Tipos madrileños- El hombre de administración.

Luis Taboada

Luis Taboada

 

La Ilustración artística: uno de enero de 1894

TIPOS MADRILEÑOS

El hombre de administración.

En todas las oficinas del Estado hay media docena de sujetos que gozan fama de notables y obtienen honores, ascensos y demás bicocas, gracias á la prosopopeya

de que saben revestirse y á los conocimientos administrativos de que hacen gala.

Aquí para prosperar y ser dichoso no hay como conseguir fama de hombre de administración. Por lo mismo que nadie estudia el asunto, es cosa facilísima lograr que le crean á uno bajo su palabra; y con decir cuatro vulgaridades y fruncir las cejas y pasarse la mano por la frente en los momentos críticos, ya ha logrado usted que digan las personas cándidas:

Ese es un verdadero hombre de administración.

Los primeros que se tragan la píldora son los ministros. Llegan á posesionarse de la cartera, toman asiento en la poltrona, y á los cinco minutos ya tienen en su presencia al hombre de administración que entra diciendo:

Yo soy Rodríguez de la Grasilla, de quien habrá usted oído hablar. Llevo en la Dirección de contribuciones onerosas veintinueve años, día por día.

¡Ah, sí!, contesta el ministro. Le conocía á usted de nombre. ¿Quién no le conoce á usted?

Mil gracias. Vengo á ponerme á su disposición y á manifestarle que estoy dispuesto á seguir prestando mis servicios con la lealtad y el celo que he demostrado siempre en pro de los intereses públicos. Yo no soy hombre político: soy hombre de administración…

Que es como si dijera:

«Yo no pienso dimitir el empleo, como hacen los demás altos funcionarios cuando entra un nuevo ministro. Por consiguiente, usted verá lo que hace.»

Y el ministro cae en la red y contesta:

Lo que necesita el gobierno es que haya muchos funcionarios como usted. Sr. Grasilla. En España sobran hombres políticos: hombres de administración es lo que no tenemos.

Dicho se está que Rodríguez de la Grasilla permanece en el ministerio mientras dura aquella situación, y la otra, y la que le sigue, hasta que se muere de viejo ó le jubilan con un «haber» morrocotudo.

En Madrid existen muchos hombres de administración como el que acabamos de bosquejar. En casi todos los ministerios hay tres ó cuatro que consiguen vivir de gorra toda la vida; es decir, que no trabajan, ni discurren, ni proporcionan utilidad alguna al país, y cobran, sin embargo, sueldos pingües y figuran en una porción de comisiones honoríficas.

Vamos al teatro ó á la Exposición Histórica ó a la apertura de las Cortes ó á cualquiera otra solemnidad oficial, y lo primero que vemos es á las de Rodríguez de la Grasilla, ó sea á la esposa y á las dos hijas del elevado funcionario, que visten lujosamente y se colocan en el lugar más visible y miran con cierto desdén á todos los demás mortales que no percibimos sueldo del Estado.

La esposa de Grasilla se cree con derecho á figurar en todas partes, y aprovecha cuantas ocasiones se le presentan para decir en alta voz, á fin de ser oída por el publico:

Mi esposo no ha podido venir porque se ha encerrado con el ministro desde anoche. Como el ministro no tiene confianza en nadie más que en él, le ha llamado para consultarle los presupuestos.

Antes se quedaría sin bastón el teniente alcalde de nuestro distrito que quedarse sin billetes la señora de Grasilla. No hay fiesta á que no concurra, siempre acompañada de sus hijas, que parecen dos langostines sin cocer. Hay una función de gala en el Real, las primeras que aparecen son las Grasillas; se inaugura la Exposición de Bellas Artes, las Grasillas figurarán entre las primeras personas invitadas; celebra sesión solemne cualquier Academia, allí estarán las Grasillas ocupando los primeros puestos…

Bien es verdad que Grasilla, padre, cifra todo su empeño en distraer á su esposa é hijas sin que tenga que sacrificar el bolsillo. En cuanto sabe que va á haber una fiesta de convite, ya está él molestando á todo el mundo con estas ó parecidas palabras:

Hombre, mi familia tendría el gusto de asistir á la función. Si fuera cosa de comprar los billetes no molestaría á usted ni á nadie; pero como tengo entendido que son de convite…

El se las arregla de modo que no hay quien le niegue lo que solicita, y se va á su casa con los billetes, porque si no lo hiciera así, ya le había caído el premio gordo con su mujer. Esta buena señora, que parece tan amable, tiene un genio de todos los diablos y trata á Grasilla como si fuera un ayuda de cámara ó su cocinero.

Grasilla, le decía, mañana se inaugurará la Kermese á beneficio de los pobres. Tráenos billetes.

No sé á quién pedírselos, contesta él con cierta humildad.

¿Cómo? ¿Qué estás diciendo?¿Vamos á quedarnos sin asistir á la inauguración? De ninguna manera. Las niñas tienen que estrenar los vestidos verdes. ¡Pues no faltaría más!

Pero…

Tú los buscas hoy mismo y nos los mandas por un ordenanza del ministerio. Tengamos la fiesta en paz.

Grasilla baja la cabeza y se va á su oficina, donde pone en juego á los escribientes para que redacten cartas solicitando los dichosos billetes.

A ver, Gómez. Escriba usted una carta al secretario del gobernador, que yo firmaré, diciéndole que estoy en un compromiso muy grande con mi familia.

