis arcas, millares de reses que poseyera en una estancia (2), miles de vida que acumulara en mi alma; todo puesto en juego para esa mujer que tan enloquecido me tiene; todo absolutamente para ella.

—¡Sebastián…!

—Créeme, che (3); camino por todas partes con un solo objeto; trabajo para una sola cosa en el mundo; soy payador; para cantarla, tengo ambición y ganas de que me aplaudan y de que no haya nadie que pueda en la República contender conmigo, únicamente por Zelmira, Manuel.

—Se me figura que la empresa es algo más difícil de lo que tú te imaginas.

—Ya lo veremos. De todos modos, ni retrocedo, ni me desanimo en la lucha. No he sido en mi vida flojo y no he de serlo en esta ocasión.

—Adelante.

—Y tanto. Ni las montañas esas de nieves que estorban todo paso y lo arrollan todo, allá en las fronteras de Chile; ni aunque se me pusieran por delante los Andes.

Así hablaban en Buenos Aires, en una antigua pulpería (4) de la Boca del riachuelo, dos gauchos payadores de los mas populares entonces.

El gaucho es el hombre del campo; el payador, es el poeta popular espontáneo, que no para mientes en contar las sílabas de los versos, porque no se le alcanza ni se lo han enseñado; pero que posee una facilidad realmente pasmosa para improvisar á su modo y una brillante imaginación que ya envidiarían vates muy inspirados.

El payador, aguijoneado por su contrario, contesta en el acto con una agudeza, devuelve la flecha con otra punzante, rechaza el ditirambo con otra calda, sin darle vueltas al pensamiento, con rapidez vertiginosa, y así suele hacerlo por un buen espacio de tiempo, por una y otra hora, sin descansar y sin fatigarse; siempre frescas aquellas meridionales cabezas caldeadas por el sol radiante de América.

Es realmente notable esa especie de trovador que se encuentra en América, ese poeta inculto que tiene á su modo romanticismos especiales, notas patrióticas y amorosas, imaginación, inventiva y una facilidad pasmosa para rimar, siquiera sea incorrectamente.

Santos Alvarez se disputaba la supremacía de los payadores en el Río de la Plata, y no era otro que el que hemos visto hablar con Manuel de irnos amores difíciles. Manuel, su interlocutor, era García, notable también en el género, y amigo de veras de Santos.

Zelmira, por la presión que en ella ejercieran su familia y hasta su amo, se había visto obligada á admitir los amores de un tal Juan Fernández, gaucho de no muy buenos antecedentes, del que se contaba una historia horrible al ir á pelear en las fronteras contra los indios; pero que se había ganado completamente la voluntad y la confianza de un rico estanciero de la provincia de Corrientes y la de una familia que en calidad de mayordomos-sirvientes, mezcla de una cosa y de otra, se hallaba al frente de aquel magnífico establecimiento de campo y tenía una hija hermosísima, genuinamente americana, de color cobrizo, de negros y chispeantes ojos, de pies menudos, de cintura pequeña, de cuerpo flexible, de andar gracioso, de dientes blancos como la leche, de encantadora sonrisa.

Era Zelmira una china que valía mucho, capaz de trastornar la razón al hombre más frío del mundo y de poner como una pila de Volta al que sintiera bullir con ardor la sangre en las venas, como le pasaba á Santos.

Fernández era un hombre totalmente distinto al célebre payador, y por consiguiente ni nunca habría querido como se lo merecía á Zelmira, ni ésta á él, sin que por esto venga á decir yo que Juan no amaba á la china, pero su amor era salvaje, de pasiones rastreras, de apetitos carnales, de ansia de malos ó violentos deseos.

En aquella alma no cabían grandes sentimientos; aquel corazón no latía al impulso de nada que fuese noble, digno ó desinteresado. Salvarle de aquel hombre funesto, á Zelmira, era lo mismo que redimirla de un cautiverio. Se hallaba aprisionada entre las cadenas de su voluntad indomable, y quien las pudiera romper, le devolvía, al hacerlo, la libertad; y esto se propuso el célebre payador argentino.