Usted, Sánchez, ponga otra carta al presidente del Círculo de la Unión Mercantil con el mismo objeto. No le conozco, pero en cuanto vea el membrete del papel le halagará mucho poder servir á un alto funcionario del ministerio.

Martínez, déjelo usted todo y váyase á casa de López á decirle que necesito, sin falta, tres billetes. El está en buenas relaciones con el duque de la Ensaimada y es fácil que tenga muchos.

Grasilla apela á cuatro ó cinco personas á la vez para conseguir su objeto, y acaba por reunir, no sólo tres, sino quince billetes, con los cuales aplaca el mal humor de su esposa y labra la felicidad de sus dos hijas, que exhiben sus vestidos verdesen la inauguración y provocan estas o parecidas frases:

—¡Jesús!, dice una señora. ¡Qué vestidos traen esas dos criaturas! ¡Parecen dos manojos de acelgas!

—¡Y qué flacas están!, añade otra.

—¿Quiénes son?

—No las conozco, pero las veo en todos los espectáculos gratuitos.

—La mamá parece una perra de lanas.

¡Si supiera la señora de Grasilla lo que hablan de ella! ¡Si pudiese oír las frases que inspira al respetable público! ¡Buen genio tiene la señora! Dígalo, si no, su esposo, á quien falta todos los días de palabra y algunas veces hasta de obra. Una tarde se le agarró á las patillas y por poco se las arranca, y todo porque le negó quince duros para unos corsés de las niñas.

—¿Cómo se entiende?, gritaba la señora. ¡Negar á tus hijas una cosa tan necesaria! ¿Quieres que lleven los corsés como si fuesen las hijas de un empleado cualquiera? ¿ No sabe todo el mundo que eres jefe superior de administración civil? Mañana les pasa cualquier cosa en la calle á nuestras hijas, y al aflojarles la ropa y verles el corsé la gente te criticará con mucha razón. Pues no quiero; mis hijas tienen que vestir como corresponde á su clase.

Grasilla siguió oponiéndose á lo de los quince duros, y entonces fué cuando su esposa se le agarró á los bigotes.

En aquella casa hay frecuentes disgustos por causa de la mujer, que siempre está diciendo al marido:

—¡Parece mentira que lleves veintitantos años en el ministerio y no tengas una gran cruz como Verdugón!

—Verdugón es primo de un subsecretario, y por eso..,

—Pues tú debías gestionar otra gran cruz, porque me da mucha rabia que la de Verdugón tenga tratamiento de Excelencia. Aun el otro día vi el sobre de una carta que le escribía un cuñado suyo y la llamaba Excelentísima señora. Tú no miras por tu familia ni tienes el menor interés en que yo brille en sociedad. ¡Miren la de Verdugón! Una mujer ordinaria, que antes de casarse tuvo casa de huéspedes; pero su marido es mucho más listo que tú y sabe sacar buen provecho de todo. De ti se ríen los ministros.

—Demasiado hacen conservándome el destino.

—Pues no faltaba más sino que te lo quitaran.

—Todo es posible.

—El día que sucediera eso, sería capaz de estrangularte.

—¿Por qué?

—Porque me probaría que no sabes hacerte valer como otros. ¿Qué sabe Verdugón? Nada, y sin embargo siempre está saliendo su nombre en los periódicos, que aún anteayer decía La Correspondencia que le habían nombrado vocal de la Comisión de los Aranceles y tú no eres más que socio sencillo de la Económica.

—¿Qué le hemos de hacer?

—Tienes razón. Demasiado te consideran para lo que tú vales. Porque no me negarás que tienes poco entendimiento, y lo que yo extraño es que pases por hombre de administración, cuando nunca has sabido echar una cuenta; y si no, que lo diga el carbonero, á quien le dabas dos reales de más el otro día, porque ni aun conoces el valor de la moneda.

—Fué una equivocación.

—Hombre, tendría gracia que quisieras engañarme á mí. ¿Crees que soy como los ministros?

—Baja la voz, que nos está oyendo la criada y puede ir contándolo por ahí.

El caso es que Grasilla sigue figurando entre los hombres de administración más conspicuos de este país, y los únicos que le conocen á fondo son su mujer y el carbonero. Los ministros, en cambio, aseguran que no se puede prescindir de Grasilla, y que sin él no marcharía la complicada máquina de la administración publica.

Su nombre figura al frente de las revistas financieras-como se dice ahora- en clase de colaborador ilustre; la Sociedad Económica le tiene por uno de sus socios más distinguidos; la prensa en general le tributa elogios, suponiéndole ligado al ministro de Hacienda para salvar al país, y hasta hay el propósito de darle la gran cruz que tanto desea su esposa.

Y él vive perfectamente, en medio de todo, porque las consideraciones que le guardan en la oficina borran el recuerdo de sus disgustos domésticos.

Los empleados se postran al verle en la oficina con la cabeza apoyada en la mano y los ojos fijos en los expedientes.

—Está estudiando, dice uno.

—Está reduciendo el presupuesto de gastos dice otro.

—Tiene un proyecto de Hacienda que va á regenerar el país, añade un tercero.

—Es persona que vale mucho, aseguran todos.

Y mientras pasa aquí por hombre de administración, digno de toda clase de respetos; y mientras el ministro le declara insustituible, la esposa se burla de tanta credulidad y tanta farsa, y dice al esposo metiéndole los puños por las narices:

—Parece mentira que haya tanta tontería en el mundo. ¡Mira que pasar tú por hombre de administración! ¿Cuántas son siete por ocho? ¿A que no lo sabes?

LUIS TABOADA

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