No era su contrincante lo que pudiera preocuparle para conseguir este fin, porque el enamorado mozo era muy resuelto y muy guapo, sino la barrera inexpugnable de la familia, el cerco que le habían puesto sus padres, en la estancia á la china. Ejercían una vigilancia extraordinaria sobre ella que no permitía que nadie pudiera hablarla y apenas verla, como no fuera de lejos. Allí no había más que Fernández; aquel hombre funesto era el único que gozaba del privilegio negado á todos; de la dicha de relacionarse con ella; de la dicha, sí, porque era una gloria Zelmira, destello del cielo purísimo y hermoso de la Argentina, que parece tan azul, tan alegre, tan claro como el de España; y que tanto nos lo recuerda cuando estamos allá. Pero una casualidad feliz vino á favorecer los deseos del apasionado gaucho, cantador de milongos (5).

amorescriollos2 En el pueblo más próximo á la estancia en donde vivía Zelmira, se concertó una payada por el mismo dueño de aquella rica finca, y para celebrar, unido á otros festejos, el paso del ferrocarril por aquellas tierras y el viaje del Presidente de la República que inauguraba en persona el nuevo ramal, del que tan grandes beneficios se prometían todos en la comarca.

La fiesta de los trovadores populares se celebró, asistiendo buen golpe de gente á ella, y entre ésta, Zelmira, su familia y el maldito de Juan Fernández, el novio impuesto, el asesino del oficial Gutiérrez del Campo, en la frontera, el verdugo feroz, sanguinario, implacable del pobre indio.

El triunfo de Santos Alvarez fue completo.

La presencia de la mujer que adoraba le enardeció de tal manera, de tal modo supo prestarle alientos titánicos, inspiraciones poderosas, facilidad extraordinaria, que venció con ventaja y en toda la línea á su poderoso rival en aquella contienda y le aseguró la victoria en el corazón de Zelmira, que ya era suyo, completamente suyo y por siempre.

Fue tan visible la emoción que experimentara la china, fue tan grande el sacudimiento que sufrió al ver á Santos rodeado de gloria y tenido después de tan famoso palenque como el primer payador indiscutible, sancionado de toda la República Argentina y hasta de la Oriental del Uruguay, que el mismo Juan, el novio impuesto, hubo de notarlo, alarmarse y jurar la muerte de Santos Alvarez, quién, como ya hemos dicho, al ganar en la justa á Juan de Dios Zuberburri, el primer payador del Río de la Plata, había ganado el puesto que él ocupaba, y con éste su aureola inmensa y la manera de hacerse en breve con una posición que ofrecer á su amada, con una verdadera y cuantiosa fortuna; unir los bienes de la tierra con las felicidades del cielo significadas para el trovador popular en las dichas del amor de Zelmira.

Es preciso haber estado en la hermosa y cada vez más importante tierra americana en que naciera Belgrano, para poder apreciar lo que son esas noches de luna, en el campo, bajo la espléndida y clara techumbre de millares de estrellas que tachonan el firmamento en aquellas regiones.

El tibio ambiente, el rasgueo á lo lejos de alguna guitarra en alguna estancia; el suave flotar de las hojas á impulso de cualquier ráfaga de brisa que acaricia las plantas; el aleteo del algún ave; los pasos de algún caminante; el trotar del ligero caballo de pura raza del país, que al apuntar el alba estará descansando ya en un potrero; el panorama encantador de noche en los países americanos; el interesante cuadro de la naturaleza en aquellas feraces tierras, que el hombre cultiva desentrañando sus riquezas y arrancándole á sus capas, con las primicias de sus frutos, las savias de sus primeras germinaciones.

Por un sendero que conducía á Corrientes y á la estancia en donde se hallaba Zelmira, iba un hombre que llevaba retratada en su cara la maldad de su alma, y en él pudiera notarse á la luz de aquella clarísima luna que algo muy depravado maquinaba en su torpe cerebro.

Esperaba que por allí pasase el famoso payador del Río de la Plata y experimentaba en el entretanto el salvaje placer de acariciar el arma de fuego con que iba á asesinarle á su gusto, en la sombra, arteramente, acechándole como el cazador á una pieza.

Santos no había conseguido que le diesen en matrimonio á su adorada Zelmira, y ella, dispuesta á enlazarse con él, no titubeó un momento en prestarse á emprender la fuga que le indicara y que pudieron realizar felizmente.

Pronto escuchó el infame bandido de las fronteras, el asesino ruin y cobarde del bravo coronel Sánchez Pérez, cuyo crimen logró que hubiera quedado oculto, el galopar ligero de un caballo en el que vio montados, al aproximarse, en aquella noche, á su rival y á Zelmira, sobre los que hizo fuego á corta distancia una vez que pasaron.

Cuantos tiros tenía su revólver, disparó uno tras otro, y con gran rapidez, sobre la enamorada pareja, cayendo en tierra el caballo y la hermosa china. Zelmira lanzó un grito al caer y dejó de existir para siempre.

Santos la sostuvo en sus brazos; divisó un hombre que iba corriendo, y dejando por un momento el cuerpo inerte de su amada, se fue tras él logrando alcanzaele.

Aun llevaba en sus manos el arma homicida. Santos vio que era Juan, y le previno que con su faca se defendiera, porque no asesinaba, como él lo había hecho.

La lucha fue horrible, pero Juan al fin rodó en breve por tierra rugiendo, con la existencia que se le iba, su postrer ahullido de fiera.

amorescriollos1El cura de un pueblo cercano á Corrientes, que debía casar á una joven, se preparó en vez de esto á acompañar su cadáver al Cementerio.

Había sido asesinada villanamente la noche antes.

Era la víctima de Juan.

Para aquella tarde estaba anunciado, desde hacía tiempo, que los payadores Santos y González, el célebre mulato González, iban á contender. Un gentío inmenso acudió al lugar designado. Santos no pudo negarse (porque estaba todo dispuesto), á pesar de la pena horrorosa que le agobiaba.

Empezó la payada. El mulato llevaba la ventaja en la lucha. El decaimiento de Santos era muy grande.

Aquél, creyendo que iba á ganar la partida del todo, recordándole á su contrincante su amada para destrozarle el pecho, desconcertarlo por completo con el terrible golpe del recuerdo de aquella mujer que el día anterior gozaba de toda la plenitud de la vida, y vencerlo de esta manera en toda la línea, le preguntó por Zelmira. ¡Pero cuán grande fue su error!… Santos le contestó inmediatamente con los ojos arrasados en lágrimas, con frases de una ternura indefinible, con pensamientos y conceptos de una inspiración admirable que hacía prorrumpir en atronadores aplausos

y vítores al numeroso público que se encontraba allí reunido.

Con qué poesía tan natural, con qué facilidad tan pasmosa el payador relataba su pena, sus amores, su angustia, el vacío que sintiera en el mundo, el afán de unirse a Zelmira, si ya no en ésta en la otra vida, el deseo ferviente, anhelante, y á medida que lo expresaba, cambió su aspecto, se dilataron sus órbitas, se inyectaron sus ojos de sangre, y como herido por un rayo, cayó abrazado á su guitarra para no levantarse más, presa de una terrible congestión, y después de haber dicho:

Me reclama y yo la quiero

y no he de hacerme esperar;

allá voy, con mi guitarra,

para poderla cantar

dentro de su propia tumba;

¡que me lleven por piedad!

P. SAÑUDO AUTRAN

ILUSTRACIONES DE CUCHY.

 

 

(1) Indígena entre la gente del pueblo.

(2) Establecimiento de campo.

(3) Expresión valenciana, de intimidad, transportada á la República Argentina.

(4) Especie de taberna y bodegón.

(5) Cantos populares, cuya letra improvisan los payadores.

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